Tras este martes 27 de octubre electoral en Israel será complicada la formación de un gobierno encabezado por Benjamin Netanyahu o su principal opositor, el ex general Gadi Eisenkot. Antes, el 7 de octubre se conmemoró el tercer aniversario de la enorme matanza causada por Hamás en 2023. Veremos cómo se desarrollará la siempre compleja formación de un gobierno judío y sus consecuencias en Palestina y en el Oriente Medio –que pueden ser no muy diferentes con Eisenkot–. Convienen, quizás, algunas consideraciones.
El pasado mes de septiembre, por segundo año consecutivo, Trump impidió el acceso a la Asamblea General de las Naciones Unidas al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás. En 1947, recién inaugurada la ONU, se acordó que Washington debía permitir el acceso a todos sus miembros; la Autoridad Nacional Palestina figura como Estado Observador. El acceso al máximo organismo mundial no debiera estar prohibido a ningún representante político.
EEUU entiende, sin embargo, que puede impedir el previo acceso a su territorio de cualquiera por razones de seguridad. Desde la Casa Blanca se acusó a la Autoridad Nacional Palestina de todo lo imaginable para impedir que Abás hablara personalmente ante la Asamblea General. Washington llegó a acusar al Gobierno palestino de ayudar al terrorismo.
Con Gaza en ruinas y dominada por Hamás, el poder palestino conserva una frágil autoridad en Cisjordania. Abás parece controlar aún el territorio a través de Al Fatah, la organización principal de la OLP, antaño terrorista y que tras el apretón de manos de Rabin con Arafat hace décadas abandonó las armas. Hamás rechazó la paz y sigue desde Gaza la vieja estrategia terrorista de acción y represión para mantener viva su principal reivindicación, la destrucción de Israel, e imponer una Palestina "del río al mar", del Jordán al Mediterráneo –una consigna de los terroristas que hoy repite cierta izquierda en España y de modo inaudito la propia Sira Rego, ministra de Juventud e Infancia, que motivó una protesta de Israel ante el Gobierno de Sánchez; el presidente del Gobierno la ignoró y prefirió ponerse a mal con Israel y EEUU, aliados del mismo Marruecos que tiene a Ceuta y Melilla bajo una suerte de asedio híbrido–.
Guerra contra el terrorismo
Se puede aprobar o condenar, entender o no, la postura israelí tras el atentado del 7 de octubre de 2023 que causó 1.200 muertos y el secuestro de 250 personas de las que pocos han vuelto tras grandes sufrimientos. El 11-S contra las Torres Gemelas en Nueva York tuvo un saldo de unas 3.000 víctimas, lo que da la medida del atentado de Hamás en comparación con una población israelí de no más de 10 millones. Cabe preguntarse cómo se hubiera reaccionado en España si de una tacada ETA hubiera asesinado a 1.200 españoles y secuestrado a 250.
¿Podía Israel haberse contentado con acciones de represalia puntuales dejando intacto el entramado de Hamás? La respuesta en Jerusalén fue que más que un atentado se trataba de una declaración de guerra, y que solo invadiendo la franja causaría daños profundos a Hamás, siendo la población, que apoya a Hamás, una consideración colateral sin relieve –como por otra parte también lo es para Hamás–. La acusación de genocidio puede que sea pertinente, pero deberá pronunciarse el Tribunal Internacional de Justicia en La Haya que, por ahora, ha dictaminado que Israel debe tomar medidas para garantizar que sus ejércitos no violen la Convención sobre el Genocidio. Si hubiera un pronunciamiento condenatorio, debería incluirse a Hamás por el desprecio sistemático hacia su propia población.
Solo un desarme de Hamás (y de Hezbolá) permitirá que pueda haber paz en Palestina y tras ello convivencia y desarrollo. No será fácil, porque desde que en 1948 Israel declaró su existencia como Estado con el aval de la ONU, siempre ha tenido encima como espada de Damocles la voluntad árabe de su desaparición. Primero con guerras de sus vecinos que intentaron invadir el Estado judío, luego con un terrorismo que podría haber cesado tras el referido apretón de manos si no fuese por los terroristas patrocinados por Teherán, Hamás y Hezbolá, que también desean borrar de la faz de la tierra a Israel.
Solo un desarme de Hamás (y de Hezbolá) permitirá que pueda haber paz en Palestina y tras ello convivencia y desarrollo
El atentado de octubre de 2023 coincidió con la posibilidad de que Arabia Saudí reconociera a Israel como ya lo han hecho otros países árabes o nuestro vecino Marruecos, algo que Hamás ha conseguido paralizar por ahora. Pero un futuro con paz y bienestar en Palestina necesitará de inversiones y ayudas económicas de las petromonarquías, así como de relaciones diplomáticas de todos con todos.
El papel de Israel en la estabilización de Palestina
El análisis, en términos políticos, arroja que una parte, la terrorista, apostó por un atentado tan monstruoso que solo podía provocar una respuesta equivalente o peor. De este modo se cortaba la dinámica de los acuerdos Abraham de reconocimiento diplomático de Israel por los países árabes, especialmente por Arabia Saudí, guardiana de La Meca, que hubiera arrastrado a otros. La otra parte, la israelí, apostó, entonces, por una respuesta asimismo monstruosa (unas 73.000 víctimas palestinas, de las que 60.600, un 83 por ciento, serían civiles, y consecuentemente 12.400 milicianos terroristas) esperando forzar la eliminación de Hamás tras la hecatombe poblacional y la casi total destrucción de Gaza. Hamás ha conseguido su objetivo al precio enorme que ya había aceptado al diseñarlo. Israel quizás obtenga su propósito si Hamás se desarma. Un borrón y cuenta nueva. El objetivo de Hamás fue táctico, el de Israel, estratégico y más difícil. Veremos lo que ocurrirá en función del desarrollo del plan estadounidense para Gaza y de quién gobierne ahora en Israel.
Irán está en la ecuación israelí y norteamericana porque patrocina el terrorismo contra Israel y porque amenaza con desarrollar la bomba nuclear, lo que provocaría una carrera regional y anularía en la práctica la vigencia del Tratado de No Proliferación. Ciertamente, Israel tiene la bomba, y quizá no debiera poseerla, pero nunca ha amenazado con aniquilar de entrada a sus vecinos.
Israel no está exento de importantes obligaciones para una paz duradera en Palestina, pero la situación política en Cisjordania no es precisamente idílica. Abás ha convocado unas elecciones por primera vez en 20 años para septiembre de 2027. Tiene 90 años, una sucesión sensata es necesaria e Israel debiera colaborar en ella. Es una cuestión delicada, pues posibles sucesores de Abás están en cárceles de Israel acusados de actividades terroristas. La corrupción de la autoridad palestina es endémica, y obstaculiza cualquier desarrollo económico y político. En realidad, en Tierra Santa nadie es santo.
Respetar a Cisjordania
En este panorama complejo, confuso, sin una verdad única, en el que todos son víctimas y verdugos de radicalismos que somo siempre se impulsan mutuamente, Cisjordania merece una consideración muy cuidadosa. Allí se renunció al terrorismo, y eso merece un mejor trato tanto por Israel como por EEUU. Una Cisjordania próspera sería el mejor reclamo para Gaza. Hay que considerar que para Al Fatah, que fueron expulsado a tiros de Gaza, Hamás no es más que un adversario, es un enemigo.
Es un error, pues, impedir a Abás que asista a las reuniones de la ONU, como es, asimismo, un error inadmisible ignorar las gravísimas incursiones de colonos extremistas israelíes en Cisjordania asesinando, quemando casas y vehículos de palestinos. El Gran Israel, justificado por acciones terroristas puntuales en Cisjordania, no puede ser respaldado por nadie y solo puede colmar a los extremistas judíos y palestinos.
El desarme palestino ha de ser total, pero también el respeto que merecen los que abandonan las armas y se disponen a desarrollar sus comunidades buscando una prosperidad a la que tienen derecho y que debiera merecer un extraordinario apoyo por parte de países árabes e islámicos, así como también de la Unión Europea.
Carlos Miranda es embajador de España
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