Los descontentos, los asqueados, los hartos, los cabreados no se meten en Sol bajo un plástico de florista, ni se van cargados de ladrillos a los escaparates donde juegan al golf los maniquíes con el niqui por los hombros, encoloniados de neón. Los descontentos, los asqueados, los hartos, los cabreados se desquitan votando al otro lado, a la derecha que ya no se percibe como dóberman ni como tanqueta sino como escape o esperanza. La derecha ha volcado la tarta sociológica, demoscópica y cultural que se repartía la izquierda en sus guateques llenos de artistas del garabato, diletantes de la grifa, teóricos de la chapa, obreros de moqueta, funcionarios de partido y gorrones de lo público con zurcidos estéticos y éticos. El sanchismo‑begoñismo cleptocrático y hortera, junto con los nacionalismos de la pela y de la sangre y la izquierda simbólica, infantiloide, puritana, fantasiosa, comodona y colillera, apenas una franquicia para vender botellines, papel de fumar y crecepelos, ha dejado una España entre los escombros y la zahúrda. Lo que nos dicen las últimas encuestas es que el españolito lo sabe y no se le va a olvidar por esos besos de tocino, esos bailes en el fango, esos trompetazos del Nodo franquista o sanchista ni, mucho menos, por ese luto grumoso que llevan ahora Sánchez y Óscar Puente, revolcados en la realidad como en alquitrán y plumas.
Las encuestas no son profecías, sino una foto, y borrosa, del momento (el único que parece un profeta, fervoroso, incandescente y sandalio, es Tezanos). Y yo diría que en el Día de los Difuntos, día en que las almas salen como a encalar sus portales en la tierra, a cubazos de sol, también los difuntos de Urda tenían que aparecer en esa foto de España, que ya no sólo parece una España harta y cabreada sino casi maldita. España ya se había derechizado, por esa tendencia pendular de la historia y porque el abejeo de la izquierda alrededor de Sánchez se había demostrado no sólo inútil sino aciago, no sólo retórico sino cínico, y no sólo corrupto sino tiránico. Con el tiempo suficiente, cualquier relato, más si se sostiene en el olvido y en la ceguera, acaba siendo destrozado por la realidad. Eso, a pesar de que hay muchos todavía que se conforman o se consuelan con que el líder les enseñe obscenamente, como si enseñara un huevo, un amor que no le importa ni al votante ni a nadie (creo que ni a él). O con que baile como un hechicero ante su tribu o su secta. O con que se muestre, simplemente, “humano”, como si nos bastara con que a un gobernante le olieran los pies. Pero el último golpe de realidad es justo ése que nos arrebata la misma realidad, o sea el golpe de la muerte. Claro que se tenía que notar Urda en la foto cementerial de esta España cementerial.
No hay nada más contrario al relato que la realidad y no hay nada más contrario a la mentira que la muerte, innegable. El relato puede fingir amor, alegría, bondad, incluso a la vez que los niega, como hace Sánchez a través de sus babas tendinosas o sus tendones babosos y sus siempre oscuros hechos y palabras, pero lo que no puede hacer el relato es fingir ni negar la muerte. No hay nada más real que la muerte, y el español que ya ha ido renegando de los relatos y las trampas, porque ha caminado por la realidad como se camina por los cementerios, con conciencia de lo que le espera y memoria de los que cayeron, temiendo pisar sus almas como flores; el español al que ha vuelto a despertar, como un campanazo de cañón, como un cañonazo de campana, la realidad de un Estado que se derrumba como la tapia podrida del cementerio; ese español se da cuenta de que no puede ignorar ya la verdad, sus consecuencias y sus peligros. Sabe, claro, que las campanas también doblan por él. Y contra eso no vale ir a una plaza a romper peceras de relojes o a dormir bajo el chubasquero de un mendigo. No, contra eso sólo vale votar.
En la derecha, Feijóo es la solución triste, lo contrario de bailar, de besar y hasta de gustar, cosa que tranquiliza bastante
Lo contrario de la mentira, más que la verdad, es la consciencia de esa mentira, y el sanchismo nos lo está enseñando a fuerza de desgracias y hasta de muertos. La realidad se suele manifestar de forma lúgubre, por eso la alegría o el amor de los mítines de Sánchez nos parecen falsos o patológicos, como si fueran fruto de una electrocución. Quizá por eso Feijóo, ahora más lúgubre que nunca, nos parece también más real que nunca. Quizá lo contrario a Sánchez bailando es Feijóo claveteado en el atril como una quilla, quizá lo contrario a Sánchez besando con su lengua de mariposa es Feijóo comiéndose ese polvorón seco que se come él cuando habla, quizá lo contrario a Sánchez riéndose en el programa de Broncano como en esa rueda del porro es Feijóo serísimo y sobrio como una carabina. Feijóo, que ha afilado un poco su grisura como si fuera sílex, que ha concentrado su grisura de piedra pómez en otra grisura como de plomo, está más institucional, se presenta ya casi como el presidente in péctore, que decía aquí Cristina de la Hoz. No parece mal enfoque ser la negación de Sánchez, que ahora significa gobernanza en vez de desgobierno y gestión en vez de relato. Y, en vez de fingir ser humano, que Sánchez tampoco lo consigue (es como si fuera esa Cosa de John Carpenter), optar por esa solución tan sosa, tan pepera, de intentar ser buen perito.
La derecha sube en las encuestas, la indignación no está en las plazas regándose las flores del pelo o del ombligo, ni prendiendo fuego a un contenedor como a una diligencia, sino al otro lado de los que han gobernado sin gobernar, a base de golpes de efecto, estribillos de telecomedia, esbirros tras cada cortinón y la subasta o el saqueo del Estado como si fuera la pinacoteca de la abuela, con tenebrismo de chimenea. Los descontentos, los asqueados, los hartos, los cabreados, los rebeldes van a votar a la derecha. Los otros, los de la izquierda con carné, pipa de agua o disfraz de Scream, son más damnificados o aprovechados del sistema que guerrilleros de la justicia por la calle o por las instituciones, embistiendo igual a la democracia que a las damas de plástico de los escaparates, que parece que están en el palco del hipódromo, congeladas por la expectación. La derecha sube, ya no da ningún miedo después de lo que le hemos visto hacer y no hacer, destruir y ensalzar, a esta izquierda. En la derecha, Feijóo es la solución triste, lo contrario de bailar, de besar y hasta de gustar, cosa que tranquiliza bastante. Abascal tampoco es la solución alegre, sólo la dura y, quizá, la agria. Alegre le parece a uno que ya sólo puede ser la mentira.
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