La derecha (PP, Vox y SALF -el partido de Alvise-), ha logrado en Castilla y León el mejor resultado desde 1983, año en que se celebraron las primeras elecciones autonómicas, con el 56,1% de los votos, según información de Ángel Carreño en El Independiente. La izquierda, por contra, se ha quedado en el 33,71% (PSOE, Sumar/IU y Podemos). ¡Casi 23 puntos de ventaja!

Aunque la derecha ha gobernado la región desde hace casi cuarenta años, el resultado confirma una tendencia ya apuntada en los comicios de Extremadura y Aragón. Por más que el PSOE haya analizado lo ocurrido el pasado día 15 como una 'dulce derrota' (su candidato logró dos escaños más de los que tenía su partido), la realidad es que, con ese mapa, que refleja el hundimiento de la extrema izquierda, los socialistas no tendrían opciones para gobernar en España incluso aunque Pedro Sánchez repitiera la operación de ganar para su causa a todos los partidos para derrotar a PP y Vox.

¿Por qué se está produciendo ese giro a la derecha del voto? ¿Por qué una parte de ese voto de derecha va a un partido populista como Vox?

Hay algunas respuestas facilonas que no aportan nada, como, por ejemplo, que hay una "ola ultra" en toda Europa y España no podía ser la excepción. Ese mantra tiene su origen en Moncloa, cuyo laboratorio de ideas lleva tiempo instalado en situar al gobierno en el "lado correcto de la historia" y al resto, la derecha, en el averno. No explican por qué en cada elección los españoles se empeñan en ir por el lado incorrecto.

Hay otra explicación todavía más simple -y mira que es difícil- que es la que esgrime el portavoz de ERC, Gabriel Rufián: "Ser facha, ser chungo, está de moda". Si fuera así, bastaría con esperar a que los gustos cambien.

Es un poco más complejo. El enfrentamiento izquierda/derecha en los últimos tiempos se centra en ver quién genera más miedo y quién más seguridad.

La izquierda ya no puede agitar la bandera de la regeneración, aquella que llevó a Sánchez a plantear la moción de censura en 2018, colocando al PP como partido arquetipo de la corrupción. Ahora esa baza ha cambiado de bando: es la derecha la que tacha al gobierno de corrupto y es Sánchez el que se defiende creando trampantojos como la "máquina del fango".

La izquierda ya no puede abanderar la regeneración y el electorado ya no teme que el PP gobierne con Vox

El candidato socialista en Castilla y León, Carlos Martínez, hizo una campaña pegada al terreno. Una parte de su éxito se ha basado en absorber a la mitad de los votantes de Soria Ya. Los resultados en la ciudad de la que es alcalde le han permitido duplicar el resultado obtenido en 2022 (de uno a dos escaños).

Desde Ferraz, desde Moncloa, se metió en la campaña el 'No a la guerra', que tuvo como resultado el hundimiento de la extrema izquierda, lo que le reportó el otro escaño que ha ganado el PSOE.

La parte amarga para Sánchez es que a su izquierda no queda nada. Y que, por contra, el crecimiento de Vox no es a costa del PP, que ha subido más que el partido de Abascal.

Volvamos al miedo. Sánchez juega con la idea de que los españoles le tienen miedo a Vox. Que Vox es la traslación de Trump y Milei en España y que esa derecha extrema llevaría, en caso de un gobierno de coalición, a un recorte de derechos y a una expansión del odio.

Por su parte, Vox agita el miedo a la inmigración, a la ocupación de viviendas, a la pérdida de valores culturales y a las consecuencias nefastas para el campo de las políticas medioambientales de la Agenda 2030.

¿Cuál de los dos miedos pesa más? ¿A qué le temen más los españoles? Si nos ceñimos al resultado electoral, la respuesta está muy clara. El dóberman de Vox (en su día Felipe González utilizó esa imagen contra el PP de Aznar) asusta menos que la continuidad del gobierno.

El problema de Sánchez y de sus socios es que han perdido crédito, al menos entre una parte de sus votantes, para liderar políticas sobre igualdad y regeneración, valores que van unidos a la ejemplaridad. El mismo fin de semana de las elecciones en Castilla y León tuvimos una muestra de esa dicotomía. Mientras los líderes locales de IU/Sumar se lamentaban de la derrota, Yolanda Díaz se paseaba por la alfombra roja de los Oscar en Hollywood. Lo que da miedo es pensar en la debacle que puede suponer para esta izquierda la próxima cita electoral en Andalucía.