Opinión

EL GOLPE

Rufián e Irene Montero, cartel de la izquierda

Rufián e Irene Montero, cartel de la izquierda
Irene Montero y Gabriel Rufián, en el Congreso de los Diputados | Europa Press

La izquierda, tan arcillosa y catastrófica, no deja de intentar recomponer sus cachitos y ha hecho ya de eso casi un arte, como el kintsugi japonés. Rufián, que es algo así como un japonés que se cree catalán, igual que esos japoneses que se creen andaluces, se ha puesto a la arqueología, a la traumatología o a la magia negra de eso mismo, por si pueden sobrevivir, de nuevo, a la catástrofe de la realidad. Ya hizo una especie de intento, presentación o velada con Emilio Delgado (la cosa estuvo entre el tongo y el ping-pong), pero como a Emilio Delgado no lo conoce nadie, y la izquierda no deja de morir o matarse una y otra vez, entre la lírica y el ridículo, pueblo tras pueblo, como un don Mendo de troupe, Rufián ha buscado otro cartel. Ahora va a hacer un nuevo llamamiento, evento o invocación nada menos que junto a Irene Montero, que a uno le parece como invocar, para bien y para mal, al dragón de la izquierda (Pablo Iglesias hace mucho que ya no es ese dragón, es sólo un locutor como deportivo, entre agonías infantiles, estribillos domingueros y hervores de altramuz). La verdad es que Irene Montero fue ese dragón que quemó la izquierda, aún más que Yolanda desmayada o escurrida en brazos de Sánchez como una patinadora. Pero no debe de haber mucho más para el cartel.

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La izquierda quiere unirse y lo que se encuentra es a la gente que ya la desunió antes, la izquierda quiere fortalecerse y lo que se encuentra es a la gente que ya la debilitó antes, con lo que la cosa más que difícil es sarcástica. Irene Montero es justo eso, la decepción de la izquierda cuando gobierna, la negación de la izquierda cuando se encasta en aristocracia, y la fractura de la izquierda cuando se cabrea, todo además con esos modos suyos como de gorgona, fulminantes y a la vez sirenios. Su izquierda no es que terminara en pija, sino que empezó siendo pija, un diletantismo de lecturas bolcheviques con faldita de tenis que nunca entendió la calle porque no le importaba la calle, sólo hacer greguerías con sus dogmatismos. Cuando por fin gobernó, lo hizo simbólica, literaria y aciagamente, sólo para hacer sintagmas y leérselos unos a otros, mientras sus leyes sólo producían estupor y dolor en el mundo real.

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En cierto modo, Irene Montero es la izquierda más pura, y a lo mejor sólo por eso se merece estar en ese cartel que es, la verdad, sólo un cartel, como esos circos pobres que nos anunciaban fieras y prodigios que nunca esperamos ver. Digo que es la izquierda más pura porque Pablo Iglesias se dio cuenta enseguida de que ellos no servían para gobernar, por eso se fue a fundar su radio pirata y su oposición eterna acodada con el botellín, el sermón, el runrún y la amargura. Pero Irene Montero se quedó para fracasar completamente, que es lo que le pasa a la izquierda cuando triunfa. Claro que su fracaso, como suele ocurrir, se vendió como purismo. Convertido apenas en un apartamento para tres, Podemos abandonó ese otro Podemos rosa de Yolanda y fueron apagándose y desapareciendo hasta que sólo quedó el runrún de carrusel deportivo del machito alfa en sus bares de guerrilla y cacahuete. Ahora, Irene Montero hace izquierda de pasacalles o de alfombra mágica de tetería en la Bruselas de los burócratas. No es que vaya a salvar a la izquierda, sino que, simplemente, es la izquierda, de ahí el interés de Rufián y hasta el nuestro.

La unidad de la izquierda es seguramente imposible, y más la que pretende Rufián, sin el nacionalismo que lo parió y sin los personalismos de púlpito que la suelen impulsar

Irene Montero está ahí porque tampoco hay mucho más. No tienen a nadie que no haya estado metido en disidencias, cismas, dignidades, pucheros, dogmas, odios, purismos, posibilismos y, finalmente, fracasos. Tampoco creo que Rufián busque ahora un rey de reyes o una princesa de las princesas, sin mácula y sin enemigos, en la izquierda de mil guerras y camas, ni para su proyecto ni para una simple velada con fieras. Yo creo que Rufián está ahí para otra cosa. Rufián está por ahí de comadre enagüera, de correveidile de farola, de mediador demediado (su ciclo puede que haya terminado y quizá lo suyo tiene que ver más con la pragmática supervivencia personal que con la teórica supervivencia de la izquierda); está, en fin, de médico de pupas, de trotaconventos alicaído y de picaflor de la izquierda (yo creo que se cree una especie de Clark Gable indepe, y yo diría que hasta ensaya poses mirándose en los espejos quemados de aquel cine y aquellos mentones). Es decir, Rufián todavía no está en eso de la unión de la izquierda, está solo en ceremonias de desagravio y conciliación, porque la izquierda desunida requiere estos rituales cortesanos para el perdón, el olvido o, simplemente, para restablecer la jerarquía. Y, si funciona, una gorgona devuelta al redil sería una gran pieza cobrada.

La unidad de la izquierda es un oxímoron por y contra el que la izquierda lleva toda la historia luchando y fracasando, de manera que esa lucha y ese fracaso son su verdadera historia (como la de los pueblos que la han sufrido). Rufián sólo es la última encarnación del mito, entre la necesidad y la oportunidad. La unidad de la izquierda es seguramente imposible, y más la que pretende Rufián, sin el nacionalismo que lo parió y sin los personalismos de púlpito que la suelen impulsar (hasta Yolanda tenía púlpito de pétalos, como si fuera la abeja Maya). La unidad de la izquierda seguramente es imposible y por eso cuando se reúnen para el asunto lo que salen son sólo gags de los Monty Python o ni siquiera eso, sino una cosa entre el pressing catch y Mujeres, hombres y viceversa. Pero a lo mejor la izquierda es izquierda porque es imposible.

Irene Montero se borró haciéndose aciaga y negándose a sí misma, Yolanda se borró haciéndose indistinguible del sanchismo, fundiéndose en el sanchismo como el cisne de hielo fundente que es ella. Pero quizá eso da igual. Hasta los resultados de las elecciones dan igual. A lo mejor, ya digo, la izquierda es izquierda porque es imposible, es imposible lo que dicen, lo que quieren y lo que piensan, de manera que la realidad nunca es un obstáculo. Cada vez que vuelven a separarse, cada vez que vuelven a intentar juntarse, parece la última y la primera vez. Es como si volvieran a nacer, todos, en la pureza y en el olvido. Por qué no Rufián e Irene Montero, para el cartel o para reiniciar ese ciclo infinito y místico de colapsos y reencarnaciones. Por qué no Rufián e Irene Montero, me pregunto yo, ahora que Sánchez cree en la resurrección de las almas y hasta de la carne ya en salmuera. Aunque la contradicción más difícil de asumir sería que la esperanza de la izquierda coincidiría con una fantasía de la derecha. A ver quién se lo explica cuando estén allí intentando escapar, como siempre, de la catástrofe que ellos mismos provocaron.

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