El mitin celebrado por el Partido Socialista en el polideportivo del Cabanyal, en Valencia, ha dejado una estela de profunda indignación, configurando uno de los ejercicios de cinismo político más difíciles de asimilar de los últimos tiempos. Tras un minuto de silencio por los 69 fallecidos en Urda, que dio paso sin pudor a la canción «Si tú no estás», el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, apeló solemnemente a la cercanía con las víctimas y pidió no mirar «el retrovisor».

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Sin embargo, el intento de presentar la tardía dimisión de Óscar Puente como «un ejemplo de dignidad» -cuando el exministro pasó en horas de negar su salida por no parecer culpable a marcharse dejando un balance de 115 muertos en las vías este año, entre los 46 de Adamuz y los 69 de Urda- provocó un rechazo frontal ante la insoportable disonancia entre la propaganda y la realidad.

El núcleo de la crítica descansa sobre ausencias y huidas que la memoria colectiva no pasa por alto. Resulta inevitable recordar el doloroso vacío institucional en el funeral de Huelva por las víctimas del accidente de Adamuz, al que no acudieron ni Sánchez ni Puente mientras los Reyes acompañaban durante una hora a las familias. A ello se suma el desamparo sistemático de la Guardia Civil y de nuestras fronteras: tras el precedente sangrante de los agentes arrollados en Barbate, ni el presidente ni el ministro del Interior asistieron en mayo al funeral de los guardias civiles Germán Pérez y Jerónimo Jiménez, fallecidos persiguiendo a una narcolancha.

Es el mismo patrón de deserción que sufrieron los ciudadanos de Ceuta cuando el presidente se marchó un mes entero de vacaciones, dejando a los ceutíes completamente solos y desbordados ante una auténtica invasión migratoria sin precedentes.

A este historial de espaldas dadas se añade un hecho de extrema gravedad simbólica: los dos años que han pasado sin que el presidente haya vuelto a pisar los municipios de la zona cero de la DANA -que dejó 232 muertos- tras marchar precipitadamente de Paiporta en noviembre de 2024. Aquella huida contrasta de manera sangrante con la gallardía y el estoicismo de los Reyes, quienes se quedaron con barro en la cara dando el rostro ante la desesperación ciudadana.

Lo que exaspera a la opinión pública no es la discrepancia ideológica ordinaria, sino la obscenidad de un abismo ético insondable"

Tampoco este viernes Sánchez pisó los pueblos afectados; viajó a Valencia solo para encerrarse en un pabellón de partido. Con estos antecedentes, el anuncio de que el presidente tampoco asistirá el próximo martes al funeral en la Catedral de Toledo por las víctimas de Urda -escudándose de nuevo en el carácter religioso del acto para aplicar una fría coartada aconfesional ante los muertos- confirma la reincidencia en la espantada institucional.

Lo que exaspera a la opinión pública no es la discrepancia ideológica ordinaria, sino la obscenidad de un abismo ético insondable. Ver a cinco mil militantes aplaudir con entusiasmo desmedido durante más tiempo del que duró el minuto de silencio evidencia una desconexión radical con la sensibilidad ciudadana, transformando el mitin en un búnker de autocomplacencia impermeable al dolor real.

Las intervenciones de Pilar Bernabé y el colofón de la ministra Diana Morant —agradeciendo a Sánchez «querer seguir queriendo ser el presidente» pese a «la deshumanización»- llevaron ese delirio de burbuja hasta la náusea. Hay que tener el sentido de la decencia completamente anestesiado para subir a un escenario con cientos de muertos aún presentes en la memoria colectiva y convertir al presidente del Gobierno en la verdadera víctima de la tragedia. Cuando el duelo nacional se profana para el masaje del líder y quien ostenta el poder se disfraza de mártir mientras deserta de las crisis y de los funerales, la política deja de ser servicio público para degradarse en impudicia organizada.

El viernes en el Cabanyal atronaron las palmas para tapar los escombros; el martes en la Catedral de Toledo, frente a 69 ataúdes y el dolor de todo un país, volverá a quedar retratada la verdadera talla moral de su silla vacía.