LA SIRENITA DEL TRAMPOLÍN. Con la melena emergida, caniche a la cintura, móvil de lentejuela y ojos de lumbre, como una Emily en París de Ceuta, un París de mierda y miedo, Barbie Gaza, o Hanan Alcalde cuando se pone pañoleta palestina, o Ana María Alcalde cuando se quita por fin las pestañas como moviendo una cortina de macarrones, se plantó en Ceuta. Luego se paseó por el Trampolín para decirnos que allí no pasaba nada, que todo era normal y no había peligro para nadie, si acaso sólo para su caniche con temblor de niño mimado, que quizá dejó en el hotel, acelofanado, como el champán de cortesía. Corría bastante Barbie Gaza por la playa, la verdad, más como una triatleta que como un testigo de la benignidad de aquel campamento o desembarco, apenas una fiesta playera con queimada, al menos desde su velocidad de rubia en lancha. Al otro lado, en la pantalla dividida de En boca de todos (esa modita de la pantalla hecha viñetas de Zipi y Zape), la señora de Ceuta, con su coleta de señora como de samurái, con sus gafas de señora como de catedrática, le daba la réplica: "Ella es la sirenita de la playa del Trampolín, ella viene con un Audi negro a darles tres bocadillos y aquí somos todos mentirosos. Hija de mi alma, qué bien vives tú en Ceuta…".

Los ceutíes, los caballas, no saben lo que ven ni lo que les pasa. Para mostrarles la realidad tiene que venir una pepona con caniche (y marido policía, apuntaba la señora que, como con bata de señora, parecía freír a Barbie Gaza en la playa igual que una empanadilla). O una paracaidista de Canal Red, Alejandra Martínez, que proclamaba en su vídeo que iba "sola y de madrugada y no le pasaba nada" y que había "relativa normalidad". A pesar de eso, parecía una comadreja escapada, aunque es verdad que lo seguía pareciendo también en su casa, hablando para las tertulias. Jaime González, siempre como enfadado de clarividencia, le señalaba que cómo podía ser entonces que ella misma hubiera tenido que ir por las calles de Ceuta recogiendo niñas para llevarlas, según había declarado, a lugares seguros. Matizaba la paracaidista, quizá otra Barbie pero en fumeta, que sí había problemas de seguridad, pero derivados de la urgencia humanitaria.
Los ceutíes no sólo no ven bien, es que tampoco derivan bien. Violar o asaltar por "urgencia humanitaria" es una sutileza derivativa que sólo se capta con perspectiva de visitante romántico, concienciado y con fueraborda real o ideológico. Los autóctonos, poco sutiles y muy estáticos, sólo se enfadan y piden ayuda desesperada. Y hasta lloran, como la señora que admitía que "no podía más" y contaba que su hija de dieciséis años tenía que salir a la calle con ella o con su padre porque "se la comen". Al decir "se la comen" lo hacía asfixiada de verdadero dolor, casi de luto, como ya ante los restos canibalizados de su hija. ¿A quién van a creer los ceutíes, a quién va a creer usted, a Barbie Gaza o a sus propios ojos?

EL MIEDO SUBJETIVO. Mónica García también fue a Ceuta un poco con fueraborda ministerial y caniche ideológico, o al revés (a Ceuta han ido en realidad ya siete ministros, todos como en crucero o en góndola, con cara y disposición más de japoneses que de ministros). Mónica García no es Barbie Gaza pero podría ser un Gusiluz Ceuta, con luminiscencia y sonrisa siniestras de haberse tragado un cubo de luciérnagas. Visitaba la ministra el programa de Silvia Intxaurrondo, que ya ha vuelto de su limbo televisivo (ha estado un tiempo, como un alma sanchista en camisón y en tránsito, entre Tele Pedro 1, o sea TVE, y Tele Pedro 2, la tele de José Miguel Contreras que va a ser como otro saloncito de té de la Moncloa); visitaba Mónica García, en fin, La hora de La 1, y ella también nos ilustraba sobre el relativismo o el subjetivismo de la crisis de Ceuta o de la realidad en general. Los ceutíes decían "sentirse abandonados por el Gobierno" y ella respondía que "las sensaciones subjetivas son todas respetables" pero "el Gobierno ha estado ahí desde el minuto uno". También lo de estar puede ser muy relativo y muy subjetivo, o sea estar para qué y estar haciendo qué. Todavía parece no estar el Gobierno, todavía tres semanas después del asalto o descenso beatífico de esta crisis humanitaria, todavía no había sitio, ni techo, ni solución para todos, es decir para nadie. El Trampolín era evacuado, ocupado de nuevo, reagrupado, desperdigado o quizá sólo abandonado. Desde el minuto uno, y para qué. Aunque lo importante hubiera sido estar antes, que lo hubiera evitado todo.
Todo, o casi todo, es relativo y hasta volteable. Si uno le da la vuelta a esa señora de Ceuta que no podía más, ya casi ante la capilla futura de su hija, o a todos los ceutíes cabreados o asfixiados, tiene el rótulo del programa de Intxaurrondo: "Los migrantes de Ceuta no pueden más". Sí, y aparecían con sus pancartas, pidiendo asilo, pidiendo futuro o pidiendo fútbol. La perspectiva lo cambia todo. Los ceutíes tienen miedo y los migrantes tiene hambre, móviles secos y semen retenido. No pueden más ni los ceutíes ni los migrantes (hay que decir migrantes, que el prefijo impone una perspectiva no ya local sino supremacista). Pero lo de los migrantes es más cierto, porque el miedo de los ceutíes no es que sea subjetivo, es que es como un fantasma, no un miedo real sino el miedo de un cuento de miedo, un cuento de los ultras. "Quieren que tengamos miedo", nos explicaba o cantaba Intxaurrondo, como una monja que canta, que es lo que parece ella. No necesitamos soluciones, basta con no tener miedo. Intxaurrondo era la Barbie que faltaba, intentando correr por la playa más rápido que la realidad o que su caniche.

GRACIAS A MARRUECOS CON CANALILLO PELUDO. A las varias barbies de la normalidad o la ceguera sólo ha podido superarlas Paco Álvarez, planteando y ganando él solo el concurso de míster camiseta mojada de la crisis de Ceuta. Paco Álvarez, con cajones y dormitorio de tener ocho años, es un tertuliano de En boca de todos que no sé si entra en esa categoría de tertuliano de las tortas, que es como el payaso de las tartas en tertuliano (en todas las tertulias hay al menos uno que se deja). Digo que no lo sé porque el tertuliano de las tortas no suele aparecer con zapatones y narizota, por las apariencias al menos. Paco Álvarez, sin embargo, ya aparece con todo eso y además como en triciclo, o sea que a lo mejor sólo es un actor que vive dignamente de su batacazo y su ridículo. Va hasta con una botellita que pone "lágrimas de facha" (serán de risa, decían Los Meconios en X), el equivalente a la llorera de aspersor o perilla de los payasos. Paco Álvarez, ocho años en canal y con toda la barba, ya se ha puesto muchas camisetas frikis o provocativas, incluyendo alguna de homenaje a Zapatero en la que parecía Mazinger Z. Pero lo de Ceuta requería algo más impactante, algo que superara a las barbies por la playa, a las barbies de rave y hasta al propio Mohamed VI de rave. Sí, algo así como una camiseta mojada para disfrute del propio rey y de sus camelleros. "Gracias, Marruecos", ponía la camiseta. Sí, no sólo un agradecimiento a Marruecos, sino un agradecimiento a Marruecos con canalillo o pezón peludos. Después parece que pidió disculpas, pero yo creo que no tenía que hacerlo. Es como si el payaso o la odalisca renegaran del maquillaje y de la melancolía.

IZQUIERDA CON JARDINCILLO. Cuando vi a Mercedes Milá y a Marc Giró con los pies metidos en una lagunita o riachuelo, me pareció que eran la izquierda purísima y cristalina, esta izquierda nuestra de jardincillo que no deja de mirarse los pies y la melena de sirenita en el agua ni siquiera en esta semana convulsa o sísmica. A Milá le han puesto un programa en TVE (Me meto en un jardín) que consiste en darle una autocaravana y un tomavistas y dejarla con su ruido mental (una especie de caos mezclado con simpleza) y luego con un invitado que parece raptado en la carretera. A Milá, que fue una grande, le ha pasado algo en algún momento y ya es como Miguel Bosé caída para el otro lado. El caso es que allí estaba, con Marc Giró en el jardín, como Belisa con don Perlimplín, mirándose los pies como los ojos, mirándose los ojos como los pies, y dándose la razón. "Te veo y pienso: qué razón tiene" (o sea, "tenemos"), le decía Milá arremangada como una lavandera. El programa no sé cuándo se grabó, creo que hace mucho, pero ya era de por sí lejano o ausente, intemporal, atemporal o póstumo, como si ya hubieran muerto los dos. Eso lo hacía todavía más significativo porque así es su izquierda, siempre entre el cielo y el parque, y siempre confundiendo su imagen dominguera en el río con la realidad o la necesidad de los demás. Hablaban de cosas sin interés convertidas en trascendentes y de cosas trascendentes convertidas en espejito. "Estoy con los pelos de punta con esto de que la democracia pueda resquebrajarse", decía Giró. Ya lo está haciendo, pero él no le llama democracia a la democracia, sino a lo suyo, a sus pies acariciados por sus ojos, a sus ojos hipnotizados por sus pies.

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