Internacional

Sudán, la guerra cruenta y remota que parece no preocupar a nadie salvo cuando se habla de inmigración

Campo de refugiados de Aboutengye, en Chad, donde viven más de refugiados provenienes de Darfur, en su mayoría mujeres y niños.
Campo de refugiados de Aboutengye, en Chad, donde viven más de refugiados provenienes de Darfur, en su mayoría mujeres y niños. | Eva Krafczyk / DPA / Europa Press

La guerra de Sudán es una de las mayores catástrofes humanitarias del planeta, pero tres años después de su inicio, apenas logra abrirse paso en el debate público europeo, donde la guerra de Ucrania y ahora Irán se llevan toda la atención. Salvo cuando aparece asociada a una de las grandes preocupaciones políticas del continente: la inmigración. Ese es el telón de fondo de la conferencia internacional convocada este miércoles en Berlín, que reúne a representantes de la Unión Europea, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Africana con el objetivo de movilizar más ayuda y tratar de impulsar un alto el fuego. Ni el Ejército sudanés ni las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) estarán presentes.

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Sudán se ha convertido en el escenario de la mayor crisis de desplazamiento del mundo y en una de las emergencias humanitarias más graves de las últimas décadas. La guerra ha obligado a unos 14 millones de personas a abandonar sus hogares, mientras más de 30 millones necesitan ayuda urgente para sobrevivir. Las estimaciones sitúan además en torno a 400.000 las víctimas mortales del conflicto, según datos de agencias humanitarias recogidos por EFE.

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La dimensión de la tragedia contrasta con la escasa atención sostenida que recibe al margen de los foros humanitarios. En Europa, la crisis gana visibilidad sobre todo cuando se proyecta sobre sus fronteras. La Agencia de la ONU para los Refugiados ha advertido de que, si no se incrementa la financiación a los países vecinos que acogen a los refugiados sudaneses, podrían aumentar las llegadas a Europa. En los últimos meses, miles de personas procedentes del conflicto han alcanzado Grecia, Italia o España, y el flujo podría intensificarse si la situación continúa deteriorándose.

Millones de desplazados

La inmigración se ha consolidado como una cuestión central en el discurso de la extrema derecha en ascenso y, al mismo tiempo, como un desafío real para los sistemas de acogida y asilo. La guerra de Sudán queda así reducida las pocas veces que aflora en la conversación pública europea no a lo que sucede dentro del país, sino a sus posibles efectos sobre las rutas migratorias.

Sin embargo, el impacto principal del conflicto sigue concentrándose en Sudán y su entorno inmediato. La mayoría de los desplazados permanece dentro del país o en Estados limítrofes como Chad, Egipto o Sudán del Sur, que soportan una presión creciente con recursos limitados. En algunos puntos fronterizos, la llegada de refugiados ha desbordado la capacidad de acogida, obligando a miles de personas a vivir a la intemperie y con acceso restringido a alimentos y agua potable.

La falta de financiación agrava la situación. Las organizaciones humanitarias alertan de que los fondos disponibles apenas cubren una fracción de las necesidades, lo que ha obligado a recortar programas de asistencia en un momento en que la población depende de ellos para sobrevivir. El Programa Mundial de Alimentos, afectado por los recortes de la Administración Trump, ha reducido la distribución de ayuda en los últimos meses, mientras advierte de que necesita cientos de millones de dólares adicionales para mantener sus operaciones.

Un país dividido, una guerra estancada

Sobre el terreno, la guerra se ha estancado sin ofrecer perspectivas de un desenlace rápido. Según el periodista Al Nur al Zaki, en un análisis enviado por EFE desde Jartum, el Ejército sudanés y las FAR han sufrido un desgaste que reduce las probabilidades de una victoria decisiva. El Ejército logró recuperar la capital en 2025, pero los paramilitares consolidaron su control en gran parte de Darfur, lo que ha dejado al país dividido de facto: el oeste bajo influencia de las FAR y el este y norte bajo dominio gubernamental.

Esa fragmentación ha desplazado los combates hacia regiones como Kordofán y ha contribuido a prolongar una guerra cada vez más enquistada, con frentes cambiantes, alianzas volátiles y acusaciones de intervención extranjera. La posibilidad de una solución negociada aparece como la única salida viable, pero los intentos internacionales de mediación han fracasado hasta ahora.

Mientras tanto, la población civil soporta el peso de un conflicto que ha devastado el país. El sistema sanitario está colapsado, con hasta el 80% de las infraestructuras fuera de servicio en las zonas afectadas, y los ataques contra instalaciones médicas han agravado la situación. La inseguridad alimentaria alcanza niveles extremos, con regiones ya en situación de hambruna y millones de personas reduciendo o saltándose comidas a diario.

Una reconstrucción imposible

A ello se suma una crisis social profunda. Miles de personas han regresado a zonas como Jartum tras la retirada de los combates más intensos, pero se encuentran con ciudades parcialmente destruidas, viviendas inhabitables y la presencia de munición sin explotar en barrios residenciales. La reconstrucción se ve dificultada además por el colapso económico, la inflación y la falta de servicios básicos.

El conflicto ha dejado también una huella menos visible pero determinante: al menos 11.000 personas han desaparecido y millones de familias han perdido el contacto con sus seres queridos. Las organizaciones humanitarias advierten de que este factor complicará durante años cualquier proceso de reconciliación y reconstrucción del tejido social.

A las puertas del cuarto año de guerra, la comunidad internacional vuelve a reunirse en Berlín con el objetivo de reactivar la ayuda y abrir una vía diplomática. Pero el contexto es el de un conflicto enquistado, con financiación insuficiente y sin voluntad clara de las partes de sentarse a negociar.

Europa llega a esa cita con una preocupación añadida. La guerra de Sudán no solo desestabiliza una región estratégica del mar Rojo y el Cuerno de África; también amenaza con ampliar los flujos migratorios hacia el continente. Es ese riesgo, más que la magnitud de la tragedia sobre el terreno, el que mantiene el conflicto en el radar político europeo. Tres años después, Sudán sigue siendo una guerra lejana para buena parte de la opinión pública. Pero sus consecuencias están cada vez más presentes en el debate europeo. Berlín tratará de dar un impulso a la respuesta internacional. La incógnita es si llegará a tiempo para un país que lleva ya demasiado tiempo al borde del colapso.

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