Opinión

Noelia, Sampedro: un pasado que estremece, un presente que aterra

Noelia Castillo en una entrevista 24 horas antes del procedimiento
Noelia Castillo en una entrevista 24 horas antes del procedimiento | Atresmedia

Una secuencia desoladora se desplegó ante millones de telespectadores el 4 de marzo de 1998. Un hombre de 55 años se quitaba la vida en directo. No se trataba de ficción: era Ramón Sampedro, quien había grabado su suicidio para que toda España lo viera ingerir el veneno que preparó con la ayuda de Ramona Maneiro. Aquel material se emitió en un especial informativo de Antena 3 TV, presentado por Fernando Ónega y dirigido por José Oneto. Por entonces, la eutanasia no era legal en España, y Sampedro debió de creer que aquella emisión contribuiría a concienciar a la sociedad sobre lo que él entendía como una “muerte digna”.

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Antena 3 justificó la difusión por su “interés periodístico”, postura compartida por figuras destacadas del periodismo de la época, como Pedro J. Ramírez o Consuelo Álvarez de Toledo. Así, Sampedro apareció en pantalla mirando a cámara, anunciando su intención de matarse y, acto seguido, bebiendo el líquido mortal. Hoy, si alguien intentara algo semejante en YouTube, la plataforma lo eliminaría de inmediato por violar sus normas comunitarias; en 1998, las reglas eran otras, aunque incluso sectores favorables a la eutanasia, como la Asociación Derecho a Morir Dignamente —entonces encabezada por Salvador Pániker—, condenaron la emisión por considerarla “poco ética y poco estética”.

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Entre los comentaristas hubo de todo: desde quienes, como Antonio Herrero o Federico Jiménez Losantos, denunciaron el suceso como “propaganda de la cultura de la muerte”, hasta quienes lo celebraron, como Carlos Boyero. Este último, pese a haber criticado con dureza el morbo televisivo en otras ocasiones, aplaudió aquel día tanto la emisión como la decisión de su protagonista: “¡Olé tu valentía y tu racionalidad, Sampedro!”.

Los responsables de Antena 3 se cuidaron, sin embargo, de editar los aproximadamente veinte minutos en los que se veía a Sampedro retorciéndose de dolor. Aquellas imágenes no habrían favorecido el efecto propagandístico que buscaba el fallecido. Años después, Alejandro Amenábar estrenaría su aclamada película Mar adentro, en la que eludiría cualquier representación de esa agonía para ofrecer una imagen mucho más poética y serena de la extinción de aquella vida. Que la realidad no estropee un mensaje.

A la familia de Sampedro no le agradó el papel de Maneiro, pero esta quedó inmortalizada en el cine. Gracias a la película, Amenábar obtuvo un Óscar y Maneiro ganó acceso a varios platós de televisión, incluidos aquellos en los que se somete a la invitada a un polígrafo después de haber negociado algunos ceros.

Que en el presente una víctima, concluya que la mejor ayuda que puede ofrecerle el Estado es facilitarle el abandono de este mundo, y eso se retransmita y hasta se aplauda, aterra mucho más

Diez años después de la muerte de Sampedro, en el Reino Unido surgió un dilema similar con Craig Ewert. Este hombre, de 59 años, aquejado de esclerosis lateral amiotrófica, también quiso convertir su muerte autoinfligida en un documental, ejerciendo él mismo de protagonista. Llegó a un acuerdo con Sky y con el oscarizado director Jon Zaritsky. El resultado, Right to Die?, se emitió primero en Sky y luego en la PBS estadounidense bajo el título The Suicide Tourist, demostrando el culto de la gran pantalla a mostrar autodestrucciones.

Este marzo de 2026, otro rostro ha aparecido en las pantallas con un mensaje semejante al que Sampedro expuso hace veintiocho años. Ha hablado para el programa de Sonsoles Ónega en Antena 3 o para El País, con grandes titulares para informar a los espectadores de que esa persona que hablaba se dispone a morir. Eso sí, en este caso había algunas diferencias notables. No se trata ya de un hombre de 55 años que solo podía mover la boca, ni de un enfermo de sesenta con esclerosis. Esta vez es una joven de 25 años llamada Noelia, que estuvo bajo la tutela del Estado y que denuncia haber sido víctima de abusos. De ahí surge la inquietante conclusión: un Estado incapaz de proteger a una persona bajo su tutela, incapaz de identificar y entregar a la justicia a quienes la dañaron, solo parece haber sido eficaz en un aspecto ante esta víctima: en ayudarla a morir.

Y, como antaño, han vuelto a poblar los platós televisivos voces de comentaristas que defienden la lógica de la postura de la joven y subrayan la dureza extrema de su situación y su derecho a ejercer lo que ella considera su derecho a una "muerte digna". Que en el pasado se permitieran suicidios televisados ya resultaba estremecedor; que en el presente una víctima, a la que la sociedad ha fallado, concluya que la mejor ayuda que puede ofrecerle el Estado es facilitarle el abandono de este mundo, y eso se retransmita y hasta se aplauda —para que otras 'Noelias' puedan seguir el ejemplo—, aterra mucho más.

Es pronto aún para saber si surgirá una película o documental sobre Noelia dirigido por un oscarizable profesional como Amenábar o Zaritsky. A veces la realidad resulta tan cruda que muchos espectadores prefieren refugiarse en ficciones. Esas películas o series con moralejas cursilonas que infunden optimismo: aquellas en las que el Estado no hubiera fallado a la protagonista, en las que hubiera tenido opciones reales de ser feliz, en las que se hubiera aplicado justicia contra quienes le hicieron daño y en las que su lucha no girara en torno a morir con dignidad, sino a vivir con dignidad. Desoladora sociedad si tenemos que recurrir a la ficción para encontrarnos con esos finales.

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