Sánchez ha estado haciendo testamento durante todo el fin de semana entre familiares, acreedores, gorrones, barberos sangradores, curas melosos y ayas tocadas, como un mercader florentino moribundo. Y no sólo me refiero al PSOE, sino que eso mismo (familia, acreedores, gorrones…) es también la izquierda a su izquierda, la izquierda sanchista que espera a Sánchez dócil y palanganera. Sánchez lo habrá decidido ya todo o no habrá decidido nada, todo el fin de semana mirando su café frío de muerto envenenado, su colchón como el trono de un desahuciado y el calendario judicial con hojas que caen igual que guillotinas. Pero esa izquierda suya, que es como un querubín de perilla de cama, aún no sabe ni a quién presentar ni, aun peor, qué es. Ni siquiera sabe si son la calle que reclaman y los tenderetes que aplauden. El otro día, Valeria Racu, portavoz del Sindicato de Inquilinas o de los monitores del campamento de Viernes 13, proclamaba que “se acabó el tiempo de los políticos”. Yo me acordé de otro acampado de Sol, todavía con torrija mañanera o universitaria, que explicaba que iba a rodear el Congreso porque los estaban “ninguneando”. Sí, a él y a sus amigos de la torrija. A lo mejor Sánchez decide, o no decide, y Sumar espera, o reza, pensando que esta muchachada está con ellos. Da igual porque no es con eso con lo que cuentan.

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Mientras Sánchez consultaba con la almohada de piedra, lo único que sabíamos de su izquierda posibilista y suspirante es que se llamará Frente Amplio, como esas izquierdas de mosca, mendrugo y sombrerito populista de América, arrebujadas en su desamparo. Eso y que su antigua musa lechosa con cántaro de la lechera, Yolanda Díaz, no está tan cerca de pernoctar en Sol bajo un chubasquero y un perol como de vivir en Ginebra, la ciudad que es toda una categoría para el lujo enchocolatado, la diplomacia con guante de baile y el espionaje de ida y vuelta. Todo lo demás hay que replanteárselo o reinventárselo, sus liderazgos, sus dogmas y sus apoyos. Si se ha acabado “el tiempo de los políticos”, como decía la portavoz de la acampada de Sol o de El Valle Secreto, hay que incluir a esos ministros de encajito, cartelería y trompetería de Sumar. Si hay que creer a los acampados, en realidad, no hacen falta ni elecciones anticipadas ni candidaturas esperanzadas, sólo que los amigos del colega de la torrija voten en una caja de zapatos en Sol, o se manifiesten ante la tropa del Congreso y la estatua de la diosa Cibeles, igual de escandalizadas y aburguesadas.

En realidad, Mónica García, Pablo Bustinduy, Ernest Urtasun y Sira Rego son más sanchismo que Bolaños u Óscar Puente

La izquierda del fracaso busca nuevo líder entre sus ministros fracasados, entre sus ministerios que son todo balconcito o púlpito, y que no miran a la calle más que como tales. En realidad, Mónica García, Pablo Bustinduy, Ernest Urtasun y Sira Rego son más sanchismo que Bolaños u Óscar Puente. Sí, porque, como ya he dicho alguna vez, son la coartada ideológica que aún permitía llamar Gobierno (¡y de progreso!) a los negocios, ambiciones y pavoneos absolutamente privados de Sánchez y Cía., y que además han destrozado el Estado y la democracia. Eso sí, lo mismo con ellos que con Pablo Iglesias o Irene Montero, lo que nos han demostrado es que no sirven para gobernar, que no saben gobernar, que no pueden gobernar o que no quieren gobernar. Los sucesivos gobiernos más progresistas de la historia sólo pueden decir, ocho años después, que han alentado la esperanza de una revolución contra ellos mismos, y que las calles están tomadas por gente que sólo puede vivir en piragua gracias a su gestión meramente retórica o gesticular.

La esperanza de esta izquierda esquinera son los ministros que ya fracasaron y, si acaso, Ada Colau, eterna damnificada de sí misma. A Colau, según ha reconocido en varias entrevistas, le es imposible alquilarse una vivienda en la Barcelona en la que fue alcaldesa o cuentacuentos, allí en el corazón de esa Cataluña donde se aplica con jolgorio y en su totalidad la Ley de Vivienda, y en la que se supone que lo que llaman “antifascismo” es tan institucional como la instrumentalización ideológica de lo público. Los ministros que eran todo domingo y todo té de muñecas, las revolucionarias con vocación de huerfanita de musical, todos los que acabaron desahuciados por sus propias políticas, vuelven. Pero es que eso es puro sanchismo. No se puede ser más sanchista. No se busca la solución sino el relato, no se busca el cambio sino la cosmética, se apela al olvido más que a la razón y a la esperanza y, para los que tienen mala memoria, incluso la realidad que salta a la vista se da la vuelta. Por ejemplo, con eso de que la calle, siquiera escasa, festivalera, juvenil e ignorante, está con ellos, habiendo sido ellos los que han provocado que otra vez miremos a las plazas como empalizadas o polvorines.

Sánchez, contemplándose en los espejos quemados y los cuadros llenos de hormigas de la Moncloa, habrá decidido ya o no, pero eso le da igual a su izquierda adoratriz, que es eso, su izquierda, sin más horizonte ni salvación que Sánchez, incluso con el mismo relato, las mismas tácticas y las mismas “ventanas de oportunidad” que Sánchez. La izquierda sanchista es eso, sanchista. No es ni nueva ni vieja ni callejera ni institucional, es la izquierda pegada al sanchismo como un chicle de fresa estallado en el labio del guapo. Es tan sanchista que ni siquiera se había preocupado por elegir su candidato, que es intercambiable como sus ministerios. Sea quien sea, lo seguirá en el nuevo olvido o en la nueva trinchera, por las calles vacías o vaciadas, llenas o rellenadas, ocupadas o sólo deambuladas. Con sus muchos nombres y miembros, son indistinguibles del sanchismo, son inseparables del sanchismo, y no sólo han fracasado juntos sino que han demostrado que siempre fracasarán: si esto es lo que ha conseguido el gobierno más progresista de la historia, es que no puede conseguir nada más.

Tanto Sánchez como su izquierda están, en realidad, al otro lado de la calle, pero la calle no es nada, la calle son los cuatro gatos de siempre mojándose en las plazas, incendiando las mentiras, las farolas y las castañeras ya incendiadas, y diciendo que la democracia son sus colegas de torrija. Además, la calle también termina comprándose, quizá ya empezó así y los revolucionarios sólo esperan ser funcionarios. Hemos visto con Podemos y Sumar lo máximo que puede conseguir esa izquierda, y es volver a sí misma bajo un cartón o una chapa, como si no hubiera sucedido nada. No hay nada más inútil que lo que ya se ha probado inútil, salvo que el olvido nos confunda. Es en el olvido en lo que confían, no en la revolución. Pero ni con el olvido ni con la calle creo que le salen a Sánchez las cuentas de la lechera o del avaro.