Corre el tiempo, aún no hemos terminado de pagar el IVA del trimestre y llega la Semana Santa, con su espiritualidad de trazo grueso, los primeros pantalones pirata y el diésel cotizando a precio de Verdejo de autor.
Entre aviso y aviso de diluvio sobre el Mediterráneo, con un calor esquivo por aquí y el rumor de los visitantes meseteños cerniéndose sobre nosotros, nos declaramos ya incapaces de lucir una chaqueta con dignidad ni de cuadrar una cuenta, mientras escapamos de la oficina diciéndonos que ya habrá tiempo de motivar esos pliegos, amillarar los polígonos con sus ensanches o de retomar la producción de aquella ópera rock sobre Castelao, ahora que se premia lo audaz, las vidas con propósito y el ángulo creativo inaudito.
El viaje de mil millas comienza con un solo paso, predicó Lao-Tse. Un concurso ideal de culpas atribuibles a la volatilidad del algoritmo del portal de reservas, al afinado equilibrio del presupuesto familiar y a las irreparables consecuencias de haber echado mano de la tarjeta de crédito en pleno arrebato de vino de pitarra durante una lejana e inspiradora -nos decimos ahora- cena en enero con amigos, nos conduce este puente festivo, con la mentalidad de los pioneros del Konsomol, al páramo soriano, a un rincón de la España Citerior, posando de orgullosos urbanitas en franca rebeldía contra el mainstream del turismo de masas.
Convencidos -ay- de la brillantez pedagógica de la empresa, decidimos regalar a los hijos unas vacaciones auténticas, alejadas de la consola, los entrenamientos y los amigos sensatos, cuyos veteranos progenitores, ya escarmentados, supieron esquivar la trampa y los señuelos del movimiento neorrural. Arriba los corazones, que toca alternar con los paisanos, las gorras de la Caja Rural y el resplandor inconfundible de los tubos de neón de esas estaciones de servicio apartadas, donde reinan los quesos en aceite, las revistas subidas de tono, las compotas de membrillos de temporada y esas mantecadas irregulares con grasas animales sin hidrogenar con las que ya sabemos que sostendremos, de regreso a casa, el sueldo vitalicio de nuestros dietistas y la superioridad moral del personal trainer.
Como ese Diógenes castigado por sus paisanos al exilio que, volviendo la vista atrás, respondió con un “y yo os condeno a quedaros”, partimos del hogar hacia el reino de los henares y las zarzas, con la edición príncipe de la Península de las Casas Vacías en la maleta y la satisfacción de haber esquivado las impertinentes sugerencias de la IA sobre aquel confortable tres ambientes en Zahara, los consejos de un soggiorno galante en el Lago de Garda o las convenciones centroeuropeas del apartamento cuqui junto al Puente de Carlos en Praga. Y ahí vamos nosotros, 5 de familia, dos balones de reglamento y una iguana que corretea por el SUV híbrido-enchufable, al galope y sin freno hacia el páramo soriano, a conquistar esa tierra que acogió a Machado, a Dionisio Ridruejo o al valiente Retógenes el Caraunio, con la convicción temprana de que este arrebato de vida sencilla lo pagaremos caro durante años.
Seis horas después y mediando una bolsa de cortezas, dos atascos, tres podcast de la UNED y un pipí liberador en unas breñas manchegas llegamos, con los huesos y el orgullo de las infraestructuras patrias maltrechos por el slalom de carreteras comarcales, a este aprisco campesino, a este living lab castellano en el que experimentar las sensaciones ya perdidas de la vida sosegada y remota, ahora que los niños ya no saben cómo se recoge un tomate, quienes fueron Witiza, Marianico el Corto o Juan Martín El Empecinado o cómo se sortea – vita brevis – una boñiga fresca en una dehesa soleada.
Terreno repoblado por el ICONA, leemos, mientras dejamos el coche aparcado en la era, junto al pilón del pueblo, evitando bloquear los ensanches de un recinto mugriento y atestado de panochas que ocupa una estirpe de cabras flacas y mal encaradas. Salimos a la intemperie bajo el implacable sol castellano, que nos recuerda lo superfluo del gasto en cortavientos, badanas y polainas de hace dos semanas en Decathlon, con su hora y media de atasco y ese menú de convenciones y planes desmochados que acompañan una tarde de viernes de la clase media urbana del extrarradio.
Hacemos el match con nuestra casera Angustias -nombre y programa-, una paisana carillena de mirada esquiva y tobillos reforzados, quien, con una mezcla de sobria hospitalidad y desdén inveterado, nos entrega las llaves del lugar y nos observa descargar maletas, outfits y botellas de agua mineral con la paciencia de quien ha visto ya desfilar demasiadas familias entontecidas por el romántico reclamo del regreso a las esencias de la naturaleza. Entramos, entonces, en el hogar que nos acogerá durante este finde largo sin wifi ni despertadores, insensibles a los reproches infantiles por el destierro voluntario y esa extraña sensación que se le coge a uno al pecho entre cabezas de jabalí, la geometría escurialense de los muebles con herrajes y un dédalo de jarapas deslizantes, junto a otras gemas autóctonas -un mortero, un gayato miniado, dos fotos ajadas de lugareños muertos vestidos de domingo - que nos van desvelando la solemnidad y las hechuras de este palacio rural edificado con las rentas de los trigos y los panizos, y que haría las delicias de un palafrenero del Condestable de Castilla.
Mientras arrastramos los trolleys por los suelos de barro cocido hacia los dormitorios, los niños levantan, inquietos, la vista hacia ese horizonte de botijos, frascas cuneiformes y espejos sin azogue, inasequibles a los esfuerzos de un perro pastor -Pistón, para más señas- que, haciendo gala del orgullo local, ha orinado ya dos veces en las Converse que hoy estrenaba la pequeña. Tras un paseo reparador, que nos confirma la veracidad de los datos estadísticos sobre la despoblación del rural castellano, llega la primera noche y la escena introduce un elemento inesperado: el silencio. Sin tráfico, sin sirenas ni vecinos pugnaces al piano, la Thermomix o la sierra radial, cada crujido de la madera adquiere la categoría de un acontecimiento. Privados de la fanfarria de la ciudad y con las solas referencias de un gallo afónico que impone su salmodia en alguna parte, despertamos al alba con la sospecha de que algo grave ha sucedido o, peor aún, de que no sucede absolutamente nada.
El desayuno inaugura la fase crítica de la adaptación del cuerpo de expedicionarios. Frente al ritual urbano -cápsula, tostada con cuatro ángulos rectos y zumo refrigerado- Angustias, con la precisión de un intendente prusiano, ha compuesto una mesa rotunda en la que comparecen chorizos, mantecas, pan candeal y unos tazones de leche humeante y un café de puchero -rematados con un anís indeclinable- con los que sostener una jornada que empieza con un éxodo pascual hacia el nacimiento de un río -seco- y continúa con un baño en las pozas heladas y dos cambios de ropa de los adolescentes, que si no para qué la hemos traído, y que termina discurriendo sin sobresaltos, con apenas dos amagos de insolación, un principio de gastroenteritis por unas moras -que no lo eran- en mal estado y dos bromas simpáticas de un grupo de cazadores locales, que amenazaban con matarnos y hacer cecinas con nuestros restos exánimes.
El segundo día, sin embargo, ocurre algo inesperado. Aparece un balón. Luego un palo. Más tarde, unas piedras que alguien decide lanzar sobre la superficie quieta del pantano cercano, comprobando como avanzan varios metros sobre el agua antes de hundirse con dignidad, sin necesidad de registrarlo en TikTok ni compartirlo con los iguales.
Y entonces, como si obedecieran a una llamada antigua, los niños, que no han leído a Delibes ni han distinguido nunca entre barbecho y rastrojo, se nos van integrando con los del pueblo, sin padrinos ni protocolos, con esa mezcla de curiosidad y camaradería que ha unido, desde que el mundo es mundo, al indígena con el visitante a través de los códigos universales de la infancia, y donde basta un balón, una pedrada con fundamento o una carrera -ermita arriba- para sellar alianzas duraderas, mientras los padres, con la nuca enrojecida por el sol implacable y unos cortos de clarete en la mano, observamos la conformación de esta cofradía de la fraternidad sencilla con la confianza y las ansias del usuario de una app de citas que acepta las cookies antes de haberlas leído.
El tiempo pasa de otra manera en el campo, hemos escuchado decir. Si Virgilio o Thoreau nos cantaron las virtudes de la vida sencilla y retirada, nuestra recién estrenada serenidad rural tiene las horas contadas, y sin que nadie haya terminado de asumirlo, llega el momento del regreso a la ciudad y las rutinas.
Menudean entonces los llantos, y los abrazos se aprietan y se alargan más de lo necesario -como en Breda, al cierre de la discoteca o en un mitin del PSOE andaluz- con los chavales desfilando compungidos frente a Miguelillo, Justo o la prima Águeda, que el año que viene – ¿sí?- vendrá de vacaciones a casa. Superado el conato de adoptar al perro Pistón se suceden las promesas de volver, el intercambio de objetos de valor dudoso y esa fenomenología emocional de la muchachada que no habíamos previsto en el presupuesto inicial y que se termina cerrando solemnemente con la adquisición forzosa, a precio de mercado gourmet parisino, de un queso, unas prendas de lana merina hechas en Pakistán y dos arrobas de Yemas de Almazán, con las que nos despide una acometedora Angustias, que no ve el momento de perdernos de vista, de quitarse el delantal y descalzarse los zuecos para volver, entre infusiones de matcha, a sus quehaceres de trader de bitcoins en la bolsa de Tokio.
Los kilómetros pasan y la sucesión de enseñas de hipermercados, las rotondas y una caravana de familias rendidas en el peaje nos avisan de que estamos ya de regreso. Luego viene el desfile de maletas y la procesión de dolores de caras largas, y en el ascensor, entre pendencias juveniles y contraseñas recuperadas, la lógica de la ciudad vuelve a imponerse de manera impecable, con el horizonte de la semana que está por empezar, con esa mezcla de alivio y añoranza por retornar y la vaga impresión de haber inspirado – quién sabe- una página menor de algún discípulo de Julio Llamazares que observaba nuestras tribulaciones en esa España apartada, en la que parece que nada ocurre y ha terminado sucediéndonos casi todo.
Y el lunes, al café del desayuno, vuelve la Guerra Fría, aunque el queso y el vino esperan en la fresquera, con la seguridad de que pronto, en unos días, estaremos escudriñando el calendario y tratando de cuadrar las rutinas familiares y los dietarios con las fechas y destinos para las próximas vacaciones, porque si Ulises encontró su destino en Ítaca, nosotros, con algo menos de épica, nos merecemos seguir buscándolo en un pilón soriano.
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