Claudia Montes, Miss Asturias promovida a amiga virtual de Ábalos y a chica con gafas que no necesita gafas, ha dicho en el Supremo que se iba a la biblioteca a leer libros de trenes, como libros de dinosaurios o libros de magia. Eso de “libros de trenes” no hay manera de que suene profesional ni adulto, sólo suena a biblioteca infantil con sillitas de gnomo, a refugio de los niños tímidos, a carta a los Reyes Magos de empollón. Miss Asturias esperaba enterarse de qué iba su trabajo yendo a la biblioteca, pidiendo libros de trenes igual que un sobrinito (a ver si las chicas de Ábalos van a ser al final sobrinas de verdad). Me la imagino hojeando esos libros con láminas de trenes como armónicas de chiquillo, o cuentos que se abren como una flor de papel para desplegar una locomotora con carita que pasea animales de granja o músicos de trapo. Claudia Montes a lo mejor no quería ser amiga virtual, ni chica con gafas sin gafas, ni siquiera quería trabajar en la aburrida logística de Logirail, sino ser fogonera con peto, maquinista con silbato o revisora con gorra, como si trabajara en el tren de Barrio Sésamo. Así que se iba a la biblioteca, como La Bombi en la biblioteca, a pedir la categoría “libros de trenes”, que no es una categoría sino un deseo de Navidad o una confesión de ignorancia, o no iba a ninguna parte porque el trabajo no era trabajo ni lo suyo era serio.
Las chicas de Ábalos, a las que ya llamé viudas, se van paseando ante el Supremo verdaderamente como viudas (la sala tiene algo de palco sevillano de Semana Santa y todos parecen ir de luto compartido, teológico, folclórico y enguatado). Las viudas de Ábalos llegan, muy prevenidas, vistiendo el negro mosca o el blanco hueso de las viudas, ese luto ambiguo y ese pudor orgulloso que hay que llevar con decoro pero cierto desaliño, igual que las señoras con luto de antes llevaban la rebequita negrísima con el moño canoso. Llegan, además, moviéndose entre la lástima y el despecho, de manera que, entre el luto entoldado y la pena enlutada, cualquiera diría que no son enchufadas sino mártires. En este país en el que lo público es botín, ya sabíamos que el enchufe es una dignidad, un mérito y una carrera (la del arrimado). Pero parece que hemos llegado a un nivel aún más alto que el del político con querida o esbirro pagados por lo público, que es la querida o el esbirro descontentos y hasta amargados por el enchufe insatisfactorio, descuidado o afrentoso.
La Jesi pasó de la odontología, o alguna otra delicada especialidad médica u anatómica, a la dura y mineral Adif, y Miss Asturias pasó de la tiara infantil al libro infantil. Una no iba a trabajar y la otra, en vez de trabajar, se iba a buscar bibliografía sobre el tren de la bruja, o a barzonear mirando trenes, que es exactamente lo mismo que no ir a trabajar y por eso le abrieron expediente, al menos hasta que al iluso al que se le ocurrió hacer eso lo echaron (también declaró en el Supremo, el pobre, como un hereje de nuestra España de cínicos, aprovechados y mangantes). Aun así, la Jesi debía de sentirse desaprovechada, deprimida y hasta encerrada en su torre de la Plaza de España como una Rapunzel de mechas californianas. Y algo peor tenía que sentir Miss Asturias, que se iba a las bibliotecas, o a las estaciones convertidas en palomares, o a esas vías cruzadas por tendederos, yonquis y suicidas, por no estar en el sótano al que la habían mandado ignorando todo su conocimiento sobre Thomas y sus amigos. Después de este trauma, claro, llegan al Supremo hundidas, humilladas, explotadas y con el negro haciendo hormiguero en las entrañas, como hijas de Bernarda Alba.
Ella nunca vio la cosa como un enchufe y quizá es cierto, que un enchufe en esta España que se supera a sí misma ya es otra cosa, es la vida resuelta
El español ya no sólo sueña con el enchufe, más plausible que la lotería, las oposiciones y el braguetazo, sino que exige el enchufe de sus sueños, el enchufe con príncipe azul o ministro azul, y se frustra cuando no le gusta o se le queda a medias. Las viudas de Ábalos llegan incluso a hacerle un verdadero entierro al enchufe que pudo ser y no fue, como a un novio soldado, y llegan arrastrando los piecitos de vieja y la juventud perdida debajo del luto mesacamillero. La Jesi, que a lo mejor iba para Hollywood, quizá se tuvo que quedar en odontóloga, o lo que sea, por culpa del enchufe chapucero de Ábalos. Claudia Montes, que además de haber sido miss tiene nombre de tonadillera, podría haber llegado más lejos, no ya a llevar los trenes turísticos sino a ser astronauta, que sólo hay que pedir libros sobre cohetes. Sin duda, Ábalos le hizo perder también el tiempo.
Miss Asturias pedía libros de trenes, pero es que nadie nace sabiendo, y además los trenes son un mundo complejísimo y nada infantil en el fondo, como los soldaditos de plomo. Claudia Montes no sabía ni lo que hacía, pero aún así se sentía merecedora de mucho más, siquiera por el esfuerzo de ir a la biblioteca, ese sitio como egipcio, a pedir libros de trenes y sorprenderse al ver que no tenían carita de payaso. Ella nunca vio la cosa como un enchufe y quizá es cierto, que un enchufe en esta España que se supera a sí misma ya es otra cosa, es el sueño, es la vida resuelta, no una mesa con ficus de cara a la pared que dura lo que el amigo virtual. Yo, por cierto, no he entendido muy bien lo del “amigo virtual”, que así ha definido ella a Ábalos. No sé si eso es lo que resulta de pasar el amor platónico por el cibersexo, o al sugar daddy por el tarjetero, o lo profesional por lo lúdico, o lo público por el canalillo, o todo a la vez. O quizá es que así se llama al amigo que te consigue un trabajo virtual, que eso sí lo entendemos, aunque no sea el trabajo de tus sueños (los sueños casi nunca son un trabajo).
Las viudas de Ábalos no son tantas, son más sus consecuencias, es decir, el Estado que no funciona. Hay que imaginar este paradigma extendido a toda España y a todo lo público, las viudas, los viudos, los esbirros, los arrimados, los de las mordidas, los de la clientela, otros políticos de más abajo, todos exigiendo lo suyo, su parte, su escalafón, su sueño, y hasta exigiendo saber de trenes, o de lo que sea, sin saber. Y nuestros responsables públicos concediéndoselo, en lo que puedan. Las viudas de Ábalos, que son viudas con lencería, van de luto y a lo mejor también deberíamos ir de luto todos, al Supremo, a las elecciones y hasta a la biblioteca, donde no pide libros sobre democracia ni La Bombi.
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