La guerra en Sudán ha entrado en su cuarto año, pero en Darfur el tiempo ya no se mide en días, sino en violaciones y abusos sobre el cuerpo de mujeres, jóvenes e incluso niñas. La violencia sexual, brutal y sistemática, se utiliza como arma de guerra y como medio para controlar a la población civil, en violación del derecho internacional humanitario.

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La paciente más pequeña que atendí tenía solo cuatro años. Esa mañana había sido secuestrada por las rebeldes Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR). Sus padres la encontraron a primera hora de la tarde al borde de una carretera, siguiendo un rastro de sangre desde su casa. La niña llegó a nuestra clínica con graves lesiones físicas. Para llegar hasta allí, tuvo que huir en esas condiciones junto a sus padres desde la ciudad de El Fasher, donde los combates estaban por todas partes, y recorrer un trayecto de 60 kilómetros hasta Tawila.

Cada día, la clínica se llenaba de pacientes con historias horribles. Una mujer, madre de cuatro hijos, me contó que había sido encarcelada por las FAR en El Fasher. Durante casi un mes estuvo retenida en una casa donde decenas de mujeres y chicas de todas las edades permanecían prisioneras y eran violadas sistemáticamente cada día. Ella logró escapar de ese infierno porque su familia pagó un rescate enorme, pero muchas se quedaron allí y, probablemente –me dijo con la mirada fija en el suelo de la clínica– muchas de ellas han muerto.

Las FAR utilizan la violación como arma de guerra, atacando deliberadamente a comunidades no árabes

Entre enero de 2024 y noviembre de 2025, 3.396 supervivientes de violencia sexual acudieron a centros apoyados por Médicos Sin Fronteras (MSF) en Darfur, y esta cifra solo incluye a las mujeres que lograron llegar hasta nuestras clínicas.

La mayoría de ellas sufren violencia por parte de hombres armados, a menudo por más de un agresor: las FAR utilizan la violación como arma de guerra, atacando deliberadamente a comunidades no árabes. Pero la violencia sexual se extiende mucho más allá de la línea del frente. En Darfur, mujeres y niñas son violadas en el mercado, mientras trabajan en el campo o cuando van a buscar agua. Son agredidas delante de sus familiares, a menudo incluso delante de sus hijos.

Hay una frase que se repite en los pasillos de nuestra clínica: “En Darfur, si eres mujer, tarde o temprano serás violada”. Y probablemente más de una vez: cuando tu ciudad es tomada, mientras huyes hacia un lugar que esperas sea más seguro, y cuando llegas a los campos de desplazados donde querrías empezar de nuevo. Como le ocurrió a una chica de 14 años, paciente mía. Su historia ilustra lo que está pasando: logró huir con su familia de la violencia de las FAR en El Fasher y llegar a Tawila. Pero fue allí, en el campo de desplazados, donde fue violada. Meses después murió de leucemia. Aún hoy sigo pensando en ella: escapó de un conflicto atroz, pero en lugar de encontrar refugio y seguridad, encontró un nuevo horror. Los últimos meses de su vida estuvieron marcados por la violencia sexual.

La comunidad internacional no puede permanecer en silencio ante el sufrimiento de mujeres y niñas

Como ocurre en todo el mundo, también en Sudán la violencia sexual sigue siendo un tabú, y a algunas mujeres les cuesta hablar de ello. La madre de una niña con lesiones presuntamente causadas por violencia sexual seguía negando que hubiera sido agredida, insistiendo en que la niña se había caído sobre una piedra.

Los sudaneses son personas extraordinarias, con un gran sentido de comunidad, y estoy segura de que entre madres y entre mujeres se ayudan y se apoyan mutuamente. Hoy, las supervivientes de violencia sexual piden protección, acceso a atención médica y justicia. Se necesitan más servicios para mujeres, también porque las primeras 72 horas tras una violación son cruciales para prevenir la transmisión del VIH, otras infecciones de transmisión sexual y embarazos no deseados, además de recibir la vacunación contra la hepatitis B. Los responsables deben rendir cuentas por sus crímenes. La comunidad internacional no puede permanecer en silencio ante el sufrimiento de mujeres y niñas.


Giulia Chiopris es pediatra de Médicos Sin Fronteras