España escucha demasiado los gritos del fútbol, que son gritos fanatizados y aburridos (el fanatismo del aburrimiento), y más en un partido amistoso, al que se va para pasar un martes que parezca un domingo, con toda la amargura de las fiestas inventadas y los domingos sin ganas. Jugaba la Selección en Cornellá, jugaba la Selección española en la Cataluña que parece España (el fútbol siempre parece España, lo catalán es el hockey sobre patines o algún otro deporte de bolera, frígido y doméstico), y en el estadio algunos empezaron a corear “musulmán el que no bote” y también recaditos para Pedro Sánchez, que ya no es un presidente sino un meme, una rima (a Sánchez ya le riman las cosas como al número cinco). Pero eso de hacer sociología, estadística, antropología y hasta vergüenza nacional a partir de un fondo sur cargadete de litronas, peñistas, macarras de as de bastos y tardeadores de polígono, y en un Martes Santo que es un martes perdido en el calendario como una cita con el dentista, a mí me parece una exageración interesada, como casi todo en este país.
Es muy español eso, creer en la voz del estadio, casi grecolatina; el foro del pueblo calentorro de cerveza y bufandismo haciendo política del fútbol y fútbol de la política, o haciendo el bruto sin más, que es una cosa siempre sin ideología y sin calendario, contra Egipto o contra el que viene del pueblo de al lado. Pero luego son cuatro montándolo todo, como en política. La verdad es que una España racista interesa tanto como una España invadida, aunque ninguna de las dos sea cierta. Son dos mercados complementarios que hemos visto muy bien en este suceso de Cornellá, que ya un suceso en Cornellá, o en mi pueblo, parece poco para convertirse en categoría o siquiera en síntoma. Pero para la política todo es categoría, síntoma, prueba de lo suyo, de que nos invade la ultraderecha, el moro o el andaluz, sobre todo si todo ello resuena en el perol españolísimo de un estadio de fútbol, ante la épica, la simbología y la pureza de la nación en calzoncillos.
Ha salido enseguida Puigdemont diciendo que esto es por la españolización de Cataluña que promueve el PSC, como si el catalanismo no fuera supremacista y como si el PSC no fuera sólo una forma acomplejada de catalanismo. Han salido enseguida los de ERC diciendo también que el problema es España, su fútbol de cromañones de garrote y patadón, así que no quieren pantallas en la calle durante el Mundial (salvo quizá para su hockey en refrigerador o para el pebetero republicano de un contenedor o un maniquí ardiendo). Ha salido enseguida Rufián culpando y equiparando a Vox y a Aliança Catalana, que vienen a ser lo mismo con aliento a diferente embutido. Ha salido enseguida Bolaños con el estribillo de la extrema derecha, que a él le sale como un estribillo de tuno de pandereta, esa extrema derecha que ya sabemos que es a la vez horror y esperanza para ellos. Ha salido Óscar Puente, que anda escondido bajo los viaductos, como después de robar cobre, hablando también de “la derecha racista y xenófoba”, olvidando la derecha racista y xenófoba con las que ellos pactaron una presidencia del Gobierno, la impunidad ante las leyes y algunas otras baratijas menores. O sea han salido todos culpando a los que ya culpan por todo, que para eso no hacían falta ni cánticos ni fútbol ni escándalo ni nada.
La verdad es que una España racista interesa tanto como una España invadida, aunque ninguna de las dos sea cierta
La culpa es de España, esa España todavía como de Juanito, o es del PSC, usurpadores españolistas, o es de la extrema derecha en sus varias versiones folclóricas, como en una batalla de joteros, o es de los hodiadores con hache (los suyos se salvan por ser odiadores sin hache), o es de los medios jaleadores, incluyendo el carrusel deportivo quizá. Es decir, la culpa es de los de siempre, del enemigo de cada uno, pase lo que pase, sea el fútbol o sea Eurovisión, se cante o se beba, se vote o no se vote. Y como es lo de siempre nos aburre como siempre, y se nos pierde en otras polémicas de la política como en polémicas de la moviola, de los fichajes o de los amores de los futbolistas, que son los nuevos toreros, con su testiculario, su analfabetismo y sus billetes en abanico. El que coreaba “musulmán el que no bote” no caía en que Lamine Yamal es musulmán, pero el socialista que hablaba de “derecha xenófoba” tampoco cae en que lo son la derecha catalana y la vasca. Así que todos están un poco confundidos, un poco arrebatados y un poco endomingados de estribillos y cervezas de gollete fácil y gola de espuma (la cerveza patria y el estribillo patrio tienen gola floja de caballerete español).
Lo peor de estos escándalos es que, entre los soponcios ideológicos, lo jamacucos morales, los tabardillos de dignidad y el dedito levantado señalando enseguida como una naricilla de marquesa, es que los verdaderos problemas se ignoran o pervierten. El gran John Cleese, de los Monty Python, hace notar que la crítica al islam no es una fobia (islamofobia) sino un escepticismo, como la crítica a cualquier otra ideología o religión, incluidas las muchas religiones o sectas cristianas. Tampoco se señala a una raza, que no lo es tampoco, sino a unas ideas, una moral o, en el caso extremo, algo que va más allá de la religión, algo que es ya una ideología totalitaria, una teocracia incompatible con el pluralismo, con los derechos humanos y las libertades individuales, y por tanto tan terrible y condenable como el fascismo.
Todo esto lo ignoran de un lado y de otro, que ya digo que es un mercado complementario y por eso hemos visto a todos en el estadio de Cornellá como vendiendo cada uno sus pipas o peladillas. Sobre todo ignoran, mientras nos lanzan a guerras de religiones o de identidades, que la solución no es la guerra de religiones sino la laicidad, y no es la guerra de identidades sino la ciudadanía; que no se trata de la cultura sino de la ley y no se trata del respeto sino de la libertad. La verdad es que sí existe un problema migratorio, pero no por origen o raza sino por limitación de recursos y por inadaptación a la episteme democrática, algo que a nosotros nos parece evidente (o no, ya no sé), pero no lo es. Aunque ya estamos llegando más lejos que todos los políticos que han salido con el pito o la tarjeta roja, como árbitros congestionados por sus cuernos históricos (antes se coreaban más cosas sobre cuernos de árbitros y menos cosas sobre religiones de nadie). Demasiado lejos, en fin, para haber empezado en un partidillo de fútbol o un partidillo de la política con tartera, niñatos y tremendo aburrimiento de Martes Santo pagano.
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