Ahora que todo es odio, que el mundo arde en guerras y enconos, vamos descubriendo algo inesperado: se puede querer más a una norma que a las personas, se puede estimar más a un texto legal -con sus artículos, disposiciones adicionales y anexos cartográficos- que a los vecinos del rellano, a las mascotas o incluso a ciertos parientes políticos.

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En este proceso de enamoramiento administrativo, en este arrebol sentimental con las disposiciones y su rango normativo, hemos descubierto que, más que la Constitución, el Código Civil o a la Ley General Tributaria, lo que verdaderamente nos roba el corazón son los Planes Generales de Ordenación Urbana.

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Queremos tanto a los Planes Generales, amamos tanto estas normas dispares, voluminosas y algo enigmáticas de nuestras ciudades, que los tenemos permanentemente en la boca, para ensalzarlos o para maldecirlos, o cuando toca, las dos cosas a la vez. Si algunos practican la capoeira, traducen a Horacio o riman en islandés para relajarse, otros la suelen emprender a bastonazos con los Planes Generales que, con los años, se han convertido en el parteaguas de nuestras pequeñas miserias de urbanitas, en el estímulo de nuestros debates de abejas enfurecidas en el panal, ahora que vamos sabiendo cuánto cuesta una plaza de garaje en el centro o cuántas vidas tenemos que descontar para aspirar a un apartamento con vistas parciales al Mar Mediterráneo.

Queremos tanto a los Planes que, gracias a ellos, hemos aprendido un urbanismo doméstico y venal, una disciplina vistosa en nuestras manos de polímatas de extrarradio. Quien más o quien menos -ay- sabe ya sumar y detraer aprovechamientos, conjuga el verbo parcelar o ha aprendido a discutir con convicción sobre alturas máximas, fondos edificables o estándares netos dotacionales. Hablamos con naturalidad de los PAUS, de registros de solares, del urbanizable y los equipamientos, del silencio administrativo y las licencias, azuzados por la prensa, los éxitos inmobiliarios de un cuñado pujante y por esa pedagogía espectacularizada que acompaña a los anuncios gubernamentales y las reacciones animosas de la oposición en los Ayuntamientos.

Vamos estimando tanto a los Planes que los consideramos ya casi de la familia, de puro cercanos y confiables, y les perdonamos sus faltas, sus errores y sus carencias con indulgencia y candor, salvo cuando en el negociado de Urbanismo nos dicen que hay que demoler el cerramiento, que no hay nada que hacer con ese terreno heredado en los confines del término municipal, que allí no podemos edificar, que eso no lo permite el Plan General y que, además, atentaría contra la sacrosanta Ordenación Urbana que nuestros vecinos, calle arriba y abajo, no tuvieron inconveniente en mancillar.

Y así, entre besos y abrazos, mostramos nuestro amor por los Planes y por el porvenir que nos dibujan, por esas ciudades ordenadas, sostenibles, amables; descubrimos nuestro fervor por el cronourbanismo, por el zoning y las añagazas de los 15, los 20 o los 300 minutos y terminamos por caer rendidos ante esos parajes urbanos pasados por dulce de leche que muestran los diseños de los arquitectos -el abuelo con el niño en la plaza, el balón rodando, las macetas de geranios reventones, las avenidas rectilíneas donde los ciclistas sonríen a los poetas urbanos, a los hortelanos de bancal comunitario, a los mimos, los acróbatas y a los músicos con chistera que colonizan las plazas del nuevo ensanche proyectado en la periferia de la ciudad.

Queremos tanto a los Planes Generales que, como a nuestros niños de primaria, los observamos a través de las virtudes morales que nos asedian, y los cargamos de prejuicios, de actividades extraescolares y de obligaciones contemporáneas, en esa carrera angustiosa hacia la perfección a la que empujamos a nuestros vástagos. Por eso, tal vez, vestimos a los Planes con novísimos informes sobre el urbanismo de género, la resiliencia climática, la Semana Santa, la infancia, la movilidad sostenible o la jota aragonesa, y toda esa lista creciente de memorias y dictámenes que, agostándolos, mantienen a raya cuantos debates éticos nos ciñen y condicionan, mientras la ciudad real juega en el barro de los días y las noches.

Amamos tanto a los Planes, estimamos tanto el dorado de sus normas urbanísticas, las alhajas de la zonificación, las gemas de la cartografía y los planos, que su elaboración y su interpretación se la confiamos a una estirpe de orfebres enigmáticos, a escasísimos urbanistas titulados, a dos despachos en Barcelona o Bilbao, a cuatro eruditos y su visión incontestable de la ciudad y su desarrollo, poniendo distancia con la gente, con los vecinos que enredan y preguntan, que todo es molestia y desmán en el urbanismo participativo y gregario.

Y puesto que el amor va por barrios, haciendo frente al criterio de estos doctos y sabios en los que delegamos las decisiones sobre el lugar que habitemos en las décadas venideras, se sitúan aquellos que también dicen amar a los Planes Generales desde el disenso permanente y la impugnación incondicional de sus desafueros, los que, más que motivar lo concreto de sus propuestas, prefieren caldear las discusiones bizantinas de las cervecerías, encender la verba de los ateneos sedicentes y tratar de animar esas decrépitas sedes universitarias urbanas de las que huyeron los estudiantes, pronto sustituidos por grupos de gente que queda por Facebook y exhibe credenciales decadentes de frentismo y contracultura de barrio.

Profesamos tal amor por los Planes y por su incólume estatus que, mientras los elaboramos, practicamos con ellos el secreto conventual, el misterio institucional, el sigilo administrativo. Los guardamos, los ciframos y los apartamos de los ojos del público sagaz, de los estudiosos y de los opinadores, desgranando con cuentagotas -y un cierto don de la oportunidad política- sus hallazgos y maravillas en fascículos coleccionables y comparecencias de portavoces: aquí un nuevo parque, allí un hospital, un palacio de congresos y festivales, un intercambiador, quién sabe si un economato ferroviario digno de nostalgia popular.

Estamos queriendo tanto a los Planes que incluso los alcaldes, conscientes de que el valor no siempre coincide con el precio de las cosas, suelen poner a los novicios, a los ignaros o a los menos fogueados a custodiarlos y controlarlos desde las concejalías de Urbanismo, parapetados detrás de una legión de arquitectos y abogados, no vaya a ser que terminen opinando, que una cosa es entenderlos y otra bien distinta hablar por boca de los expertos y los sabiondos menos adocenados.

Con todas sus taras y sus sombras, y pese a verlos en las páginas de tribunales y sucesos, no podemos dejar de amar a los Planes Generales de Ordenación Urbana, aunque a veces nos cueste asumir que, de tanto regular, ya no ordenan nada

En Madrid, en Ponferrada, en Alicante o en Toral de los Vados, amamos tanto estas normas, queremos tanto a los Planes Generales y su condición reglamentaria que algunos, los más revoltosos, para no dañarlos y conservarlos incorruptos en sus hornacinas deciden protegerlos de un modo peculiar y vernáculo: saltándoselos a la torera. Los retuercen, los puentean, los doblan sobre sí mismos, y he aquí que a la vez que se perpetra el esteticidio, empiezan a florecer urbanizaciones inesperadas, centros comerciales en la tundra, una terraza alicatada con piscina junto a la iglesia del pueblo, un par de plantas más de las permitidas en primera línea, los testeros, una ciudad deportiva en rústico, un camping de caravanas o un centro de datos allí donde iba una escuela o un consultorio, pues entre rufianes pronto se aprende a que las ciudades se construyen primero y se justifican después.

Estamos queriendo tanto a los Planes Generales de Ordenación Urbana, disfrutamos tanto de su compañía y su longevidad, de su añosa circunstancia y sus andares de viejos que los mantenemos vivos más allá de la edad recomendable, y para no jubilarlos, los recauchutamos con las modificaciones puntuales, con la cirugía estética de las revisiones y las alteraciones singulares de sus normas. Y nos ha pasado que, tras varias decenas de enmiendas, injertos y actualizaciones, ya no los reconocemos detrás de tanta silicona y tanta cosmética, como a esa tía moderna de Ciudad Rodrigo a la que sólo vemos -ya irreconocible- de comunión en comunión, sabedores de que el tiempo va haciendo su trabajo y de que, llegados a una edad, el cuerpo se va poniendo en ridículo.

Y así, es tal nuestro amor por los Planes Generales maduros y quietecitos, tan grande nuestra inclinación por esos instrumentos urbanísticos veteranos que, en la era del algoritmo, del té kombucha y la inmediatez vivimos en ciudades regidas por esas normas y visiones urbanísticas que se aprobaron cuando no había móviles, cuando lo del gol y la Mano de Dios de Maradona, con instrumentos y normas diseñadas antes de caer el Muro de Berlín o que vieron ceñirse la nube tóxica de Chernóbil sobre los escritorios de aquella concejalía -hoy ya demolida- donde zumbaban los Pentium III y las impresoras matriciales.

No nos duele confersarlo: con todas sus taras y sus sombras, y pese a los sobresaltos de verlos de vez en cuando en las páginas de tribunales y sucesos de los periódicos, no podemos dejar de amar a los Planes Generales de Ordenación Urbana, aunque a veces nos cueste asumir que, de tanto regular, ya no ordenan nada.

Quizá porque, de tan queridos, los Planes Generales han terminado por dejar de querer a las ciudades.