Cristina de la Hoz hablaba en su previa de estas elecciones en Castilla y León de la “tercera meta volante” de Feijóo, que algo tiene él de ciclista de su pueblo por las cuestas de España y las glorietas de Madrid, con gafas puestas o quitadas de Laurent Fignon. Las elecciones autonómicas ya parecen etapas de la Vuelta, con cada región aportando sus pastos, cordilleras, iglesias románicas adoradas por las ovejas y aldeas como ropa tendida colgada en los puentes, pero dejando más o menos los mismos favoritos con chanclas en el podio y los mismos perdedores con la lengua o los pómulos fuera. Las elecciones ya sólo trasladan de pueblo en pueblo, en vagones con atleta o con montura, como circos o tiovivos, la misma guerra entre PP y Vox y la misma guerra entre Sánchez y la realidad, con diferencias de pocos segundos o puntos. Ninguna de estas guerras termina por resolverse del todo ahí, claro, en esa etapa con santuario o con bulevar. Pero en este caso tampoco ha pasado nada muy especial, ni la gran escapada ni la gran montonera, aunque ha habido movimiento o jaldo con el “no a la guerra”, que es como el espontáneo coñazo con pancarta o ikurriña que se le cruza al ciclista.

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Castilla y León sigue más o menos igual, y España no digamos. Sánchez estaba muy lejos de pretender ganar (ya hemos dicho que su táctica consiste en perder, aunque sea reventando a todos sus gregarios, o sea a todo el PSOE, para intentar algo así como el milagro covadongo en los Lagos de Covadonga o en la contrarreloj final). Lo que Sánchez pretendía en esta etapa era probar si sus inventos, como eso de llevar una guerra mundial o universal a una especie de juicio histórico ante el Acueducto de Segovia, todavía funcionan; si el personal le compra el heroísmo planetario más que la vergüenza nacional de la corrupción, el putiferio, la incompetencia y la cara dura. Las presurosas e inabarcables ansias morales o sólo milagreras de Sánchez llevaron a convocar o inspirar manifestaciones por el ‘no a la guerra’ justo en la jornada de reflexión, y aunque tuvieron poco público y quedaron desangeladas y llenas de calvas, como el espectáculo de un mimo, aún podían resultar útiles como ensayo. Al final, los resultados son lo suficientemente ambiguos para vendernos a un buen candidato, más pegado al terruño y menos a la Moncloa, o para vendernos que el héroe global (Sánchez) funciona algo mejor que el mártir nacional, y que Castilla y León quizá no se cree del todo el Peugeot disfrazado de tanqueta pacifista pero un poco sí la fragata disfrazada de góndola.

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El PSOE sigue perdiendo, que ya digo que es el plan a falta de algo mejor, pero subir seguro que le da esperanzas y algo de cuerda a Sánchez. No por los números en sí ni por poder extrapolar los resultados de Castilla y León, donde gobierna el PP desde hace 40 años, como si todavía gobernara Chaves. Es más bien por sentir que no ha perdido su mojo, que mientras haya una guerra con la que hacer acuarelas y coreografías de La muralla, mientras haya odio u hodio (suena a hongo mortal) que venderle al españolito sentimental, cainita y atrincherado, sigue habiendo posibilidades. Sánchez no se rendirá, que si no es este invento o este milagro ya buscará otro. Eso sí, esperando el milagro, el sanchismo decadente y radicalizado sólo es capaz de mantenerse absorbiendo lo que queda de la extrema izquierda. Al final va a ser Sánchez el que una a la izquierda verdadera, ni Rufián empadronado en Algeciras ni el fantasma de Yolanda en pololos. La izquierda ya se llamará simplemente PSOE, pero así el personal se liará mucho menos.

El PP sigue ganando pero no sabe qué hacer con eso. No sabe tomar la iniciativa, o no sabe imponerse, o no sabe negociar, o no sabe desenmascarar a Vox, o no sabe torear a Vox (como Sánchez sí torea a la izquierda), o todo eso a la vez

El PSOE sigue perdiendo y el PP sigue ganando, subiendo incluso, con un Vox que parece sufrir un parón o el desgaste. De todas maneras esto no sirve, aún, para saber qué clase de gobierno se puede formar con este Vox tacticista que, como Sánchez, ya lo hemos dicho, no quiere gobernar. Al menos, no quiere gobernar todavía, o no quiere gobernar en ciudades amuralladas, todas como de herrería, carámbanos y teas, que se apagan por la noche como un convento y son poca cosa para el Nuevo Orden Mundial. También Vox intenta llevar sus guerras universales a las autonomías o a la vuelta ciclista, quizá desde que Trump invitó a Abascal a su nuevo mundo y éste se presentó ante él, como si fuera un labriego endomingado, a pedir la vez. Vox también quiere su propio milagro covadongo entre todos sus señores covadongos, o al menos los que van quedando tras las purgas o los autos de fe. Igual que Sánchez quería medir la posibilidad del milagro vendiendo su pacifismo luminiscente como una figurita de la Virgen de Fátima, Abascal quería medir la posibilidad de su milagro en torno al 20% y no ha llegado. Yo diría que, en cualquier caso, sigue siendo poco para ir de mandamases y de apisonadora. Pero fíjense en Sánchez, que nunca pensó en ganar elecciones sino en conseguir poder.

Nada ha cambiado demasiado, y tampoco nadie lo esperaba, es verdad. Sigue la decadencia socialista disimulada con sombrerazos, desmayos o manteos y contemplada como inversión para la polarización, para la resurrección improbable y en todo caso putrefacta de Sánchez. Sube Vox pero muy lejos de lo que querían, seguramente lastrados más por lo que no hacen que por lo que hacen, o sea por abusar de su apuesta cazallera, de ese farol que se tiraban alegremente porque no gobiernan, no necesitan gobernar e incluso les viene mal gobernar (con Vox pasa una cosa muy curiosa, o no tanto: o no quiere gobernar o no se nota apenas que gobierna, porque ya ha gobernado con el PP y ni ha llegado el apocalipsis ni ha vuelto la gloria). El PP, por su parte, sigue ganando pero no sabe qué hacer con eso. No sabe tomar la iniciativa, o no sabe imponerse, o no sabe negociar, o no sabe desenmascarar a Vox, o no sabe torear a Vox (como Sánchez sí torea a la izquierda), o todo eso a la vez.

En esta etapa de la vuelta ciclista política, quizá Torrente ha influido más que la guerra de Irán, más que las otras guerras de Trump y más que Feijóo con su pedaleo desganado, como de cartero en bici. De todas formas, no era el lugar ni el momento, estas elecciones de Castilla y León, para que se nos resolvieran los misterios de nuestra política. Eso no pasará hasta después de la última etapa, hasta después de las generales, hasta mucho después de que quien gane, sea quien sea, entre en Madrid escoltado por la Cibeles y la Guardia Civil, más parecido todavía en ese momento a un galeote que a un campeón.