La frase de Patxi López puede parecer de porrón, y de hecho lo es, pero España está hecha de frases y decisiones así, que lo mismo terminan en un domingo de paella que en asonada o en república. Imaginen salir a la calle y ver a esos millones de españoles gritando “yo, con Begoña”, una cosa entre Nochevieja y sanfermines sanchistas. Millones de españoles, bien y mal escuadrados a la vez, con el propósito y el caos de nuestras fiestas y nuestras causas, todos en homenaje y algarabía, luciendo el rojo chinesco tan típico de nuestra presidenta, y gritando eslóganes en su inglés de Gracita Morales, y llevando el pasaporte en una mano, como claveles de la revolución, y en la otra diplomas de contabilidad y mecanografía, en salmantino tributo a su profesionalidad. Millones de españoles gritando el nombre de Begoña como el de Iniesta, saltando a las fuentes como a las nubes, besando a las novias como a banderas y a las banderas como a novias, defendiendo a la mujer que lo es todo sin ser nada, esa mujer a la vez del pueblo e intocable, como la del poema de Verano azul, que quizá eso mismo es el amor. Claro que toda esa gente no está en la calle, y esa España o esa borrachera no existen, y a veces las frases de porrón no salen del porrón, en este caso el porrón sanchista donde está Patxi López como un lagarto de licor de lagarto.

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Son días difíciles y a veces lo que queda en esos días es agarrar el porrón real o metafórico a través del cual se ve todo dulce, deformado, lejano, pasable, que el porrón es como el catalejo de los tristes y a mí Patxi López me parece un triste que hace cosas de triste y tiene melancolías y fantasías de triste. La gente en la calle, coreando el nombre de Begoña, como si fuera la Virgen del Rocío, entre la fe y la juerga, entre la entrega y el roneo… Imaginar eso y soltar tu viva, tu salve rociera, tu sevillana rozadiza de María del Monte, tu brindis torero allí en el mismo Congreso, con algo de Maestranza barnizada. Yo, la verdad, no sé a quién se le pudo ocurrir eso, a qué asesor, plumilla o derrotista, quizá ya cansado de vivir en el búnker de la Moncloa como en las catacumbas. O fue cosa del mismo Patxi López, arrebatado, raptado por esas musas de aparador que tiene el Congreso o por esas sirenas que tienen también los porrones dentro. O harto, o a lo mejor triste, que yo creo que se le debe de dar una oportunidad a la tristeza antes que a la estupidez, a la maldad o a la locura.

Son días difíciles, a Sánchez lo están vapuleando no las conspiraciones locas ni los jueces con puñeta de telaraña sino la realidad, la corrupción y la desfachatez que lo han rodeado por todas partes y desde el principio, ahora, además, con la caída del ángel o borriquillo de plumón que era Zapatero. Son días difíciles, también, supongo, para Patxi López. Él, que fue la cima del socialismo vasco, su único lehendakari, el breve interregno que quebró la mitología del PNV; él, que fue la tercera vía entre Sánchez y Susana, con su socialismo de buenazo aún capaz de contundencia (como contra ETA), ahora tiene que sostenerle a Sánchez la máscara de la muerte y llevarle a Begoña los caniches, las sombrereras y los diplomas de corte y confección, como un botones de los de antes, con botonera de ascensor en el pecho. Pero es que todo el partido está así, sólo que a uno le toca ir de esbirro cortinero o faltriquero y a otros de monete con gorrito o payaso de las tortas, con el moflete fláccido ya esperando.

'Yo, con Begoña', decía Patxi López, con cascabeleo de bufón, y sólo parecía hacer el elogio exagerado, casi insultante, a las papadas de sus señores

Patxi López ya sólo da pregones y cambaladas, lametones y pingaletas. De lo que fue Patxi López parece que no queda nada, y de lo que fue el PSOE tampoco, aunque no vamos a ponerlos ahora a él ni al partido de víctimas del vampiro guapo o del mozo de cuadra guapo (Sánchez es como un mozo de cuadra, con su molinera, que ha llegado, a través de intrigas, a señor del castillo, lo que explica todas sus obsesiones, actitudes, venganzas y carencias). Y aun así, mientras yo intentaba imaginar esos millones de españoles begoñistas, rendidos y tamborileros como si fueran millones de españoles béticos, no podía dejar de captar cierta tristeza por debajo o por encima de esa ridiculez. No sé, algo como la tristeza del pobre quevedesco que le hace una glosa amarga a la última rodaja de chorizo, poetizada por la luz también quevedesca del chato de vino. Quizá lo de Patxi López fue la oda apasionada, derrotada y ridícula no ya a la rodaja de chorizo ni a la pobreza ni a la tristeza ni a la presidenta, sino a la propia carencia, al propio absurdo de estar comulgando una rodaja de chorizo o de estar adorando a una molinera convertida en diosa. Pero el sanchismo tendría que ser consciente de su absurdo y su decadencia, que no me parece el caso.

Son días difíciles, porque ya no se puede esconder lo que está, simplemente, a la vista. “Yo, con Begoña”, decía Patxi López, con cascabeleo de bufón, y sólo parecía hacer el elogio exagerado, casi insultante, a las papadas de sus señores. No tiene mucho más, que incluso tuvo que salir con el bulo de que todo lo que hay contra Begoña es que la han confundido con otra, y de que no ya un juez friki, sino la Audiencia de Madrid, van a llevarla a juicio por eso. Como si a Begoña, con sus cátedras de costurerita, con su spanglish de aparcacoches, con su linkedinés de vendehúmos, con el codicioso postureo de su plebeyez (Begoña no quería dinero sino sitio, paripé, por eso no ha habido otra esposa presidencial tan ufanamente visible, llevada, traída y aupada, lo mismo al Falcon que a tarimitas de negocios u oenegés); como si a Begoña, decía, la pudieran confundir, en este país, con alguien más.

Pueden asomarse a la calle, pueden ustedes probar a ir, con el leve currículum en una mano y el guante de baile en la otra, gritando “yo, con Begoña”, a ver si llegan a la revolución o al cachondeo. Pero no, nadie va gritando su nombre por la calle, más que nada porque no es una señora a la que le hayan robado el pasaporte, el bolso, el caniche y la honra, sino una señora acusada de graves delitos por aprovecharse del cargo de su marido, siquiera para soplarse del pelo la paja del pajar (o de la sauna). Oírla disuelve todas las conspiraciones y convierte cualquier halago en burla, que eso, justo, podría haber sido lo de Patxi López. Hubiera estado bien que ese “yo, con Begoña”, con su millonada de gente y su elogio como a la papada de la dueña, hubiera sido una burla. En una lógica sana, en una mente sana, en una democracia sana, no podría ser de otra manera. Pero nada de esto es sano, sólo quedan zurrapas, bilis y babas, que estamos al final del sanchismo como al final del porrón.