GALLETA SENTIMENTAL. A España le han puesto una abuela simbólica, como la de Cuéntame, a la que le va a pasar toda la telenovela política, sentimental y ropavejera. A España entera se le cae el lagrimón de galleta en el café con leche, incontenible, viendo la tragedia pura, o sea sin contexto ni paliativo, la de la abuela expulsada de su casa, sacada en camilla, como arrollada por un tren de cine mudo enviado por un malo de cine mudo. Los telediarios, las tertulias, los especiales empezaban con la telenovela de Maricarmen, sólo para pasar luego al espray de pimienta. “El desahucio de un país”, titulaban en La hora de La 1, poniéndoles a las imágenes incluso una triste nieve dickensiana. Allí, claro, esperaba Silvia Intxaurrondo, monja de nieve de azúcar y café con leche del sanchismo, como si fuera doña Adelaida (las telenovelas, sobre todo las telenovelas de la política, entran mejor con señoras de reojo y vecinas de caldito). Pero la verdad es que no entiende uno por qué es “el desahucio de un país” lo de Maricarmen y no lo de Olga, que se suicidó después de su desalojo. Eso sí, fue en Hospitalet, muy lejos de la Babilonia de Ayuso, con sus áticos colgantes y sus pirámides coronadas por buitres y harpías.
En realidad Maricarmen no es un símbolo, porque el símbolo remite a algo universal y lo suyo es particular, como en la telenovela. En las telenovelas, toda la tragedia queda personalizada, absorbida y constreñida en la protagonista, incluso inaugurada por la protagonista (se diría que antes de ella no existían la ambición, la envidia, el amor ni los cafetales, igual que antes de Maricarmen se diría que no existían los desahucios, ni un Gobierno progresista). Igualmente, la tragedia de la telenovela queda resuelta totalmente cuando se resuelve en la protagonista, con la boda, el triunfo o la venganza, sin remitir a ninguna solución de un problema universal, que nadie espera. Maricarmen, como una abuela de telenovela, como una cieguecita de telenovela, no sirve para universalizar el problema sino para olvidar el problema universal (junto con el resto de problemas universales, o sea todos los demás que tiene Sánchez) y dejarnos satisfechos con la resolución personal. Para eso nos hacen empatizar con ella, justo a la hora de la siesta con mosca o del telediario con marrones.

Al comienzo de la semana, la telenovela ni siquiera era Maricarmen. Era el odio, era el coche de una diputada ceutí y de un activista de la flotilla flojeras destrozado por la gente. Era Barbie Gaza volviendo a la televisión, así como borracha de amor incondicional al migrante y de odio eterno al facha y a Netanyahu. Era Malas lenguas sacando neonazis de archivo, era Wyoming sentado en el pico de la mesa, como la seño cuando se quería poner seria, advirtiéndonos sobre el peligro del discurso de odio alentado por PP y Vox. La violencia siempre hay que condenarla, pero el desplazamiento de la realidad (guionizado, como en la telenovela) consistía en decir que los ceutíes montaban en cólera por lejanos y retóricos discursos, no por el peligro y el abandono reales que viven cada día. Además, había que oponer algún otro malo a Los Rochos. En Horizonte reproducían una conversación con Cintia Rocho en la que le preguntaban si la trama de Leire les encargó “hacer daño” a la jueza que llevaba la instrucción del hermanísimo. “Sí, querían quitársela de en medio, para que no les tocara los cojones a ellos”, contestaba. Ante esto, hasta un activista con el funko del salpicadero destrozado es poco. Eran Los Rochos o Maricarmen, podría decir Illa con sus falsos dilemas.

Maricarmen llegó para salvar el prime time, y eso que ni siquiera es una abuela de chamizo ni una cieguecita cerillera. Es alguien que tuvo un buen trabajo, que tiene una pensión que ya quisieran de sueldo muchos currantes, que ha vivido en un sitio privilegiado (¡donde los cayetanos!) por un precio irrisorio, que no ha sido desahuciada por los fondos buitre ni por un pelotón franquista sino por una ley socialista (de Boyer) que el Gobierno de progreso no ha cambiado, y alguien, además, que sabía desde 2005 que su situación no se podía sostener legalmente. Ha sido muy comentado que, bastante antes de ser telenovela nacional y abuela de todos, como la abuela de Piolín, ella misma culpaba de lo suyo a Sánchez. El Sánchez que prometió que con él terminarían los desahucios. Pero la telenovela no tiene antecedentes ni contexto, sólo es pura tragedia presente y puro alivio inútil. Y pura galleta sentimental.

ESTADISTA EN NUEVA YORK. Sánchez se fue a un Nueva York como de Sexo en Nueva York, entre el escaparate y el espejismo. El gran estadista mundial no puede con Ceuta, ni si quiera puede con Maricarmen, a la que se llevan blanca y tristemente como una palanganita vacía, pero él se eleva en Nueva York igual que un corista de Broadway. Sin embargo, no le sienta a él tan bien como se cree la Gran Manzana, donde parece un botones o un señor de Murcia, más o menos como Albares, sólo que con más contoneo. Sánchez se fue a Nueva York a distraernos de lo de aquí y a disolverse en la capital del mundo, porque allí lo conocen sólo un poco, o sea lo conocen sin conocerlo, que es lo ideal para él. Así puede tener todavía incluso primeras citas, como la que tuvo con el novato primer ministro británico, Andy Burnham, entre esos puentes para el amor y el asesinato de Central Park, un encuentro que casi sirve de episodio piloto para alguna serie. En El intermedio, Dani Mateo, a cuenta de este breve romance neoyorquino entre un acuarelista y un mimo, concluía que a Sánchez le hacen mucho la pelota en Nueva York. Pero Sánchez no tiene relevancia para eso. Lo que hacen allí es mucha ceremonia engolada de desconocimiento y complicidad. Sánchez se va a jugar a los barquitos en la gran ONU, donde está toda la hipocresía de la política internacional en un mismo estanque de patos, y así se siente, como todos los demás, escondido entre los grandes males y mentiras del planeta. Pero lo han cazado dos veces: lo ha cazado Delcy y lo ha cazado la CNN.
Delcy, como un guepardo, dio un gran rodeo con elásticos pasos y la mirada fija del cazador, hasta morderle a Sánchez el cuello de gacela o quizá de vaca vieja. En las noticias de Canal Sur pusieron las imágenes aceleradas, una manera de subrayar la distancia, la dedicación, la intención y la comicidad del acecho, que casi parecía que a Sánchez lo perseguía Benny Hill. En En boca de todos no aceleraron el vídeo pero le pusieron la música del comecocos. En realidad, esto de Delcy ha sido lo más auténtico de la asamblea, entre discursos domingueros y migajones para los patos. Quiero decir que, en medio de la gran comedia del mundo, tan ajena e impersonal, Delcy sí buscó a quien le interesaba, a su presa o a su salvador. Sánchez sí es importante para Delcy, Sánchez y Delcy sí tienen cosas que tratar y hablar, no sólo pasean en un trávelin de Woody Allen. Sánchez, en realidad, tiene con Delcy un romance más duradero y apasionado que con Burnham, con celestineo de Ábalos incluido. De ahí la visible incomodidad de Sánchez, que parecía que se había encontrado con una ex porque así era. Todo seguramente era mentira en ese lugar y en ese momento, salvo aquel reencuentro en un Nueva York como París. A Sánchez no lo ha cazado Delcy sino, otra vez, la realidad.

A Sánchez lo cazó o lo pescó Delcy, que fue a por él como a por el mejor besugo de la pescadería, y también lo cazó la CNN. No sabe uno si Sánchez ya tenía previsto “cambiar de opinión”, o sea empezar a decir lo contrario de lo que había dicho, sobre Ceuta, sobre Marruecos o sobre el mundo entero, o es que Nueva York y la periodista de la CNN, que no era Cintora, ni Wyoming, ni el casting de pintaúñas y comisarios políticos de La Séptima, realmente lo apabullaron. Quizá “asesinado por el cielo”, como Lorca en Nueva York, o amenazado de sus rascacielos o “rascaleches”, que decía Miguel Hernández, Sánchez pasó de calificar la actitud de Marruecos como “inteligente” a reconocer que “está claro que Marruecos falló en el control de la frontera”. También a Albares lo apabulló Nueva York, y no por eso de grabarse para las redes haciendo de violetera o de Miss Cuenca por sus calles. Como señalaba Carlos Cuesta en En boca de todos, el despiste de Albares fue decir que “la cosoberanía de Ceuta y Melilla es una locura” y que así se lo habían hecho saber a Marruecos. Es decir, reconocer que han hablado fluidamente con Marruecos, y que se ha hablado de la soberanía de Ceuta y Melilla. “Usted está presidiendo el desastre de Ceuta”, le decía la periodista de la CNN a Sánchez, con el presidente todavía con cara de besugo recién pescado o ñu recién mordido. Luego, lo de los estudiantes de Harvard fue casi peor. No, no le sientan bien del todo a Sánchez el roneo ni el romance neoyorquinos. Creo que no le sienta bien ni la telenovela española.
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