La próxima vez que vuestra vanidad vaya a ganaros la batalla de la apariencia por la mano, recordad los detalles de esta escena doméstica vivida entre pijamas. Un vídeo compartido en redes sociales que nos reconcilia con tantas cosas que no sabemos por dónde empezar.

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Veamos. Karl Deisseroth acaba de ganar el Premio Nobel de Medicina por su trabajos en el campo de la optogenética o por lo que diablos sea esa disciplina científica complicadísima, y se muere por contárselo a sus hijos. Es pronto por la mañana y está en casa, en un hogar de sitcom de clase media americana, del que pensamos que está demasiado iluminado —tal vez sea un defecto profesional de alguien que ha dedicado una vida entera a la fotónica—. Lleva una camiseta gris y unos zuecos. Su esposa, una chaqueta vaquera. Los niños, que pronto se levantarán, están a punto de recibir, de buena mañana, la mejor noticia del día.

Miramos la escena con curiosidad y expectación. Sabemos que este episodio forma parte del show business contemporáneo del Nobel, como el artificioso desdén de Bob Dylan hacia el galardón en literatura o como el premio de la paz para el marido de Michelle Obama. El vídeo en casa de Deisseroth ha sido grabado, editado y difundido porque una noticia tan solemne necesita también, en esta hora universal de la sobreexposición y la dieta de banalidad, de sus imágenes virales y compartibles. Sin embargo, conocedores del truco, somos tolerantes y hasta cómplices con ese bocado de la industria de la celebridad que degustamos en el teléfono, pues vemos que conserva algo de la espontaneidad, la franqueza y hasta de la intimidad doméstica no impostada que nos reconforta con nuestros iguales.

Los hijos van entrando en la sala, todavía en pijama, con la inocencia y el desaliño de la primera hora. Miran con cierta extrañeza a sus padres, dudan ante la cámara y, de pronto, escuchan al progenitor, con la voz temblorosa, decir, como quien confiesa un delito leve, que le han dado el Premio Nobel. Entonces estalla la alegría. Las niñas pequeñas saltan sobre él, lo abrazan, gritan, se aferran a su cuello. La madre acompaña, feliz, el desenlace. Durante unos segundos, aquel hombre que acaba de recibir la mayor distinción posible para un científico se nos presenta sólo como un padre al que sus dos hijas pelirrojas acaban de regalar una de esas muestras de amor improvisado que no se estudian ni se enseñan en las universidades más prestigiosas, tampoco en Cornell.

Nótese bien. Lucen un pijama rojo, calcetines y dos melenas sueltas. Las creemos niñas, pero quizá sean ya, a su manera, unas mujeres sabias. Saben que detrás de aquel reconocimiento a papá están los años de estudio y sacrificio, las horas alargadas de laboratorio, la rutina demoledora del trabajo, las ausencias inoportunas del hogar, los fracasos encajados y esa miserable ejecutoria de los perseverantes que desde fuera casi nunca vemos, pues hemos aprendido que todo queda sepultado ya bajo el peso de la gloria efímera y del artefacto engañoso del éxito que no siempre termina llegando.

Luego aparece un adolescente, con otro pijama de dos piezas indescriptible, del que sólo recordaremos la franela, la anarquía consuetudinaria de esa camiseta con Aragorn y Gandalf y unos estampados inconvenientes en el pantalón. Escucha la noticia de los labios de su padre y pregunta: "¿Qué?, ¿qué?, ¿qué?".

En un tiempo milagrero en el que los padres hemos asumido la obligación de poner todos los medios que nos hagan esperar buenas noticias de los hijos, las tornas se invierten, y el muchacho reacciona desconcertado a la noticia inversa del premio sublime, que lo paraliza ante la cámara. Y, de pronto, se lanza sobre el bueno de Deisseroth y lo abraza con rigor de gimnasio, con ese borbotón de palmadas en la espalda que los más jóvenes prodigan cuando quieren decir algo importante sin parecer demasiado sentimentales. Es el abrazo al padre al que quizá no pocas veces haya negado y hasta denostado como modelo a seguir y que, por unos segundos, acaba de convertirse para él en un hombre extraordinario. Le dice: "me encanta".

El mundo es un lugar gris, agridulce y hasta peligroso, pero hay un futuro luminoso que asoma y sus jóvenes portadores viven muy cerca

Y esta lección de vida sucede en un salón de un inmueble discreto cerca de la Universidad de Stanford. Y pensamos en la casa como estuche del alma., pues hay algo casi azoriniano en esa escena que nos lleva a detener la mirada ante esas cosas que rodean el suceso y que normalmente no observamos. ¿Cómo vive un Premio Nobel?, ¿qué secretos guarda la morada de un sabio tenaz?, ¿qué humores proyecta el lugar donde mora sobre el éxito de su trabajo? No lo esperábamos. Nos impacta la naturalidad del lugar, los signos de cotidianidad, la mesa alabeada de pino, las sillas del comedor, el sofá con su manta. Los ojos se nos van hacia una colección de castillos de hadas en una estantería, a la bandeja con el juego de té, a los libros —siempre los libros—, al mando de la televisión. Nada que parezca digno de figurar en la biografía de un prohombre; nada con lo que adornar la tumba en mármol de un titán de la ciencia al que nos entran unas ganas repentinas de abrazar sin conocerlo.

Luego se produce el mendaz ataque de la experiencia por el flanco. Uno mira alrededor y no puede dejar de pensar en lo cruelmente efímero de ese momento, en la paradójica y disolvente amargura del éxito inesperado y sabe —ay— que ese maldito Nobel cambiará las cosas en ese hogar para siempre. Que aquel profesor universitario de pelo abundante y sonrisa franca se convertirá en una celebridad, que quizá eso tenga un precio, que el dinero, las becas millonarias y la fama traerán consigo su propia cuerda de problemas, y que, rotas la intimidad y las puertas adentro, poco a poco acabarán adquiriendo importancia cosas que hasta ayer no la tenían, y esa escena genuina, ese instante en que una vida entera parece encontrar su sentido, ya no podrá volver a producirse.

Pero hay esperanza, pues los niños han comprendido otra cosa. Han visto a su padre llegar hasta allí. Hoy es él. Otro día será una madre, una científica que habrá tenido que atravesar algún techo de cristal, quedarse trabajando cuando los demás dormían y demostrar, quizá con dificultad y una tonelada de plancha por acometer, que sabía lo que se traía entre manos.

Y luego está esa envidia sana de las naciones que producen Premios Nobel en serie, de esos países capaces de hacer que un científico pueda dedicar su vida a investigar, rodearse con dignidad de otros seres tenaces, equivocarse durante años y, un buen día, en pantalones vaqueros, recibir en casa la noticia que ya anticipó el laboratorio, comprender que todo aquello ha servido para algo, que el esfuerzo como patrón de vida nos hace mejores mientras coopera para hacer del mundo un lugar más bello y estimable.

No hay nada más serio y veraz que un ejército de ciudadanos en pijama

Se acaba el metraje del vídeo de los Deisseroth. El instante genuino pasará. Luego vendrán la ceremonia en Estocolmo, los fracs y los discursos engolados, los guiños al ‘alma mater’, el abrazo insincero de los envidiosos y todo ese ceremonial pesado que convertirá la hazaña de un hombre discreto en una página solemne para la Historia. Nosotros —no es una sorpresa— nos quedamos atrapados en bucle en la fiesta en esa casa a un tiro de piedra de Stanford, al despertar el día.

Y mientras tanto, el trabajo importante se va haciendo. El mundo es un lugar gris, agridulce y hasta peligroso, pero hay un futuro luminoso que asoma y sus jóvenes portadores viven muy cerca. El astronauta que haya de llegar a Ganímedes, la investigadora que someta al cáncer o el pensador honesto y contenido que nos rescate de esta epidemia global de tontería contagiosa velan armas ya en alguna casa del vecindario. Suelen lucir pijama, tienen deberes para mañana y, de vez en cuando, se reconcilian con sus padres y su pesado equipaje de adultos. A veces basta un instante como el del salón de la casa de Karl Deisseroth para que algo extraordinario y contagioso corra entre ellos como la pólvora.

Aviso a todos los estirados, los perezosos y a los engolosinados con la ceremonia y la banalidad: la próxima vez que vayáis a dar rienda suelta a vuestra vanidad en público, acordaos del científico americano y de su estirpe. No hay nada más serio y veraz que un ejército de ciudadanos en pijama.