24 años para Ábalos, casi 20 para Koldo, Aldama con 4 años y medio y la condena suspendida aunque no se librará de prisión (hay otras causas contra él y terminará también hablando con las cucarachas)... En la pelea por la supervivencia, los soplones han ganado a los mudos, a los sordos, a los de la omertá de la rosa putrefacta como una col, a los que todavía hablaban ante el juez como ante el locutor de la radio, sobre juicios políticos y persecuciones personales. Los que se hacían los muertos han palmado, no les ha salvado el partido ni el One, que bastante tiene con intentar salvarse él, y a Aldama, que cantó desde el principio, sólo le ha caído un año de limpiar parques, al menos de momento. En realidad, sabemos desde siempre que si la Justicia es más firme que la mafia los soplones suelen terminar bien. Lo de la lealtad o la paciencia sólo funciona si los jueces tienen más miedo que los reos o los reos temen más a su jefe que a los tribunales. Mientras los ministros y los tertulianos hacían calceta o películas, el Supremo, por unanimidad, ha hablado y ha dejado pan duro, coscorrones y lecciones para una buena temporada. Los muertos podrían hablar y el cielo llenarse de alondras porque colaborar en descubrir tramas criminales se premia, como debe ser, y la mafia no es tan poderosa como pensaban o querrían algunos.
Leire Díez, Julito Martínez y otros muertos, mudos, tontos o listos repentinos ya estarán tomando nota de que es mucho mejor ser la rata que ser el panoli que se va a comer 10 o 15 años de trena y compota hablando todavía de la persecución política, del juicio paralelo, de que sólo pasaba por allí o de que estaba escribiendo un libro con un boli de cuatro colores. Eso mientras, además, el partido, el búnker, el One o Zapatero te olvidan, te desprecian o te entierran. Ábalos y Koldo quedarán como esos panolis con su cara de pan de pueblo y sus ojos de mirar panderos de moza que llegaron ante el juez con el ala rota y confiando aún en la magia del partido. No hay otra explicación para que, sobre todo Ábalos, siguiera haciendo una defensa política con el Supremo allí dispuesto, fría y concienzudamente, como doctores de Rembrandt.
La apuesta de Ábalos y Koldo fue mala (y lo será la de Zapatero y la de Cerdán si siguen como van), pero quizá inevitable por venir de eso que llaman “cultura de partido”, por haber prosperado creyendo que el partido les permite todo y les salva de todo (sus actos y decisiones lo demuestran). Confiaban en el poder de la política porque la política les había dado todo su poder, y sin duda pensaron, como piensan aún muchos, que Sánchez era capaz de hacer milagros contra la evidencia, la razón y hasta la propia ley. En realidad Sánchez aún está ahí, en esa misma confianza, soberbia o ceguera, lo que pasa es que aún no está delante de un tribunal. Pero diría que, si llega el caso, también él actuaría como si los jueces fueran de pinacoteca, no de verdad, y lo fueran a juzgar no ellos sino el telediario de La 1, antes del culebrón. Aldama, en cambio, fue sencillamente práctico. Quizá porque conoce a estos políticos, sus debilidades y su ego, porque se ha servido de todo ello, enseguida supo que el soplón sobreviviría y el esbirro estaba ya muerto. Sobre todo porque el sanchismo deja caer, sin miramientos, a todos sus esbirros. Si te han pillado, la lealtad es un suicidio. Y eso es lo que creo que estarán apuntando Leire y Julito, entre otros, con boli verde o tinta china o carbonífera.
El sanchismo deja caer, sin miramientos, a todos sus esbirros. Si te han pillado, la lealtad es un suicidio. Y eso es lo que creo que estarán apuntando Leire y Julito
Aldama, el corruptor, ha salido mejor parado de lo que pensaba nadie, aunque ya digo que aún le quedan más causas y creo que llegará a tocar la armónica en el talego. De todas formas, su figura no es tan nuclear ni mefistofélica como quieren algunos que pensemos, o sea no es tanto el origen sino la consecuencia de la corrupción. Eso de corruptor suena a corromper a una novicia, pero en realidad el corruptor Aldama, o cualquier otro, no tendría nada que hacer ante damiselas, cargos, funcionarios, políticos y administraciones incorruptibles. De hecho, Aldama no tuvo que ir cargo a cargo, ministerio a ministerio, empresa pública a empresa pública, corrompiendo a todos uno a uno, que sería no ya como corromper todo un convento, en plan Decamerón, sino a toda Roma. No, un solo contacto activó el mecanismo ya corrupto que estaba instalado alrededor del PSOE y del Gobierno. Luego, la cadena de mando, la jerarquía, simplemente actuó mecánicamente, nadie se opuso, nadie objetó, nadie protestó, a nadie le extrañó nada. Por eso no se trata sólo de este caso, por eso no serán los últimos corruptos, soplones, sobrados y panolis que veamos.
Como viene a decir la sentencia, el efecto más grave de esta corrupción es “el deterioro de la confianza ciudadana en el sistema político”. Estos actos de corrupción “guardan una conexión directa con el ejercicio de la autoridad política” y “socavan la arquitectura democrática de nuestro Estado social y democrático de Derecho”. La gravedad del caso no está en el montante al peso, en chistorras o en mordidas; no está en Aldama o en cualquier otro aguililla que se acerca y que tampoco es que tuviera que esforzarse mucho en la corrupción o en la seducción. La gravedad está en la estructura política, institucional, pública, en la que tiene lugar esta corrupción. Por eso uno termina con 24 años de condena y otro con un rastrillo. Por eso desarmar esta corrupción es mucho más trascendente que desarmar el contrabando de licores, joyones o maría, que ya justificaría salvar o hasta ponerles piso franco a los soplones, vayan con gominilla o con gorra de taller mecánico.
Ábalos y Koldo, que ya parecían vivir dentro de harapos, no sólo son condenados sino perdedores. El Supremo ha dejado dos mensajes duros y claros: que no va a permitir que esta gravísima corrupción desde lo público salga barata, y que colaborar para desarmarla es mejor estrategia que la lobotomía, el desmayito o la literatura amorosa o fantástica. Los que ven conspiración en pedirle el pasaporte o el bolsito a Begoña por supuesto que verán también conspiración en una sentencia por unanimidad del Supremo, pero es que ya están en ese punto en el que la conspiración loca es lo único que les queda contra la evidencia. En realidad, sólo las organizaciones criminales se quejan de que les salgan soplones. Hoy, en fin, hay muchos anotando en sus cuadernos enterrados o desenterrados que la omertá no vale la pena. La verdad es que una organización que cuida tan mal a sus esbirros estaba condenada al fracaso.
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