Sacaron por fin a los inmigrantes de la playa del Trampolín, que era como un Amazonas de cerbatanas y cañizo, pero al llegar al lugar de destino la mitad de las carpas estaban todavía desinfladas o ya habían volado, como el sueño europeo o como una sombrillita de Barbie Gaza. La verdad es que, aun terminadas, reforzadas o dignificadas todas sus carpas, que de momento sólo parecen hueveras humanas; aun levantados sus campamentos que parecen sólo metas volantes o siniestros de tráfico, aun forrados sus plásticos que parecen papel (más relato que refugio), aun así no habría sitio para todos. 1800 plazas para quizá 4000 o 5000 personas, o más, quién sabe, que ni siquiera están contados. Y esto, veinte días después del asalto, o invasión, o visita de invitados (invitados por la aciaga o inexistente política exterior de Sánchez / Albares, que sólo es, estricta y literalmente, política doméstica, casi de alcoba). Veinte días después, la mitad de la mitad de los que llegaron, o aparecieron, o se presentaron con la tarjeta personal de Mohamed VI, tienen sólo medio techo. Y más o menos igual están los ceutíes, con medio cielo, media ciudad, medio mar y medio futuro. La urgencia humanitaria parece que ni es urgencia ni es humanitaria, ni para los inmigrantes ni para los autóctonos. Y, lo que es peor, ni siquiera las soluciones parecen soluciones.
Intuyo que los campamentos provisionales pueden tener pronto vocación de permanentes, que eso es la precariedad, la persistencia de la fragilidad y la eternización de la incertidumbre. El sanchismo es justo esa precariedad, y no iba a ser diferente con los trenes que con personas que parecen cargamento de trenes, como si Ceuta fuera Mombasa. Ahora, IU, que sigue manejando las soluciones simbólicas y los recursos infinitos de sus dogmas mágicos, le ha pedido valentía a Sánchez para trasladar a los inmigrantes a la Península. Claro que esto significaría abrirles las puertas de Europa, salvo que esos campamentos con alma y sombra de guita se convirtieran en verdaderas prisiones. Con el friso de leyes que nos hemos dado o nos ha dado, y con Europa (no sólo Meloni) mosqueada con la pasividad y la falta de previsión de Sánchez, creo que nuestro presidente sin pies, que es como un flotador de patito tirado por la Mareta, no puede hacer ni una cosa ni la otra. A lo mejor está pensando en aburrir a los inmigrantes o en aburrirnos a los españoles, en que desistan ellos o desistamos nosotros, pero diría que esta vez va a ser imposible. La cagada es planetaria, inocultable y no sé si irresoluble.
La verdad es que uno no piensa que sea sólo falta de voluntad de Sánchez, aunque un poco sí, porque ya ha demostrado que le da pereza, o quizá vergüenza
Pedir la devolución señalando con el dedito de institutriz seca o marinero seco es fácil, más con el dedito de institutriz seca o marinero seco que tienen desarrollado algunos. Pero el mecanismo no es inmediato. Incluso para inadmitir la solicitud de asilo (saben que hay que pedir asilo antes incluso que el cargador del móvil) hace falta tiempo, y funcionarios de los de moscoso y reloj de arena, y recursos de los que no hay porque nuestros recursos, ya saben, se dedican a la grandeza o a los pozos negros de Sánchez, ambos aparatosos y sucios, como de palacio dieciochesco. Denunciaba Juan Jesús Vivas, que se va pareciendo ya más a un viudo que a un político, que apenas se están resolviendo 25 o 30 expedientes de asilo al día. El PP ha llegado a pedir que se suspenda el derecho de asilo en Ceuta, pero eso, por lo que parece, no lo puede hacer España unilateralmente. En realidad no se puede decir que no haya soluciones para Ceuta, como no se puede decir que no haya soluciones para nuestros trenes que salen de Atocha y terminan en Kenia, o pastando con cabras, o en una de los hermanos Marx. Lo que pasa es que las soluciones parecen siempre difíciles o imposibles en el sanchismo.
Veinte días y ahí estaban las carpas, como acordeones tirados, y ahí estaban todavía los inmigrantes del Trampolín, ya casi habitantes del Trampolín, como habitantes de una sabana, todavía sentados al sol sin sombra, devorados por el sol como por un leopardo, o bajo una sombra agujereada que también les devora, como bajo una mosquitera rota. Y ahí están todavía, claro, cansados, enfadados, hartos, los ceutíes, que ya que los visitantes o aparecidos o descendidos no caben todos en el cumpleaños que les monta el Gobierno, seguirán conviviendo con chozas en la playa, y empalizadas por las calles, y un miedo atávico, achelense, por la noche, como ante colmillos, oscuridades y tribus. Pero lo peor es que el problema no termina en los que están con media carpa, medio bollo y media lengua. No terminará ni aunque se tramiten todos los expedientes y devoluciones, sea con mil interinos buscados por las plazas como vendimiadores antiguos, o sea con un solo funcionario en la ventanilla, españolísimo y ancestral igual que el botijo de la casa. No terminará porque Marruecos podrá formarnos otra igual o peor en cuanto se lo proponga, que no van a parar sus planes ni las concertinas ni las boyas, ni menos todavía un Sánchez totalmente sometido.
Veinte días, y lo que quede entre la logística, la precariedad, la irresponsabilidad y la negligencia. Veinte días de incompetencia, o quizá de inevitabilidad. La verdad es que uno no piensa que sea sólo falta de voluntad de Sánchez, aunque un poco sí, porque ya ha demostrado que le da pereza, o quizá vergüenza, ponerse los pies para salir de la Mareta, como si se tuviera que vestir de torero, ese torero que un día fue o todavía se cree, pero ya resulta más complicado y más ridículo de vestir. Lo de Ceuta está haciendo mucho daño a Sánchez, que nadie se traga que la conspiración de la ultraderecha mundial llegue no ya a manejar tales muchedumbres y vientos sino a convertir a sus ministros en mirones y a sus soldados en barrenderos. Simplemente, diría que es la incapacidad ya sistémica del sanchismo para gestionar cualquier cosa que no sea el propio sanchismo, que si no puede hacer que un tren le gane una carrera a una vaca, imaginen este marrón humano e inhumano, histórico y planetario. Hasta ahora, todo lo tapaba el relato. Pero el relato ya se lo lleva el viento, como sus carpas, que parecían envases de yogur volados.
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