Existe en la vida pública española una variedad fascinante de misticismo administrativo: la conciencia que solo despierta cuando se cierra la ventanilla de las prebendas. Hasta la tarde de este domingo, don Francisco Martín Aguirre, delegado del Gobierno en la Comunidad de Madrid, era un hombre de una flexibilidad espiritual admirable, capaz de digerir sapos institucionales con la serenidad de un faquir en hora punta. Sin embargo, bastó un ligero descuido tipográfico —la ausencia de su nombre en las listas del PSOE al Congreso y al Senado para el próximo 29 de noviembre— para que al caballero le sobreviniera, de golpe, un ataque agudo de dignidad. 

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Si Evelyn Waugh hubiera tenido la fortuna de pasear por la calle Miguel Ángel en lugar de por Mayfair, habría encontrado en don Francisco al protagonista ideal para una secuela castiza de Merienda de negros. Nuestro hombre concibió la Delegación del Gobierno no como esa aburrida oficina encargada de velar por el orden público y la neutralidad institucional, sino como un pintoresco laboratorio de agitación lírica y despropósitos logísticos.

Su debut en el gran teatro del absurdo patrio quedará para siempre ligado a aquella mañana en la que, con la solemnidad de quien descubre la pólvora mojada, tuvo a bien instruirnos sobre el verdadero patriotismo. Según su exégesis, los herederos políticos de Bildu habían hecho infinitamente más por los españoles y por España que todos los ciudadanos de los «patriotismos de pulsera». Uno podía imaginar a don Francisco frente al espejo, ensayando el gesto de estadista audaz, sin sospechar que ni siquiera tamaño tributo verbal le garantizaría un modesto taburete en la Carrera de San Jerónimo. El hombre hipotecó el diccionario y ni siquiera le dieron el recibo. 

Pero su talento no se limitaba a la oratoria creativa; también brillaba con luz propia en el arte del caos urbano. Bajo su celosa tutela, la Puerta del Sol dejó de ser el kilómetro cero de las carreteras radiales para convertirse en un campamento estacional donde las tiendas de campaña florecían con la complacencia de su despacho, siempre tan comprensivo con el desorden ajeno cuando rimaba con la consigna propia. Y qué decir de la gloriosa estocada a la etapa final de la Vuelta Ciclista a España en el corazón de Madrid: porque nada proyecta mejor la imagen de una capital moderna y segura que la incapacidad —o el desgano— para garantizar que unos señores en bicicleta puedan dar pedales por la Castellana sin que el dispositivo gubernamental colapse entre excusas y sectarismos.

Tragó quina, defendió lo indefendible y convirtió su cargo en una trinchera de partido sin que un solo músculo de su ética protestara

Todo ello —los incendios dialécticos, el boicot tácito a la convivencia madrileña, el entusiasmo de comisario aplicado— lo ejecutó don Francisco con una sonrisa imperturbable. Tragó quina, defendió lo indefendible y convirtió su cargo en una trinchera de partido sin que un solo músculo de su ética protestara.

Y, de pronto, el milagro. Al comprobar que los arquitectos de Ferraz habían olvidado incluir su sacrificado apellido en el boletín de los elegidos, don Francisco descubrió que tenía principios. Se marcha hoy dando un portazo que pretende sonar a tragedia griega, aunque en realidad suene al tintineo melancólico de una aspiración frustrada. Es la «dignidad sobrevenida», esa virtud tardía que nunca asoma cuando se maltrata a los ciudadanos o se degrada una institución, pero que estalla con furia indomable en el preciso instante en que a uno le dejan sin escaño. Madrid pierde a un delegado, sí, pero la picaresca contemporánea gana a su mártir más involuntariamente cómico.