Yo creo que en la fragata Cristóbal Colón va Ada Colau, y Miss Gaza, y un palo de limbo y una marimba, junto con chuches, caipiriñas y mucho aftersun (a algunos el aftersun, y hasta la mascarilla de melón, les queda como pintura de comando). Algo así debe de ser, porque si no tendríamos que decir que una fragata de guerra (no hay otras) nos representa en la paz. Será una fragata de musical, una fragata de Marta Sánchez o de Cher o de Jerry Lewis, o será el barco del amor de aquella serie, o será un cisne sanchista camuflado como de tiburón, por seguridad o para no estropear la sorpresa de que mandamos a la guerra una piñata con la fiesta dentro. Es una paloma de hierro, o una barquita de espetos, o un velero de botella, o una chancla de acuarelista. El caso es que una fragata es el símbolo de nuestro ‘no a la guerra’, que tampoco es lo más contradictorio que hemos visto aquí. O a lo mejor hemos mandado una fragata de verdad y no pasa nada, que eso sería lo normal. Lo que no se puede hacer es mandar la fragata después de sacar el ‘no a la guerra’, que es un cartelón que no admite otras interpretaciones ni escapatorias, como el de ‘no funciona’ o ‘cerrado por defunción’.
Lo malo de salir desde la Moncloa como desde lo alto de un risco y usar cuatro palabras bíblicas, atronadoras y sentenciadoras es que a esas cuatro palabras ya no se les pueden añadir más palabras ni más matices. El ‘no a la guerra’ de Sánchez lo resumía y lo consumía todo, no cabía nada más dentro ni fuera. No puede ser un ‘no a la guerra’ con su pero, su conque, su aquél, su según, y hasta su fragata belicosa o angelical que se escapa como un jilguerillo al estanque, a beber el cielo con el pico. Uno no puede salir categórico, barbado, altisonante y entunicado, con solo cuatro palabras que pretenden ser una revelación o un compromiso existenciales; cuatro palabras que remarcas, que te retumban, que te definen, que lo zanjan todo, que son como un tatuaje en el pecho de lata o en la cara de esparto de Sánchez; salir con cuatro palabras como cuatro evangelios, en fin, y luego ir añadiendo asteriscos, anexos, excepciones y hasta una fragata homérica que vaga por el homérico Mediterráneo entre guerras, maldiciones, trampas y oráculos. Pero es que lo de Sánchez no era un compromiso ni una revelación, eran solo palabras. Y sus palabras no significan nada, nunca.
Nuestra fragata, que parece un poco la única, como una hija única que se marcha altiva y melancólica, no es el barco del amor sino un barco de guerra, y es para eso, para la guerra, para lo que sirve, no de columpio o barquita del Retiro para guardiamarinas con ligue. Nuestra fragata es lo mínimo que podíamos mandar cuando Irán bombardea lo mismo Chipre que Azerbaiyán y un día igual bombardea Matalascañas. Pero nada en Sánchez puede ser normal, mandar una fragata cuando hace falta una fragata o atender a los intereses de España y Europa más que a los halagos de Irán o China. Antes de mandar, como dos palomas mensajeras, la fragata al agua y a Margarita Robles a ver al embajador americano, Sánchez tenía que ser héroe, poeta, mártir, protagonista. Podría haber dicho desde el principio, aquella mañana en la Moncloa bajo un celaje de gloria y destino, que España no participaría en el ataque pero que colaboraría en tareas defensivas, y que en todo caso ya se plantearía otras opciones si el escenario cambiaba. Pero no. Sánchez tenía que salir con sus cuatro palabras suficientes e inequívocas, como de Bogart, y luego cabalgar hacia el horizonte de la mañana monclovita, que en realidad no tenía luz de gloria ni de destino sino solo un vestigio como de leche hervida un rato antes.
Sánchez sacaba el ‘no a la guerra’ porque el sotanillo de la Moncloa tiene que buscarle una canción para cada desayuno como el que necesita una nana para cada noche. Esas palabras no tenían nada que ver con lo que Sánchez fuera a hacer, sino con animarle la mañana, que yo diría que el presidente ya no puede ni levantarse sin vitaminas o sin transfusión. Aznar, Bush, petróleo y puros, multitudes en las calles que ahora Sánchez no puede pisar porque irían a por él hasta los gorriones, que son los franciscanos de los pájaros... Ese día no necesitaba más y no importaba mucho lo que pasara luego. Sánchez vive al minuto, y además en la esperanza o en la locura de que cada día se olvida con la nueva mañana. Dicen que con ese ‘no a la guerra’ podría Sánchez ir hasta las elecciones, pero yo digo que no, que no hay nada que le dure una semana, no por lo que le dure esta guerra u otra, sino por lo poco que le dura la palabra.
Se le han caído a Sánchez las cuatro palabras de paz como las cuatro letras de mentira del PSOE, y en realidad a nadie le extraña
La fragata, que parece el único juguete de un niño pobre, como esos barquitos de tapón de corcho, a lo mejor no es lo único que manda Sánchez. Más que la fragata nos ha chocado que la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, con su pinta de cuñada de Goebbels, eugenésica y despiadada, saliera a decir que España se había avenido a colaborar. Nuestro Gobierno lo desmintió, pero supongo que solo Sánchez puede ponernos en el brete de tener que elegir entre su credibilidad y la de Trump. De todas formas, uno no entiende para qué se inventaría eso Trump después de querer atizarnos con embargos, sanciones o gorrazos. Margarita Robles dijo que era imposible porque en el momento de esa declaración aún no había terminado ella la reunión con el embajador. La Sexta, sin embargo, tenía imágenes del diplomático saliendo una hora antes. O sea que tenemos una fragata y parece que una mentira, así que ya no están tan solos nuestros marineros sin novia ni nuestro héroe sin memoria.
Hemos mandado una fragata, que no es el barco del amor ni tampoco el arma del fin del mundo, sino una cosa decente o pobretona, entre el compromiso y el disimulo. No sé si será lo único que mandemos, o si iremos al estrecho de Ormuz, que Sánchez podría hacerlo y negarse con los mismos argumentos y las mismas mañanitas de serenata. Quizá Sánchez vuelva a dejar la llave de convento de Rota y Morón para los bombardeos, cosa que ya hizo el año pasado (tendría otra canción para la semana, como Los 40). El caso es que el ‘no a la guerra’ no ha durado ni un día, aunque no es la fragata, que es como un terrón de azúcar en el mar y en la guerra, lo que rompe el discurso de Sánchez. Es la inevitabilidad de que todo lo que diga caiga enseguida por su propio peso. Se le han caído a Sánchez las cuatro palabras de paz como las cuatro letras de mentira del PSOE, y en realidad a nadie le extraña.
Te puede interesar