Este 18 de julio se cumplen 90 años del golpe de estado contra el gobierno de la Segunda República. Los generales Emilio Mola, José Sanjurjo y Francisco Franco encabezaron el llamado Alzamiento Nacional contra el Frente Popular, que había ganado las elecciones de febrero de 1936 a la derecha por un estrecho margen.
Aunque se ha discutido la legitimidad de ese triunfo electoral, no es motivo de este artículo cuestionar si, efectivamente, los partidos de izquierdas agrupados en el Frente Popular sumaron más votos que los partidos de las derechas. El golpe se justificó principalmente no por esa razón, sino por la violencia que se vivió en España tras la victoria del Frente Popular, que no era sino una continuación de la que se vivía en el país en los años treinta y que tuvo su cénit en la huelga general revolucionaria de 1934.
Los asesinatos estaban a la orden del día, así como los ataques a iglesias y conventos, producto de un anticlericalismo que tenía su razón de ser en que la Iglesia había optado por apoyar sin disimulo a los partidos conservadores. El asesinato del diputado monárquico José Calvo Sotelo (13 de julio de 1936), a manos del socialista Luis Cuenca, se tiene por el detonante del golpe militar. Pero es muy probable que los acontecimientos se hubieran precipitado igualmente, dado el clima de enfrentamiento civil que se vivía en esas fechas, aunque tampoco hay que descartar que ese hecho fuera la chispa que hizo estallar un movimiento insurreccional que ya estaba en ciernes.
Los militares que se levantaron contra el gobierno de izquierdas no lo hicieron para reconducir la Segunda República a unos parámetros más democráticos, sino para acabar con la amenaza de que en España se llevara a cabo una revolución como la que había triunfado en Rusia en 1917. La mayoría de los dirigentes de izquierdas, en efecto, no creían en lo que llamaban despectivamente "democracia burguesa", y veían la República como un paso intermedio hacia una revolución socialista. Teniendo en cuenta cómo evolucionó el equilibrio de poder en el seno del Frente Popular a partir de 1936, es muy probable que si se hubiera producido una victoria de las fuerzas republicanas, no se hubiera vuelto a un sistema parlamentario como el que se implantó tras la caída del general Primo de Rivera.
En todo caso, no vale de nada hacer historia ficción. Lo cierto es que hubo un levantamiento militar que desató una guerra civil que se prolongó hasta el mes de abril de 1939, provocando una cifra de muertos que superó el medio millón de personas, según las fuentes más solventes.
La recuperación de la democracia, tras casi cuarenta años de dictadura, no produjo la implantación de una nueva republica. La monarquía fue, de hecho, un factor acelerador del proceso de recuperación de las libertades, fenómeno conocido como la Transición. Hubo un pacto entre las derechas y las izquierdas para no mirar atrás y se aprobó una ley de amnistía que fue como un punto de partida para una nueva España sin ira.
Posteriormente, las leyes de Memoria Histórica (2007) y Memoria Democrática (2022), pretendieron la reparación a las víctimas de la guerra y la dictadura. Curiosamente, la ley de Memoria Democrática lleva el punto final de su aplicación a la aprobación de la Constitución Española de 1978, lo que deja al primer gobierno democrático de Adolfo Suárez (1976-1977) en una situación comprometida, ya que, según la norma, durante ese periodo también hubo victimas de la dictadura de Franco.
Tampoco es este el momento para entrar en los pormenores de una ley que recibió el rechazo de los partidos de la derecha, pero sí contó con el voto favorable de Bildu.
Ni Rodríguez Zapatero (Memoria Histórica), ni Pedro Sánchez (Memoria Democrática), impulsaron esas normas con el genuino deseo de reparar el dolor y el honor de las victimas, sino que fue la excusa para situar a la derecha en el lado incorrecto de la historia. El sueño húmedo de los actuales líderes del PSOE es ver a Feijóo y Abascal llevando flores a la tumba del generalísimo; en resumen, volver a dividir a España en dos bandos irreconciliables. Es decir, arruinando la concordia que fue el gran éxito de la Transición.
El maniqueísmo histórico es un ejercicio que gusta mucho en España. La guerra civil fue un enfrentamiento entre buenos y malos y depende de la ideología que uno tenga para que los buenos sean los del Frente Popular y los malos los fachas de Franco, o viceversa.
Nadie puede sentirse orgulloso de lo que ocurrió en los años treinta en España. Fernando del Rey identifica en su libro Retaguardia Roja a las victimas y a los que apretaron el gatillo
Desde que Sánchez asumió la teoría del lado 'correcto de la historia', el maniqueísmo histórico ha ganado muchos adeptos. No hace falta saber lo que ocurrió, basta con ponerse de parte de un bando; en este caso, del lado republicano, para justificar lo que ocurrió en nuestro país en los terribles años de la guerra civil.
Aplicar criterios actuales a aquellas fechas suele ser un error común. En la Europa de los años treinta gobernaba Stalin en la URSS, Hitler en Alemania y Mussolini en Italia. La democracia liberal no estaba precisamente de moda. El totalitarismo, en cualquiera de sus dos grandes manifestaciones, fascismo o comunismo, amenazaba con asolar el continente. España se convirtió en un experimento, el choque frontal entre dos ideologías contrapuestas, que hizo saltar por los aires la democracia como el sistema político para dirimir las diferencias de forma pacífica.
Algunos historiadores han hecho un esfuerzo por contar lo que pasó en esos tres años de conflicto, más allá de las preferencias o las simpatías ideológicas. Pero ahora quiero centrarme en uno de los mejores libros: Retaguardia Roja, de Fernando del Rey, catedrático de Historia Política y Movimientos Sociales de la Facultad de Políticas de la Universidad Complutense. Del Rey fue Premio Nacional de Historia en 2020 y es un historiador respetado por la mayoría de sus colegas.
Nació en La Solana (Ciudad Real), como yo, y tenemos más o menos la misma edad (yo soy un poco mayor que él). Lo que ha hecho Del Rey en su Retaguardia Roja es poner la lupa sobre lo que sucedió en la provincia de Ciudad Real desde que se produjo el golpe de estado hasta el final de la guerra civil.
Aunque en Ciudad Real las derechas ganaron las elecciones de febrero de 1936, la provincia quedó alineada con la República de principio a fin. No había grandes cuarteles, por lo que el golpe sólo se vivió como el eco de lo que ocurría en otros lugares. La ofensiva del ejército franquista por el sur no avanzó hacia Madrid por La Mancha, sino por Extremadura. Tampoco hubo, como en Toledo, un símbolo como El Alcázar, al que destruir.
Pero las fuerzas de izquierda se hicieron con el poder municipal. La mayoría de los miembros de la Guardia Civil se mantuvo fiel a la República. Lo mismo que los agentes de la Policía Municipal o los Guardias de Asalto.
Fernando del Rey analiza pueblo a pueblo lo que pasó. Y lo que pasó fue una barbaridad. Hubo cientos de asesinatos sin juicio, a sangre fría. Para ser detenido bastaba con haber militado en la CEDA o no digamos en la Falange. Los ricos y hacendados, los curas y las monjas fueron las victimas predilectas del terror rojo.
Lo que llama la tención del exhaustivo trabajo de Del Rey es que identifica con nombres y apellidos a las victimas y a sus verdugos. Es la microhistoria de la barbarie. Sabemos quienes fueron asesinados y quienes apretaron el gatillo. La lección no es para saber quién hizo qué, sino para constatar que lo que ocurrió nunca pueda volver a repetirse.
Leyendo el libro de Del Rey sorprende que haya todavía gente que quiera una especie de revancha de lo que ocurrió en los años treinta. Nadie sensato que conozca lo que sucedió en España entre 1936 y 1939 puede desear una repetición de la jugada. Naturalmente, la venganza de los vencedores fue terrible. Igual de cruel. Y la dictadura la sufrieron todos los que se quedaron, los que no pudieron marcharse, los que fueron detenidos y los que se murieron de hambre.
Yo he aprendido en el libro de Del Rey por qué la calle en la que nací se llamó durante una época Avenida de los Mártires (calle de la Carrera), y también por qué la gente de la generación de mi padre quiso pasar página para siempre.
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