Hubiera sido un golpe de efecto que Santa Teresa de Jesús o Buda hubieran descendido a la Tierra en 1991 y 1992 para soplarle al oído a Jesús Cacho y Casimiro García-Abadillo los chanchullos de Mariano Rubio en el Banco Ibercorp, o la financiación ilegal de las campañas de 1989 a través de sociedades como Filesa. Pero la realidad, como siempre, es más prosaica y humana: las fuentes de aquellos escándalos tenían más que ver con contables mosqueados por no haber cobrado su parte del botín o socios bocazas incapaces de callarse las sinvergonzonerías de sus compinches.
Pocas veces la chispa que prende un escándalo político brota de una figura virtuosa. En el mejor de los casos, proviene de alguien con interés directo en perjudicar al damnificado por la difusión del escándalo: ya sea por simpatía hacia su rival, ya sea por un resentimiento personal bien alimentado. En el caso de Juan Guerra, nadie duda que una de las fuentes principales fue su exmujer. Contra el exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán, intervinieron miembros suspendidos de la Benemérita implicados en el escándalo UCIFA, que no se sintieron protegidos por su jefe. Contra Francisco Correa, uno de los detonantes fue cierto concejal de Majadahonda que había estado en su nómina hasta que, al parecer, temió quedarse sin su parte. Y así un largo etcétera.
Posiblemente el periodismo no gozaría de tan mala prensa en amplios sectores de la sociedad si no fuera por ese cainismo endémico que hace que el primero en tirar la piedra contra un colega sea, casi siempre, otro profesional del ramo. Atacar por las fuentes se ha convertido en táctica recurrente. En los noventa era habitual que El País despreciara las exclusivas de El Mundo achacándolas a filtraciones de Mario Conde o del coronel Perote, mientras El Mundo respondía que las de El País llegaban cortesía del Gobierno felipista o del CESID de Manglano. Algo parecido se repite ahora con el comisario Villarejo: aquel pez gordo de la policía con el que media profesión ansiaba charlar para lograr exclusivas o contrastar datos, del que hoy se ha convertido en un asiduo de los banquillos de la Audiencia Nacional, todos reniegan como si fuera la peste. Algunos, incluso, intentan la proeza de borrar sus propios contactos mientras airean los de sus rivales.
Cuando saltaron los audios de Antonio García Ferreras con Villarejo —de los que podría deducirse que el policía era una de sus fuentes y que incluso pudo tener algo que ver en algunas informaciones que aireó La Sexta en aquella etapa contra el rey emérito, Ignacio González o Juan Luis Cebrián—, la periodista de la Cadena SER Àngels Barceló se apresuró a presumir en antena de que ella no era como Ferreras y que nunca había tenido a Villarejo como fuente. "Nunca encontrarán una conversación de Villarejo conmigo, ni una reunión".
Una afirmación hueca para quien no se identifica precisamente como practicante del periodismo de investigación. Si quería jugar a ese juego, debería haber negado tajantemente que nadie de los que hacían periodismo de investigación en la Cadena SER había tenido a Villarejo como fuente. Quizá no lo hizo porque tal afirmación podría haber sido aventurada. De haberla hecho, muchas miradas se hubieran posado por aquellos días sobre compañeros de la SER en ese momento como José Manuel Romero o Ana Terradillos.
Otro periódico, InfoLibre, también se lanzó a degüello por aquellas fechas editorializando que los periodistas que habían usado al policía como fuente al comisario eran “todo lo que no debe ser el periodismo”, aunque olvidaba convenientemente que ellos mismos habían sido quienes pusieron en circulación los audios del caso Nicolay, que tan bien le vinieron a Villarejo para liquidar a su rival en Asuntos Internos, el comisario Martín Blas.
En el mejor de los casos, la chispa que prende un escándalo político proviene de alguien con interés directo en perjudicar al damnificado por la difusión del escándalo
Existe una norma gremial sagrada: los periodistas nunca confirman sus fuentes (el llamado “secreto profesional”). Nadie puede obligar a los de Interviú en tiempos de Alberto Pozas y Daniel Montero a revelar cuántas exclusivas fueron chequeadas con el comisario. Ni pretender que los responsables de El Mundo en la época de Pedro Jota o García-Abadillo confirmen si las grandes scoops de sus informaciones sobre Interior —como las firmadas por Antonio Rubio, que tumbaron a directores del CNI como Manglano o Alberto Saiz— contaban con Villarejo entre sus fuentes. Sería tan absurdo como exigir a los de El País en la etapa de Javier Moreno o José Antonio Hernández ‘Jotilla’ que confirmaran o desmintieran si el comisario estuvo entre las fuentes que les ayudaron a desvelar toda la trama gürteliana de los peperos. O pretender que Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta admitan si el comisario fue uno de los suministradores de información para destapar el 'caso ático' de Ignacio González, el robo en el Eroski de Cristina Cifuentes o las evasiones de dinero de la familia Pujol.
Aunque existan voxpopuli al respecto, las fuentes son sagradas y los periodistas solo deben responder de la veracidad de lo que firman con su nombre, no de la biografía ni de las intenciones de quien se las haya filtrado o con quien las hayan chequeado. Eso sí, no conviene confundir la discreción con el cinismo de silenciar lo propio para reprochárselo al competidor. Porque al menos ninguno de ellos ha dado lecciones a otros sobre sus fuentes.
Cuando estalló el caso Villarejo y salpicó a figuras como Antonio García Ferreras o Ana Rosa Quintana, llamaba la atención que estas no hubieran visto venir el chaparrón y optado por reconocer sus contactos cuando el comisario fue detenido, en lugar de esperar a que los audios les explotaran en la cara. Villarejo parece disfrutar viendo cómo reniegan de él quienes antes compartían llamadas cordiales y mantel. Incluso se peleaban por ser el destinatario favorito de sus filtraciones. Ya mandó saludos en directo a Ferreras, a Cintora, a Ekaizer, en sus juicios se ha referido hasta en veinte veces a Quintana como “mi amiga Ana Rosa”, para sacarla de quicio y, esta semana, le tocaba el turno a Javier Ruiz.
Cuando Villarejo habló de sus antiguos contactos con Ruiz, el presentador de Mañaneros podía haberlo dejado correr. Pero le pudo el veneno cainita del oficio y saltó en directo a desmentirlo, dando a entender que nunca había cruzado palabra con Villarejo y que este era un embustero y, naturalmente, lanzó un alegato nada sutil contra su competidor Ferreras. El desmentido resultaba chocante, viniendo de alguien que había trabajado en Mediaset y PRISA, donde era vox pópuli que había profesionales con el controvertido policía en su agenda.
La cosa mejoró (o empeoró, según se mire) cuando, 24 horas después, el periodista Luis Balcarce difundió audios de una charla amistosa entre Ruiz y Villarejo, en la etapa en que el presentador dirigía Las Mañanas de Cuatro para Mediaset. Es decir, se conocían, habían hablado y del diálogo se deduce que compartían información y confidencias. Ruiz se apresuró a replicar que “no recordaba esa conversación” —es decir, que no recordaba que Villarejo hubiera sido su fuente— y que en 2017 “él estaba en otra empresa”, como si el Javier Ruiz de TVE no tuviera relación con el Javier Ruiz de PRISA y Mediaset.
Dejando al margen lo sorprendente de que, con los precedentes, Ruiz no viera venir que podía salir algún audio contra él, resulta curioso que persista en el periodismo esa actitud de negar la mayor (“yo no fui”) mientras se saca el dedo acusador hacia el competidor (“¡él sí!”). Nadie parece querer entrar en el fondo del asunto. Si partimos de que en la lista de fuentes de casos de investigación la proporción de granujas, resentidos o interesados es sideral, a un periodista solo debería avergonzarle que la información recibida fuera falsa. Nada, por tanto, debería avergonzar a Javier Ruiz de sus charlas con Villarejo si todo lo que derivó de ellas resultó certero. Y lo mismo vale para aquel comisario y para las otras tropecientas conversaciones que Ruiz haya podido mantener con fuentes controvertidas tras décadas en el oficio.
Cuando Iñaki Gabilondo presentaba Noticias Cuatro, le encantaba hacer autocrítica. Incluso cuando criticaba a un competidor, solía usar la primera persona del plural: “Debemos reflexionar en esta profesión…”. Como si aún creyera en un cierto compañerismo. Fue Javier Ruiz quien lo reemplazó. Según declaraciones recogidas por La Razón en febrero de 2009, el valenciano se presentó entonces como su heredero. No cuesta imaginar a Gabilondo llamando al gremio a reflexionar sobre el caso Villarejo. Con ese tono de homilía laica, usando el “nosotros”, advertiría de los riesgos de que los periodistas seamos instrumentalizados por nuestras fuentes, animaría a una autocrítica ante los excesos cainitas en la caza del scoop y señalaría la inconveniencia de responsabilizar al periodista de la evolución procesal de quien le informa. A Ruiz eso no le va. Prefiere el alegato defensivo y el dedo acusica contra el rival. No se le puede pedir que sea otro Gabilondo si no lo es, pero quizá sí que, al menos, no tome a sus espectadores por idiotas.
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