Fase de grupos.

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Aunque el momento, la temperatura ambiental y el estado general de la conversación
pública no invitan al martirio ni a la autoinmolación, creo que ha llegado el momento de hablar. Llevo días mordiéndome la lengua, soportando análisis de urgencia, diagnósticos improvisados y un insoportable consenso prefabricado en las gradas, pero alguien tenía que decirlo de una vez por todas y que sea lo que Dios quiera.
A estas alturas de campeonato —y salvo que me corrijáis los más redichos— creo que el error de base está en querer practicar los achiques sin haber consolidado el bloque bajo, porque cuando rompes el diamante para ganar amplitud interior acabas defendiendo hacia delante desde atrás, el tercer hombre pierde la segunda vigilancia, el pivote deja de fijar el intervalo y, a partir de ahí, la contienda entra en una fase emocional que ya no depende de las transiciones sino del cierre de las líneas.

Así, y frente al criterio imperante, afirmo que lo verdaderamente decisivo no sería ya la
presión, sino encimar, y, acaso, saber retrasarla adelantándola tres o cuatro metros
tácticos para que el bloque medio recupere altura sin renunciar a la amplitud reducida. La consecuencia es obvia: sólo entonces puedes ensanchar por dentro el carril exterior y ganar la segunda marca antes de que ocurra.

Ante estas certezas —y siento tener que ser yo quien lo diga— debería darnos igual que la gente siga obsesionada con la posesión cuando el verdadero problema es -ay- la
ocupación racional de los intervalos. Si el pivote no sincroniza la segunda jugada con el carril interior, el bloque pierde altura, el diamante deja de respirar y acabas vaciándote en un juego que es y no es una apuesta vertical y, alternativamente, una obstinación horizontal que ya nadie practica. Y en esa contradicción, en esta refutación serena descansa el éxito de un combinado.

Calentad que salís, chavales. Llevamos demasiado tiempo buscando las claves de nuestro tiempo en los lugares equivocados. Mientras todos mirábamos con ansiedad hacia los cursos de verano de las morigeradas sedes universitarias; en ese buscar respuestas en las bibliotecas de Harvard, en los ensayos de teoría política cuidadosamente alineados sobre las mesas de novedades editoriales o en esas notas al pie de los papers doctorales donde Habermas convive con los briks de caldo y las mesas de jardín del catálogo de Carrefour, resulta que era el fútbol -o, más exactamente, esa ilustre estirpe de comentaristas de la
cosa- quien llevaba décadas administrando entre nosotros la verdadera teoría general del conocimiento.

No conozco otra disciplina -acaso la portavocía política- que haya logrado emancipar con semejante éxito las palabras de las cosas que pretenden representar, sin que el lenguaje sienta ya obligación alguna de rendir cuentas a la realidad

Frente al magisterio declinante de la academia y el ocaso de los gurús de tres al cuarto,
hemos terminado descubriendo que el prestigio intelectual ha cambiado de banda, que ahora, la autoridad del intérprete, que la vitola de la sensatez no descansa en el
conocimiento de la materia explicada sino en el estiramiento de la sintaxis y el sabotaje de los campos semánticos, y que dos subordinadas de Poli Rincón y la penúltima conferencia en directo de Vero Boquete pesan ya más que muchas horas de aulas y de peleas con los manuales de Antonio de Nebrija. Puestos a repartir méritos, no conozco otra disciplina -acaso la portavocía política contemporánea- que haya logrado emancipar con semejante éxito las palabras de las cosas que pretenden representar, sin que el lenguaje sienta ya obligación alguna de rendir cuentas a la realidad.

Basta escuchar unos minutos esos “hay que activar el cuadrado por dentro", "cargar el área desde la pausa", "fijar la altura de los apoyos", "oxigenar el carril débil", "madurar la pérdida", "limpiar las vigilancias", "ensuciar la circulación rival" o el paradójico "darle continuidad a la discontinuidad" para embaularse esa resma de expresiones de una perfección formal admirable que, lejos de agotarse en el fútbol, poseen la extraordinaria virtud de poder reutilizarse, sin cambiar una coma, para describir una cumbre europea de ministros de Industria, una negociación sindical en ciernes, un desafuero en Renfe Mercancías o la impugnación total de la próxima reforma del sistema educativo ecuatoriano.

Puestos a progresar como grupo, vamos sabiendo que todo cuanto pasa por esos
micrófonos que ocupan estas semanas de Mundial adquiere una pátina de gravedad
institucional especial, compartiendo un código, una jerga de germanía profesional y un
diccionario particularísimo de conceptos cuya principal virtud consiste en admitir infinitas interpretaciones sin deteriorar jamás su prestigio ni comprometer la integridad ni la autoridad del orador, lo que constituye, sin duda, la mayor aportación de esta disciplina a la historia de las ideas.

Y todo es mérito de estos próceres sin estatuas, de esa legión de parientes que integra la exuberante familia de los comentaristas deportivos, esa especie particular dentro del
orden de los homínidos que, en su versión más volcánica que rigurosa, más acometedora que reflexiva, es capaz de entrar en un estudio de radio tras una sobremesa larga con la misma determinación con la que Napoleón se despachó en Austerlitz para explicar un empate a dos en Butarque, para trazar paralelismos entre la Reconquista y el regate de un interior panameño ante un defensa alemán o dar entrada en directo a un filósofo desde Mendizorroza de esos que sabe calcular a ojo la hinchada que ocupa una tribuna con idéntica solemnidad con la que un nuncio pontificio zanjaría una controversia cristológica.

Si la Escolástica discutió durante siglos sobre las pruebas ontológicas de la existencia de Dios, ahora, de la mano de los sabrosos locutores descubrimos que todo lo dicho en esas horas de comunión deportiva, que cuanto se explica y comparte desde la cabina adquiere una inesperada dignidad conceptual universal, un filtro de verdad aplicable a cualquier orden de la vida.

Obsérvese el prodigio. La inflación necesitaría reforzar el bloque bajo. La Unión Europea ha perdido los achiques. El mercado inmobiliario rompe demasiado pronto el diamante. La productividad española, al no encimar, no acompaña la segunda jugada. La política nacional debería volver a la base sin perder altura. El sistema electoral vive obsesionado con la amplitud cuando el problema está en las vigilancias, y esto es algo que vamos conociendo cuando un tertuliano acaba de dibujar, con el ceño fruncido, tres flechas convergentes sobre una pantalla digital.

Basta una sintaxis musculada, la gravedad del tono del sabio y una cierta poética
cómplice a lo Valdano para revestir de profundidad cualquier ocurrencia y abandonar el plató con la reconfortante sensación de haber explicado el universo con ocasión de un saque de banda

Llegados a este punto, va siendo hora ya de gritar un ¡abajo con los sofistas! y dos ¡muera la escuela estructuralista! y su afán por demostrar que el lenguaje ordenaba el mundo, porque después llegó el periodismo deportivo y, como Fidel, mandó parar. Con una economía de medios admirable, una nutrida gramática parda y una estirpe de cómicos de la legua zanjó una discusión que venía entreteniendo a Occidente desde Platón: en el deporte narrado las palabras pueden vivir perfectamente por su cuenta y la realidad, si quiere, que las siga corriendo.

Sospecho que ese, y no el del falso nueve, haya sido el verdadero legado intelectual del
fútbol a nuestra civilización, esa demostración práctica de que el lenguaje puede
independizarse del pensamiento sin perder un ápice de autoridad o la comprobación de
que basta una sintaxis musculada, la gravedad del tono del sabio y una cierta poética
cómplice a lo Valdano para revestir de profundidad cualquier ocurrencia y abandonar el plató, de madrugada, con la reconfortante sensación de haber explicado el universo con ocasión de un saque de banda.

Atacar los espacios, morder arriba, interpretar el intervalo, activar el tercer hombre,
ensuciar la circulación rival, madurar la pérdida, fijar la altura de los apoyos, proteger el caos, acelerar desde la pausa, volver a la base sin perder altura. No es el fútbol, es la vida, y vamos hablando cada vez mejor de cosas que comprendemos cada vez menos.
Visto lo visto, tampoco parece que nos haya ido tan mal.

Ya casi estamos en octavos.