A Leire Díez (unos 50 años, natural de Portugalete) ahora no le importa aparecer ante el público como si fuera medio tonta. Su aspecto ayuda. En una conversación con Manuel Jabois en El País le dijo que era "una bocazas". "Sueltas esas cosas porque necesitas ganar la confianza de la gente que está enfrente", añadió para restarse importancia a sí misma. Ella, que llegó a atribuirse ser "la mano derecha" de Santos Cerdán, "una mano derecha que no aparece".

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Lo sospechoso en este cambio de actitud es que cuadra con la versión que más le conviene al PSOE y a Pedro Sánchez, a quienes ella quería proteger abortando los casos judiciales en los que están envueltos algunos dirigentes del partido y familiares directos del presidente. "No es Mata Hari", dijo un ministro esta semana. Es más bien Antoñita la Fantástica. Pero el PSOE todavía no se ha querellado contra ella. Pedro Sánchez nos quiere hacer creer que ni siquiera sabía quien era.

Pero esa imagen de Lina Morgan en su papel en La tonta del bote, ese personaje que parece inventado por Carlos Latre, no tiene nada que ver con la realidad, con la auténtica Leire Díez, la fontanera de Ferraz.

Ninguna militante de medio pelo tiene la capacidad para reunirse con la directora de la Guardia Civil, ni para que la recibiera en su despacho el número dos de la Fiscalía General del Estado, ni mucho menos para ser recibida por el secretario de Organización del PSOE 22 veces en su guarida de la calle Ferraz. Lo que investiga el juez Santiago Pedraz no son las bravuconadas de una indocumentada lenguaraz. Lo que indaga el instructor es si surtieron efecto las amenazas de las que dejó rastro abundante. Ver el vídeo de la conversación que mantuvo en febrero de 2025 con el empresario de hidrocarburos Alejandro Hamlyn (acusado de defraudar 154 millones a Hacienda) despeja cualquier duda respecto a su papel como número dos de las cloacas.

Sus agendas no se corresponden con los apuntes de una ignorante, sino con la planificación de tareas de alguien que tenía acceso a información sensible, no para ser denunciada ante la Fiscalía, sino para extorsionar a los que podían poner trabas en esos procesos judiciales que inquietan a Moncloa, desde el fraude de hidrocarburos a las comisiones de las mascarillas. Su obsesión con el teniente coronel Balas de la UCO y el juez Peinado no tiene nada que ver con un impulso personal, sino con una misión concreta, que se planificó en una reunión celebrada en abril de 2024 en Ferraz y a la que asistió, además de Cerdán, el jefe de Gabinete del presidente, Antonio Hernando.

En sus agendas hay reuniones, gráficos, nombres, datos que alumbran sobre la personalidad de una mujer que tal vez podría haber hecho grandes servicios al Estado de haberse dedicado a otra cosa. Son una especie de radiografía de la cloaca. El rastro de sus pasos para amedrentar al fiscal Grinda, sus contactos en la Guardia Civil para "matar" a Balas, su influencia en la Fiscalía ("acción con Álvaro y Villafañe") o sus esfuerzos para convencer al fiscal Stampa de que buscara trapos sucios con los que frenar al jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Alejandro Luzón. Fue Stampa quien grabó el encuentro en el que Leire Díez y Javier Pérez Dolset le explican que su misión está bendecida por el presidente del Gobierno y que su puesta en marcha coincide con la imputación de Begoña Gómez. Ese fue el argumento que usó con el ex secretario de Estado de Interior, Francisco Martínez.

Si se hubiera tratado de una bocazas, Ferraz o Moncloa le habrían tapado la boca hace mucho tiempo. Sabían como hacerlo.

Leire Díez tiene que decidir si quiere comerse ella sola el marrón o contar la verdad. Tiene la oportunidad de demostrar que no es una cobarde

Díez no es una militante de base, sino alguien que lleva mucho tiempo haciendo trabajos sucios para el PSOE. Su protector fue desde el principio Santos Cerdán. El PSOE nunca ha aclarado por qué le pagó 45.000 euros por sus "labores como periodista". Eso, al menos, es lo que pone en las facturas mensuales que aparecen en el sumario.

Las fechas de sus agendas demuestran que ya antes de que Sánchez llegara a Moncloa, trabajaba en descubrir escándalos que afectaran al PP. Hay rastros de su afán por alimentar el caso Kitchen, o por desacreditar al juez que instruía la causa, Manuel García Castellón.

Fueron esos trabajillos inconfesables, pero que dieron al PSOE munición para atacar al Gobierno de Rajoy, los que la hicieron ascender desde la concejalía de una aldea de Cantabria a un puestazo como jefa de comunicación de Enusa (Empresa Nacional del Uranio), compañía en la que ha terminado recalando el gerente del partido, Mariano Moreno Pavón. Y de ahí, en 2019, saltó a otro cargo aún más importante y mejor remunerado en Correos, a la sombra del que fuera jefe de Gabinete de Pedro Sánchez, Juan Manuel Serrano. Vamos, lo típico de una militante de base.

El partido llegó a financiar el medio (Crónica Libre) que Leire Díez había creado junto a Patricia López para airear los escandalillos que ayudarían a aflojar la resistencia de los que se negaban a colaborar con los fines de la cloaca.

Probablemente Leire se equivocó cuando dio aquella esperpéntica rueda de prensa en la que se autodefinió por oposición: "Ni fontanera, ni cobarde". Tal vez necesitaba verse reconocida como alguien importante, rodeada de periodistas, de cámaras de televisión, aunque fuera para mentir y dar la versión de que sus trabajos tenían que ver con las investigaciones que había hecho para escribir un libro.

Pero ese afán por ser la protagonista de algo importante en la vida no le resta valor a su trabajo como fontanera mayor de este PSOE que apesta. No hay que caer en la trampa de despreciar el papel de Leire Díez. Su osadía no es incompatible con su capacidad para convencer a mucha gente de que tenía la cobertura del partido y del presidente. ¡Cómo no creerla si hemos visto cómo se las gastaban Koldo y Ábalos, si hemos descubierto que ya Cerdán estaba en tratos con Antxon Alonso antes de aterrizar en Madrid, si hasta el ex presidente Zapatero ha sido imputado por delito fiscal y contrabando de joyas! Ella no desentona en ese cuadro del terror. Es una pieza más del mismo. Un peón eficiente.

Por eso reivindico el valor de Leire, su habilidad como fontanera, como alguien con el suficiente aplomo como para sentarse delante de todo un fiscal y prometerle cosas si, a cambio, ofrecía material para destruir a su jefe.

De tonta no tiene un pelo. Ahora, sólo le queda a Leire decidir si se va a comer ella el marrón, asumiendo que lo que hacía lo hacía por su cuenta, o va a contar la verdad. Ahora tiene la oportunidad de demostrar que no es una cobarde.