La noche del 29 de abril de 1919, en la nunciatura apostólica de la Brienner Strasse de Múnich, monseñor Eugenio Pacelli leía despachos de la Secretaría de Estado vaticana cuando oyó golpear la puerta del jardín con la culata de un fusil. Tenía cuarenta y tres años. Era flaco, miope, hablaba un alemán cuidadoso aprendido con tutores romanos y vestía bajo la sotana camisas que le planchaba su gobernanta, sor Pasqualina Lehnert, una bávara robusta que ya entonces empezaba a tomarse libertades sobre el menú y los horarios del nuncio.

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Los hombres que aporrearon la puerta eran soldados de la efímera República Soviética de Baviera, proclamada tres semanas antes por una alianza desbaratada de poetas anarquistas y comunistas literales, y querían las armas que, según rumor de la prensa roja, el Vaticano escondía para los contrarrevolucionarios. No había armas. Pacelli abrió, los recibió en el vestíbulo, sostuvo el cañón del mauser que uno de ellos le posó sobre el pecho y respondió en alemán a las preguntas sobre el oro pontificio, los aristócratas escondidos, las radios clandestinas. Cuando se marcharon, la gobernanta encontró al nuncio sentado, las manos cruzadas sobre la sotana, el rostro muy blanco.

Pacelli no habló esa noche del incidente ni en los días siguientes, pero veintitrés años después, ya Papa, en el palacio apostólico, con los telegramas de Auschwitz sobre la mesa y la presión de las cancillerías exigiéndole una condena pública del exterminio, aquel cañón seguía apretado contra su pecho de prelado romano.

Hindenburg firmó por cansancio. Chamberlain por esperanza. Pacelli calló por cálculo. Cada uno con sus razones, cada uno con la conciencia limpia o casi limpia hasta el final

Toda historia del totalitarismo europeo es la historia de muchos hombres que oyeron algo y decidieron callar. Algunos por miedo, otros por cálculo, otros por aritmética geopolítica, otros porque la voz de quien hablaba, el cordero, el judío, el polaco, el enfermo mental, el espartaquista degollado en el canal Landwehr, no figuraba en la nómina de las voces que en Europa merecían ser oídas.

La pregunta que la pieza de Rolf Hochhuth, Der Stellvertreter, y la película que Costa Gavras hizo de ella en 2002, Amén, con Ulrich Tukur como Kurt Gerstein y Mathieu Kassovitz como el jesuita ficticio Riccardo Fontana, colocaron en el centro de la conciencia europea de posguerra era una pregunta moral concreta sobre el silencio de Pío XII. Pero la pregunta es mayor. Atraviesa a Pacelli y lo desborda. Atraviesa también a Neville Chamberlain bajando en el aeródromo de Heston, paraguas en mano, con un papel firmado por Hitler que ondea contra el viento de la tarde del 30 de septiembre de 1938; atraviesa al mariscal Paul von Hindenburg, ya casi ciego y casi sordo, firmando con la pluma trémula el decreto que disolvía las libertades en marzo de 1933; atraviesa al general Maurice Gamelin, jefe del Estado Mayor francés, comiéndose un escalope en su cuartel de Vincennes mientras Varsovia caía bajo la Wehrmacht; atraviesa, en el último escalón, al ingeniero sanitario de las SS Kurt Gerstein, de chaqueta gris ratón, intentando hablar con un nuncio en Berlín que rehusó recibirlo.

Versalles, una paz muy cara

Para entender por qué callaron es preciso retroceder al frío del salón de los Espejos de Versalles, en la mañana del 28 de junio de 1919, cuando la delegación alemana –dos hombres, Hermann Müller y Johannes Bell, ambos socialdemócratas, ambos pálidos– firmó el tratado sin haber tenido voz en su redacción. Detrás de las tres ventanas que daban al jardín francés, el espectáculo era un decorado calculado por Clemenceau: cinco años antes, en aquella misma sala, el káiser Guillermo I había sido proclamado emperador del Reich tras la victoria sobre Francia en 1871, y ahora Francia devolvía la humillación con intereses compuestos.

El artículo 231, la llamada cláusula de culpabilidad, obligaba a Alemania a aceptar la responsabilidad moral exclusiva del estallido bélico. El 232 abría el grifo de las reparaciones financieras, fijadas dos años después en 132.000 millones de marcos oro, cifra que John Maynard Keynes, presente en la conferencia como representante del Tesoro británico, denunció antes de marcharse dando un portazo en su panfleto The Economic Consequences of the Peace como un montante inviable que arruinaría a Europa entera. El káiser Guillermo II, prudentemente exiliado en Doorn, en los Países Bajos, recibió la noticia mientras paseaba entre sus rosales; comentó algo sobre la ingratitud histórica y volvió a sus podaderas. Los oficiales de la vieja casta prusiana, en cambio, no perdonarían nunca.

Lo que va de Hindenburg a Hitler

El mariscal Paul von Hindenburg, héroe de Tannenberg, declaró ese mismo año ante la comisión investigadora del Reichstag que el ejército alemán no había sido derrotado militarmente sino apuñalado por la espalda, im Rücken erdolcht, por los traidores del interior, los socialistas, los pacifistas, los judíos. La fórmula, tomada de un editorial del Neue Zürcher Zeitung que él mismo citaba mal, prendería en la imaginación de un cabo recién licenciado en Múnich llamado Adolf Hitler, que por entonces sobrevivía como informador del ejército infiltrado entre los grupúsculos nacionalistas de las cervecerías bávaras y apuntaba en una libreta los nombres de los oradores eficaces y de los traidores posibles.

Hindenburg vivía en su finca de Neudeck, en Prusia Oriental, regalo de los hacendados de la zona que habían financiado la operación para devolverle al viejo mariscal el patrimonio familiar arruinado. Allí, entre cabezas de ciervo embalsamadas y retratos del káiser, recibía a sus visitantes con su uniforme de campaña, aunque ya no recordaba bien los nombres y se quedaba dormido en mitad de las audiencias. Su hijo Óskar, oficial mediocre, controlaba la antesala, filtraba las noticias y leía los periódicos en voz alta al padre, omitiendo lo que consideraba inapropiado. Cuando en enero de 1933, presionado por los círculos de Franz von Papen y Alfred Hugenberg, el viejo mariscal firmó el nombramiento de Hitler como canciller del Reich, le preguntaron luego si era consciente de lo que había hecho. Hindenburg respondió que había nombrado a aquel cabo bohemio, equivocando además la procedencia de Hitler, que era austriaco, no checo, y no había servido nunca como cabo bohemio; un mes después, el incendio del Reichstag le hizo firmar el decreto de emergencia que suspendió las libertades constitucionales; al cabo de año y medio había muerto, y Hitler, con un golpe administrativo limpio, fundía en su persona la cancillería y la presidencia del Reich.

El cocinero de Neudeck conservó, según contaría décadas más tarde a un historiador alemán, las servilletas con las iniciales bordadas del mariscal y el cuchillo de trinchar con el que servía la cena de Navidad de 1932, la última que el viejo Hindenburg presidió con plena conciencia de quién era él y dónde estaba.

El modelo Mussolini

El modelo que Hitler imitaba tenía treinta y nueve años, era hijo de un herrero anticlerical de Predappio, leía a Nietzsche en traducciones aproximativas y se peinaba con brillantina hacia atrás aunque el cabello, cada vez más escaso, le obligaba a calcular los ángulos con un peine de marfil. Benito Mussolini había publicado, hasta 1914, artículos socialistas en Avanti!, periódico que había llegado a dirigir; cuando se enroló en la Gran Guerra y se hirió en las trincheras del Carso por la explosión accidental de un mortero italiano, no por fuego enemigo, como su propaganda diría después, regresó convertido en algo nuevo, todavía sin nombre. Fundó Il Popolo d’Italia con dinero franco inglés destinado a propaganda intervencionista, y en marzo de 1919, en una sala de Piazza San Sepolcro alquilada por el Círculo del Comercio de Milán, reunió a un centenar de excombatientes y proclamó los Fasci di Combattimento, un programa confuso, antimonárquico, anticlerical, republicano, vagamente socialista, que en pocos meses giraría 180 grados al descubrir que el dinero, los terratenientes del valle del Po y los industriales del Norte solo financiaban a quienes prometían quemar las cooperativas socialistas, no a quienes prometían socializar las fábricas.

La marcha sobre Roma, el 28 de octubre de 1922, fue una opereta. Cuarenta mil camisas negras desorganizados, mal alimentados, calados por la lluvia, se concentraron en Civitavecchia, Foligno, Monterotondo. El ejército italiano, si el rey Víctor Manuel III hubiese firmado la declaración del estado de sitio que el primer ministro Luigi Facta le había puesto sobre la mesa la mañana del 28, los habría dispersado en horas. El rey no firmó. Mussolini, prudente, esperó la llamada en Milán, en su despacho de Il Popolo d’Italia, vestido con polainas, camisa negra y bombín. Cuando llegó el telegrama del rey ofreciéndole formar gobierno, tomó el tren cama de Milán a Roma; viajó en compartimento de primera, cenó pasta con anchoas servida por el revisor, durmió mal, escribió en el cuaderno que llevaba siempre encima la palabra destino; llegó a la estación Termini la mañana del 30, fue conducido al Quirinal en automóvil, se presentó ante el rey de uniforme de camisa negra, Majestad, traigo a sus pies la Italia de Vittorio Veneto, y a las once de aquella mañana era el primer ministro más joven en la historia del reino.

El año siguiente, una madrugada de noviembre, un joven austriaco que en Múnich se hacía llamar el tambor de Alemania irrumpió disparando un revólver al techo en la Bürgerbräukeller, una cervecería del barrio de Haidhausen, y proclamó la revolución nacional. Hitler no había leído bien al italiano. La policía bávara abrió fuego en la Odeonsplatz a la mañana siguiente, dieciséis nazis cayeron muertos, Hermann Göring quedó herido en el muslo y Hitler huyó hasta la villa de los Hanfstaengl en Uffing am Staffelsee, donde lo detuvieron dos días después con un ataque de histeria. Lo encerraron en la fortaleza de Landsberg, en una celda con vistas al río Lech, con derecho a recibir visitas y comer aparte. Allí, dictándole a Rudolf Hess, que se había entregado voluntariamente para acompañarlo en la prisión, las páginas de Mein Kampf, Hitler aprendió la lección que Mussolini ya había aprendido y que él aún no: el poder no se toma con cervecerías, se toma con tribunales, ministerios, mayorías parlamentarias compradas. Salió de Landsberg en diciembre de 1924, después de trece meses cómodos, con la novela publicada por la editorial Eher Verlag, una dieta de salchichas que le había engordado nueve kilos y la certeza de que el siguiente intento sería por la vía legal.

Elegir entre rojos o fascistas

El terror al comunismo, motor secreto de todo lo que vino después, no era una invención de propagandistas. En la mañana del 15 de enero de 1919, en el hotel Eden de Berlín, dos comunistas alemanes, Rosa Luxemburg, cincuenta y siete años, judía polaca, doctora en economía por la Universidad de Zúrich, autora de La acumulación del capital, y Karl Liebknecht, cuarenta y siete años, abogado, hijo del fundador del SPD, fueron entregados por los soldados de los Freikorps a unos oficiales que los interrogaron en el vestíbulo. A Liebknecht lo sacaron al Tiergarten y lo fusilaron junto a un sendero, alegando intento de fuga. A Luxemburg la golpearon con la culata en la sien, en la puerta lateral del hotel, la subieron a un coche, la remataron de un tiro en la cabeza y arrojaron su cuerpo al canal Landwehr, donde permanecería hasta el 31 de mayo. El comandante de la operación, el capitán Waldemar Pabst, no fue nunca procesado; décadas más tarde, viejo y locuaz, presumiría en una entrevista a Die Zeit de haberlo hecho con autorización verbal del ministro socialdemócrata Gustav Noske: la izquierda alemana, para defenderse de la extrema izquierda, había contratado los servicios de la extrema derecha, y los hombres que asesinaron a Luxemburg, veteranos curtidos que pronto se llamarían entre ellos führer, jurando obediencia a sus jefes locales, serían los mismos que tres años más tarde fundarían las primeras SA hitlerianas y los mismos que, una década después, llevarían las cintas con las runas en las solapas en los desfiles de Núremberg. Los Freikorps eran el caldo de cultivo, el laboratorio.

La República Soviética de Baviera, proclamada en abril de 1919 por el escritor anarquista Gustav Landauer y el poeta expresionista Ernst Toller, fue aplastada en mayo por los mismos Freikorps. En Bulgaria, el atentado de la catedral de Sveta Nedelya, el 16 de abril de 1925, durante el funeral del general Konstantin Georgiev, asesinado dos días antes, hizo caer la cúpula sobre los asistentes y mató a más de 150 personas, casi toda la élite militar y política del país; el zar Boris III, que llegaba con retraso porque su Mercedes había pinchado una rueda en la carretera de Sofía, se salvó por seis minutos. En Italia, los braceros del valle del Po se organizaban en cooperativas socialistas que paralizaban las cosechas; en Hungría, Béla Kun había proclamado una república de los consejos en marzo de 1919, derribada por el almirante Miklós Horthy en agosto.

En cada uno de esos episodios, los industriales, los terratenientes, los obispos, los pequeños comerciantes asustados miraron al fascista o al protonazi de turno y decidieron que era preferible aceptar la mordaza a someterse al rojo. El cálculo era contable, casi prosaico: el comunismo expropiaría las fábricas; el fascismo solo encarcelaría a algunos dirigentes sindicales y permitiría a los demás seguir cobrando dividendos.

La diplomacia del silencio

El 24 de marzo de 1937, Domingo de Pasión, en miles de iglesias católicas de Alemania, los sacerdotes leyeron desde el púlpito, en lugar del sermón habitual, una encíclica papal redactada en alemán, no en latín, como era preceptivo, que llevaba el título de Mit brennender Sorge, Con ardiente preocupación. El texto, redactado en su mayor parte por el cardenal Michael von Faulhaber de Múnich, había sido contrabandeado a Alemania en valijas diplomáticas, reproducido en doce imprentas distintas para evitar la incautación y distribuido en sobres lacrados durante la noche del sábado. Condenaba el racismo, el neopaganismo, la divinización del Estado, sin citar nominalmente al régimen nazi pero sin que nadie pudiese confundir al destinatario. Pío XI, que ya estaba enfermo y moriría en febrero de 1939, había vencido la prudencia de su secretario de Estado, el cardenal Eugenio Pacelli, que prefería la nota diplomática reservada al texto público. La reacción de Berlín fue inmediata: clausura de imprentas católicas, detención de sacerdotes acusados de divisas o sodomía en juicios manipulados, intensificación de la presión sobre las escuelas confesionales, golpes selectivos contra las redes juveniles católicas. Pacelli, observando los efectos, sacó la conclusión que regiría sus decisiones cuando él mismo se sentase en el trono de Pedro: cada vez que el Vaticano alzaba la voz, los católicos alemanes pagaban más caro que los destinatarios oficiales de la denuncia.

El cálculo se reforzó con el episodio de los obispos holandeses en 1942. Tras la condena pública del Episcopado de los Países Bajos de las deportaciones de judíos, las SS, en represalia inmediata, ordenaron arrestar también a los judíos conversos al catolicismo, hasta entonces formalmente excluidos del transporte. Edith Stein, monja carmelita, filósofa de la fenomenología discípula de Husserl, judía conversa, fue detenida en el convento de Echt el 2 de agosto de 1942 y gaseada en Auschwitz Birkenau el 9 del mismo mes. Pacelli, ya papa desde marzo de 1939 con el nombre de Pío XII, leyó el cable y, según el testimonio posterior de sor Pasqualina, le dijo en alemán a su confesor jesuita: "Eso es lo que ocurre cuando hablamos".

La diplomacia del silencio, como sus críticos la llamarían, tenía además un fundamento geoestratégico que es difícil de discutir sin caer en el anacronismo. Pacelli creía, y a ese juicio destinó toda la energía de su pontificado, que el nazismo era una aberración salvaje pero finita, que terminaría con Hitler, y que el comunismo soviético, en cambio, era una herejía teológica de alcance milenario, capaz de durar siglos y de extinguir la fe cristiana de continentes enteros. La aritmética dictaba: una Alemania destruida abriría Europa al ejército rojo. La Polonia católica, los Balcanes católicos, Austria, los seminarios de Salzburgo y de Lvov se perderían para Roma durante generaciones. Era la apuesta que más tarde validarían los hechos, en parte, durante la Guerra Fría, medio continente bajo la bota de Stalin y de sus epígonos durante 44 años; y era la apuesta que, en el otro plato de la balanza, dejaba caer en el silencio el suplicio de seis millones de judíos a quienes el Sumo Pontífice nunca nombró por su nombre, ni una sola vez, ni siquiera en el radiomensaje de Navidad de 1942, donde la fórmula utilizada, los cientos de miles de personas que, sin culpa alguna, a veces solo por razón de nacionalidad o de raza, han sido destinadas a la muerte o a un progresivo extinguirse, era tan opaca que el Foreign Office británico necesitó dos lecturas y una nota interpretativa de su embajada en Roma para concluir que el papa, en efecto, parecía estar refiriéndose al Holocausto.

Un héroe llamado Kurt Gerstein

Ingeniero sanitario, oficial de las Waffen SS, hijo de un magistrado prusiano severo y devoto luterano él mismo, miembro de la Iglesia confesante de Martin Niemöller, Kurt Gerstein se había alistado en las SS en 1941 con el propósito explícito de obtener pruebas desde dentro y denunciar al mundo lo que ya entonces sospechaba. El 17 de agosto de 1942 viajó en tren con una delegación del Servicio de Higiene de las SS hasta el campo de Belzec, en el sureste de Polonia. Lo acompañaba el profesor Wilhelm Pfannenstiel, catedrático de higiene en la Universidad de Marburgo, voluminoso, sudoroso, satisfecho. En Belzec presenciaron, cronometrado por Gerstein con un reloj prestado, el asesinato de 750 judíos de Lwów en una cámara de gas alimentada por monóxido de carbono procedente del tubo de escape de un motor diésel de submarino soviético capturado. El motor falló al arrancar; la cámara quedó sellada con la gente dentro, gritando, durante dos horas y cuarenta y nueve minutos, antes de que el técnico ucraniano consiguiera ponerlo en marcha; tardaron veinticinco minutos más en morir todos.

En el tren de regreso, Gerstein, todavía con el uniforme negro de las SS, entró en un compartimento de primera donde dormitaba un diplomático sueco, Göran von Otter, agregado de la legación de Estocolmo en Berlín. Le contó en alemán todo lo que había visto, llorando, durante seis horas. Le entregó las direcciones, las cantidades de Zyklon B que había encargado para los otros campos, los nombres de los oficiales. Von Otter lo transmitió a su embajador y de allí a Estocolmo; nada se hizo. De regreso en Berlín, Gerstein se presentó en la nunciatura apostólica de la Rauchstrasse y pidió ser recibido por el nuncio Cesare Orsenigo. El portero, después de una larga espera, le hizo saber que un oficial de las SS no podía ser recibido en la nunciatura. Lo intentó después con el obispo católico de Berlín, conde Konrad von Preysing, que sí lo escuchó y prometió hacer llegar la información a Roma. Lo intentó con el obispo luterano Otto Dibelius, con un confesor jesuita amigo de su familia, con un sueco más, con un suizo. Cada vez la información llegaba a un escalón superior; cada vez se detenía allí.

Gerstein, al final de la guerra, se entregó a los franceses en la pequeña ciudad de Reutlingen, llevando consigo un manuscrito de doce páginas donde había anotado todo lo que sabía. Lo encerraron en la prisión militar de Cherche Midi, en París; el 25 de julio de 1945 lo encontraron ahorcado en su celda; las autoridades francesas declararon suicidio; el manuscrito, conocido después como Informe Gerstein, se convirtió en una de las pruebas documentales más sólidas del proceso de Núremberg. Algunos historiadores, Saul Friedländer entre ellos, en una biografía de 1967, han sostenido que Gerstein no se suicidó, que fue asesinado por antiguos camaradas que habían acabado en la misma cárcel; la duda sigue.

La película de Costa Gavras, Amén, simplifica algunos detalles, condensa otros, inventa al jesuita Riccardo Fontana, ese sí ficticio, aunque inspirado en figuras reales como Maximilian Kolbe o Alfred Delp, para construir el contrapunto dramático con el oficial Gerstein. Pero el núcleo es exacto: un hombre vestido de negro, con la calavera plateada en la gorra, intentando que Europa oiga lo que él ha visto, y Europa, incluida la Europa cristiana que sostenía su fe en el Vicario de Cristo, eligiendo no oír.

La eutanasia forzosa, ensayo general del Holocausto

A unos quinientos metros de la Puerta de Brandeburgo, en el número 4 de la Tiergartenstrasse, una villa señorial confiscada a una familia judía alojaba desde abril de 1940 las oficinas de lo que la burocracia nazi denominaba con asepsia notarial Aktion T4. La dirección dio nombre a la operación; el nombre dio título burocrático a un programa de eutanasia forzosa firmado en una carta privada por Hitler en octubre de 1939, retrodatada al 1 de septiembre para hacerla coincidir con la invasión de Polonia, como si todo lo que comenzaba aquel día perteneciese ya a una guerra distinta. El médico personal de Hitler, Karl Brandt –treinta y cinco años, atlético, cirujano, casado con una nadadora olímpica–, fue uno de los dos firmantes operativos; el otro fue Philipp Bouhler, jefe de la cancillería privada del Führer. Bajo su autoridad, en seis instalaciones distribuidas por el Reich –Brandenburg, Grafeneck, Hartheim, Sonnenstein, Bernburg y Hadamar– se gaseó a 70.273 personas, según el conteo interno de la propia operación, hallado en los archivos al final de la guerra. Eran enfermos mentales, niños con malformaciones, ancianos en residencias geriátricas, internos de psiquiátricos católicos a los que las monjas habían entregado, papeles en regla, a los autobuses grises que llegaban sin previo aviso y se llevaban a los pacientes con la promesa de un traslado a un sanatorio del sur.

El obispo de Münster, conde Clemens August von Galen, predicó tres sermones, el del 13 de julio, el del 20 de julio y el del 3 de agosto de 1941, en los que denunció con una claridad que Pacelli no se atrevió nunca a usar las matanzas de inocentes que se cometían en nombre del Estado. Las copias circularon a mano por toda Alemania; la RAF las lanzó multiplicadas sobre las ciudades alemanas durante los bombardeos.

El 24 de agosto de 1941, Hitler ordenó la suspensión oficial del T4; en realidad, la operación continuó descentralizada en los hospitales psiquiátricos, donde los médicos administraban sobredosis de barbitúricos o dejaban morir de hambre a los pacientes seleccionados; al final de la guerra, la cifra de víctimas alcanzaba unas 275.000 personas según las estimaciones aceptadas por el Tribunal de Núremberg. Los técnicos del T4, los químicos, los suboficiales SS encargados del gas, los conductores de los autobuses grises, fueron reasignados al este. La Tiergartenstrasse 4 había sido el laboratorio donde se ensayaron, a escala intermedia, los métodos industriales que después se aplicarían en Treblinka, Sobibór, Belzec, Chelmno, Auschwitz Birkenau. Galen no fue tocado; Bormann propuso ahorcarlo; Goebbels respondió que esperasen al final de la guerra y entonces sería el momento; la guerra no terminó como esperaban.

La paz de Chamberlain, un papelito al viento

El 30 de septiembre de 1938, a las cinco y media de la tarde, un Lockheed Electra de British Airways aterrizaba en el aeródromo de Heston, al oeste de Londres. Bajó del aparato un hombre de sesenta y nueve años, alto, encorvado, con bigote canoso y bombín, sosteniendo un papel en la mano izquierda y el clásico paraguas plegado en la derecha. Era Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido, hijo del célebre Joseph Chamberlain de Birmingham, hermano del también célebre Austen Chamberlain, premio Nobel de la Paz por Locarno en 1925. Venía de Múnich, donde había firmado, junto con Édouard Daladier por Francia, Mussolini por Italia y Hitler por Alemania, un acuerdo que entregaba al Reich los Sudetes checoslovacos a cambio de una promesa escrita de no agresión. Los checoslovacos no habían sido invitados a la conferencia; el presidente Edvard Beneš se había enterado de los términos por la BBC, oyéndolos en una radio doméstica que su edecán había encendido en el palacio presidencial de Praga.

Chamberlain leyó al pie del avión la declaración conjunta, agitando el papel ante los fotógrafos; esa misma tarde, en el balcón del número 10 de Downing Street, pronunció ante la multitud que se había reunido a aclamarlo la frase que sus biógrafos no le perdonarían: "Creo que es paz para nuestro tiempo". Una grabación de la BBC conserva su voz, demasiado fina, demasiado clerical para los días que vendrían. En la Cámara de los Comunes, dos días después, Winston Churchill, diputado tory marginado, viejo, gordo, alcoholizado, definió el acuerdo con la fórmula que entraría en los libros de texto: una derrota total y absoluta, disfrazada de victoria diplomática.

Cinco meses después, el 15 de marzo de 1939, las tropas alemanas entraban en Praga sin disparar un tiro; Hitler durmió esa noche en el castillo de Hradčany, en una cama que había pertenecido a los reyes de Bohemia. El 1 de septiembre, a las 4:45 de la madrugada, los obuses del acorazado Schleswig Holstein abrieron fuego sobre la guarnición polaca de Westerplatte, en la bahía de Dánzig; una hora antes, en un descampado de las afueras de la pequeña ciudad de Wieluń, los Stukas del Sturzkampfgeschwader 76 habían lanzado las primeras bombas de la guerra sobre un hospital civil marcado con la cruz roja; mataron a 1.200 personas en una población de 15.000 habitantes.

La guerra de broma

Francia y el Reino Unido declararon la guerra el día 3. Pero el general Maurice Gamelin, jefe del Estado Mayor francés, dispuso de su ejército, el más grande de Europa occidental, ciento dos divisiones, casi tres millones de hombres, como si fuera una pieza de museo; avanzó ocho kilómetros en el Sarre, ocupó tres aldeas alemanas evacuadas, plantó la bandera tricolor en el ayuntamiento de Brenschelbach y se retiró a las posiciones de la Línea Maginot, donde sus soldados pasaron el invierno comiendo escalopes, jugando al fútbol contra los alemanes que les saludaban desde la línea de Sigfrido y leyendo los partes inflados de la prensa parisina que hablaba de la drôle de guerre, la guerra de broma.

Polonia, mientras tanto, era partida en dos: el 17 de septiembre, las tropas del Ejército Rojo, en cumplimiento del protocolo secreto del pacto Ribbentrop-Mólotov firmado en el Kremlin el 23 de agosto, atravesaron la frontera oriental y se encontraron con los alemanes en una línea improvisada que pasaba por Brest Litovsk. La aviación británica, fiel a las directrices del gabinete, no lanzó sobre Alemania más que octavillas con la firma del rey Jorge VI prometiendo a los obreros alemanes que el Reino Unido no luchaba contra ellos sino contra sus dirigentes; las octavillas pesaban toneladas; los pilotos volvían a casa con las manos vacías.

Los justos ignorados

Hay detalles que los historiadores tienden a subrayar al final de sus libros casi como codas morales. La imagen de Carl von Ossietzky, premio Nobel de la Paz de 1935, muriendo en el hospital de Pankow en mayo de 1938 tras años de tuberculosis contraída en Esterwegen, demasiado débil para sostener el diploma que la Academia Sueca no le había dejado recoger. La de Walter Benjamin en Portbou, septiembre de 1940, tomando una dosis de morfina en la habitación 4 del hostal Francia porque le habían dicho que al día siguiente las autoridades españolas lo devolverían a Francia y de allí a Drancy. Y queda, sobre todas, la imagen del 28 de julio de 1942, cuando el nuncio Orsenigo, en su despacho de la Rauchstrasse, abrió una carta del obispo de Berlín en la que le adjuntaba un memorándum sobre los gaseamientos en el este; la leyó, dobló los papeles con cuidado, los guardó en el cajón inferior del escritorio y volvió a la correspondencia ordinaria; el cajón, intacto, fue encontrado al final de la guerra; el nuncio había muerto en abril de 1946, en Eichstätt, sin haber respondido nunca a la carta del obispo de Berlín; los papeles estaban allí; los había recibido; los había leído; no había hecho nada.

Hubo, por debajo de los Pacelli, de los Chamberlain, de los Hindenburg, una multitud silenciosa de hombres y mujeres que ocultaron, salvaron, traicionaron su uniforme, su iglesia, su cargo, su seguridad. Los justos entre las naciones del memorial de Yad Vashem son, hoy, más de veintiocho mil, y entre ellos hay tres mil polacos, mil novecientos holandeses, mil quinientos lituanos, monjas católicas, pastores luteranos, comisarios de policía italianos, diplomáticos turcos, cónsules japoneses como Chiune Sugihara en Kaunas o portugueses como Aristides de Sousa Mendes en Burdeos. Pero los justos no salvaron Europa. La salvaron, demasiado tarde, las divisiones soviéticas que entraron en Auschwitz el 27 de enero de 1945 y los soldados de infantería americanos que abrieron Buchenwald y Dachau el mes de abril. Para entonces, Europa entera era ya, en frase de Tony Judt, un cementerio gigantesco de hombres a los que los responsables de su custodia, los Estados, las Iglesias, las democracias, los tratados, habían dejado morir.

Lo que queda en pie, ochenta y siete años después de aquellos amaneceres de septiembre de 1939, es la pregunta minuciosa, paciente, casi judicial, de cómo se llegó allí, y la sospecha incómoda, porque ese es el verdadero núcleo moral de la cuestión, de que se llegó a través de mil pequeñas decisiones individuales que ninguno de los que las tomaron consideró en su momento monstruosas. Hindenburg firmó por cansancio. Chamberlain firmó por esperanza. Pacelli calló por cálculo. Gamelin se atrincheró por doctrina. Orsenigo guardó la carta por costumbre. Cada uno con sus razones, cada uno con su contabilidad interna, cada uno con la conciencia limpia o casi limpia hasta el final. La historia, sin embargo, no contabiliza por intenciones. Mide consecuencias. Y la consecuencia, sumadas todas las pequeñas decisiones razonables de aquellos años, fue una pila de cadáveres de cincuenta millones de personas y un continente que tardó medio siglo, una guerra fría completa, en volver a entender lo que significaba la palabra civilización.