Melchor León, el socialista rebelde de Ceuta, protestaba mientras Sánchez seguía en la Mareta, serpenteando hasta la playa o hasta el despachito de los posados (no fue un meme, yo creo que realmente el presidente cuelga las piernas, igual que el cargo, en la pared, como arados de adorno de finca, y ya sólo se desplaza con ruedines, con palanquín, con jaca, con criados). Melchor León protestaba mientras Sánchez recomendaba listas de Spotify para el tardeo, el chiringuiteo, el sesteo, el tonteo o el buceo (después de evaluar o esquivar la crisis de Ceuta, el presidente se iba a bucear, con su cuerpo de tocón o de boya, movilizando a un ejército de hombres rana, zódiacs, dragaminas y patitos de goma que quizá podrían haber defendido Ceuta o conquistado Marruecos ellos solos). Melchor León protestaba, y siguió haciéndolo, mientras llegaban ministros igual que reyes magos de pega, y se desplegaban, decoraban, hinchaban y deshinchaban campamentos, odres y carpas, lenta, ornamental y primitivamente, como globos de los Montgolfier. Melchor León protestaba mientras Sánchez no hacía nada salvo flotar en su charquito y los ministros no hacían nada salvo mirar tras un abanico. La cosa es si los rebeldes de Ceuta estarán criando pronto malvas políticas, en sus colinas con vistas al mar y a la realidad, o será Sánchez el que lo haga.

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Por fin tenemos a un crítico del PSOE que no es Page con bonete ni Felipe González con colección de sellos o de barcos de botella. Melchor León salió desde el primer momento en los medios como un pastor grandón, sincero y benigno, de esos que te hablan de la verdad de la vida en los campos con la inocencia, la seguridad y la obviedad de lo que se ve, se toca, se vive, se sufre y se huele. En Ceuta no hay lugar para el relato, para la politiquilla, la politiquería o la politicona, que son la degradación de la política hacia lo nimio, lo partidista o lo retórico. Y seguramente no lo hay porque tampoco hay lugar para 100.000 ni para 5.000 personas deambulando por las calles, montando empalizadas y cazando por el día y por la noche en espeluznante regresión paleolítica, algo que el Gobierno nos intenta vender, a la vez, como normal y como extraordinario, como urgente y como falso. Negar la realidad de Ceuta es algo que pueden hacer, como ya hemos glosado aquí, Barbie Gaza, que va en su ideología como en yate, los politólogos de coderas, los tertulianos de cuota y los ministros de cornisa, como alegorías con trompeta o como palomas zureantes. Pero es algo que no pueden permitirse los ceutíes, ni los que son particulares ni los que son políticos, ni los que son de derechas ni los que son de izquierdas.

“Mientras él escucha Spotify, nosotros escuchamos sirenas”, ha declarado en una entrevista en esRadio Melchor León, que no es sólo un ceutí que se ha dado cuenta de que está abandonado por Sánchez, sino un socialista que se ha dado cuenta de que está aún más abandonado por Sánchez. En realidad no es tan importante que Sánchez esté en la Mareta como un chiquillo con esnórquel o como una señorona en un baño de burbujas, haciendo videoconferencias desde el teléfono victoriano de la bañera (esas señoras que parecen que se bañan en el propio teléfono, alto, esmaltado, espumoso, o que llaman con la grifería de la bañera, tan telefónica). Lo importante es que no hay diferencia entre el Sánchez en la Mareta y el Sánchez en la Moncloa, entre el Sánchez del ferragosto, pescando perlas en su ombligo, y el Sánchez de febrero, dentro de las mil mantas y armiños de la presidencia. No hay diferencia porque él nunca actúa en el problema, en la realidad, sino en su percepción, en el relato. Todos los recursos del Estado están dirigidos a mantener el relato, por la propaganda o por la fuerza, y actuar en la realidad significaría desviar estos recursos, debilitar lo único que lo mantiene políticamente vivo (si eso es estar políticamente vivo, o incluso biológicamente vivo).

En Ceuta no hay lugar para el relato, para la politiquilla, la politiquería o la politicona, que son la degradación de la política hacia lo nimio, lo partidista o lo retórico

La política es imposible con Sánchez, la gobernanza es imposible con Sánchez, y eso se entiende mejor en Ceuta no por el tamaño ni la relativa distancia sino porque allí se ha planteado un escenario en el que no sirven el relato, la propaganda, echarles las culpas al Feijóo sin gafas, a la Ayuso sin ático, al Abascal ya sin nadie salvo sus oscuros monjes guerreros, al Franco africanista o al Franco del garrote; ni siquiera a los ultras racistas y buleros que no necesitan recurrir al racismo ni al bulo porque lo que está pasando allí supera sus memes y sus prejuicios. Melchor León parece que se presenta ante los medios con borreguito al hombro, o con él mismo como borreguito, acusando a Sánchez no ya de veranear con desidia al borde del mar (Objetivo Birmania, recuerden, que también uno puede hacer recomendaciones musicales), sino de no hacer nada porque no puede hacer nada, de haber hecho imposible que el Estado actué ante las necesidades del Estado. En el PSOE de Ceuta pueden estar dándose cuenta de esto antes que en ningún otro lado. 

Sánchez está atrapado por la propia estructura de su sanchismo, su prioridad de mera supervivencia, y en Ceuta ya saben que esa prioridad no llega hasta ellos, siquiera por la sumisión a Marruecos, incuestionable e innegociable ahora, sin duda por oscuras razones. La prioridad de Sánchez no sólo no llega a Ceuta, sino que apenas llega más allá de la Moncloa, que sólo es otra Mareta con diferente alicatado y Tàpies arenosos colgados de la pared en vez de arados de buey o piernas postizas de Sánchez, que uno imagina como esas perneras de lata de los picadores. Melchor León, y otros socialistas rebeldes de Ceuta, ya están viendo que, cuando la realidad es tan apabullante, la supervivencia política no depende tanto del puto amo como de esa redescubierta realidad. Contra los rebeldes de Ceuta o de más allá, Sánchez utilizará (ya lo hace) reojos, amenazas o fontaneros; echará mano de todos los recursos, que para eso sí hay presupuesto, tiempo, personal, intendencia y fontanería, más que para las carpas y más que para el país. Melchor León, con su verdad como un zurrón, lo mismo desaparece un día de la política o del mundo. O a lo mejor desaparece Sánchez antes. Sería más creíble, y más benigno, que el resto del socialismo se rebelara ya, antes que esperar a que a Sánchez se lo lleve una lechera de la policía, todavía con los ruedines o las gafas de buceo.