Hay desigualdades que se ven. Otras, en cambio, se miden en algo tan básico como el tiempo que tarda una persona en llenar un cubo de agua. Millones de vidas siguen condicionadas por una carencia que debería haber dejado de ser un problema desde hace décadas: el acceso al agua.

Cada 22 de marzo, Naciones Unidas celebra el Día Mundial del Agua. Este año el mensaje que han elegido es claro: "Donde fluye el agua, crece la igualdad". Recuerda que la crisis hídrica no es solo un problema ambiental, sino una cuestión social, económica y de derechos humanos. Y, sobre todo, que no afecta a todos por igual.

Según los últimos informes de Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS), 2.200 millones de personas carecen de agua potable gestionada de manera segura, 3.400 millones no tienen acceso a saneamiento adecuado y casi 2.000 millones no pueden lavarse las manos con agua y jabón en sus hogares. Detrás de estas cifras hay rutinas diarias que condicionan el presente y el futuro de millones de personas.

En siete de cada diez hogares sin agua corriente, y especialmente en regiones de África subsahariana y Asia meridional, son las mujeres y las niñas quienes se encargan de recogerla. No es una tarea puntual, sino una responsabilidad diaria que equivale a 250 millones de horas al día dedicadas exclusivamente a esta labor. Un tiempo invisible que no se remunera y que, sin embargo, sostiene la vida cotidiana.

Un ejemplo es el de Gurubari Jani, una mujer de 40 años en Odisha, India. Antes de contar con un grifo que llegó a su hogar gracias a un proyecto de Unicef, debía caminar 30 minutos hasta cinco veces al día para buscar agua. Ese esfuerzo físico no solo le causaba dolores corporales, sino que le robaba el tiempo necesario para cuidar de su familia o trabajar.

Gurubari Jani recoge agua en el nuevo grifo de su casa en Odisha, India. | UNICEF

Cada trayecto para conseguir agua es también un trayecto que aleja de la escuela, del descanso o de la propia seguridad. Las niñas menores de 15 años tienen casi el doble de probabilidades que los niños de asumir esta tarea. La falta de acceso al agua no es solo una carencia material, se convierte además en una estructura de desigualdad que limita oportunidades y se perpetúa de generación en generación.

La higiene deja de ser segura

Esa falta de agua condiciona también la seguridad y la dignidad. Más de 500 millones de personas comparten instalaciones sanitarias con otros hogares. Lo que debería ser un acto cotidiano de higiene se convierte en situación de riesgo. Estudios realizados en más de 20 países muestran que las mujeres y las niñas que utilizan baños compartidos tienen más probabilidades de sentirse inseguras y de enfrentarse a acoso o violencia, especialmente durante la noche. En países como India, la construcción de baños seguros ha demostrado ser una herramienta clave para reducir estas agresiones en zonas rurales.

A Dina Pérez, de 9 años, querer hacer sus necesidades le supone tener que salir de su casa en Sololá, Guatemala. Allí, el 57% de los hogares dependen de letrinas y apenas el 7% de la población tiene acceso a sistemas de tratamiento de aguas residuales.

Dina Pérez, de 9 años, sale a usar la letrina que hay fuera de su casa en Guatemala. | UNICEF

Además, la gestión de la menstruación se ve gravemente afectada. En más de 53 países, incluyendo contextos como el de Afganistán, muchas niñas y mujeres carecen de un espacio privado con agua y jabón durante su periodo, lo que provoca absentismo escolar, estigmatización y limitación de oportunidades. La directora de WASH, programa de agua, saneamiento e higiene de Unicef, Cecilia Sharp, declara sobre esto que "cada paso que da una niña para recoger agua la aleja del aprendizaje, el juego y la seguridad".

Más de un millón de personas al año mueren por falta de agua

Cada año, 1,4 millones de personas mueren por causas relacionadas con la falta de agua, saneamiento e higiene, tal y como se indica en el informe de la OMS "Avances en materia de agua potable, saneamiento e higiene en los hogares (WASH) 2000-2022: Enfoque especial en el género", de 2023. Enfermedades prevenibles como la diarrea o las infecciones respiratorias siguen siendo una amenaza global. Y, de nuevo, las mujeres se sitúan en una posición especialmente vulnerable.

En muchos hogares son ellas quienes asumen las tareas de cuidado, desde la limpieza o la cocina hasta la atención a personas enfermas. Sin acceso a agua segura ni condiciones adecuadas de higiene, su exposición a enfermedades aumenta. La falta de agua potable puede convertir arroyos comunitarios en focos de infección, como ocurrió con el rebrote de cólera en Haití detectado a finales de 2022. El impacto fue notable para la infancia: el 33% de los casos confirmados fueron niños menores de diez años. En comunidades como Marouge, el acto de lavarse el pelo en un arroyo muestra todavía esa exposición constante a enfermedades prevenibles en entornos de alta inseguridad.

Una mujer ayuda a una niña a lavarse en un arroyo en Marouge, Haití. | UNICEF

Desigualdad estructural y participación femenina

Aunque las mujeres realizan gran parte del trabajo de abastecimiento y gestión del agua, siguen infrarrepresentadas en la gobernanza y la financiación del sector. En muchos países, menos de uno de cada cinco trabajadores del sector del agua es mujer, y su remuneración -aun así- es inferior a la de los hombres. La propiedad de la tierra, los derechos de uso del agua y las barreras legales e institucionales también limitan su acceso a recursos productivos y su participación en la toma de decisiones.

Esa falta de voz en las decisiones se vuelve crítica ante el avance del cambio climático. Sequías más prolongadas y lluvias irregulares obligan a las mujeres y niñas a recorrer distancias cada vez mayores, aumentando su esfuerzo físico y su exposición a riesgos. Los estudios muestran que un aumento de 1 °C en la temperatura incrementa en un 34% la pérdida de ingresos en hogares encabezados por mujeres, quienes deben dedicar, de media, 55 minutos más a la semana al suministro de agua en comparación con los hombres. Garantizar la participación de mujeres y niñas en la gestión del agua es lo justo y un motor clave para el desarrollo sostenible. En regiones como Vietnam, familias de minorías étnicas como la de Lam Thi Diem Nhu enfrentan varias vulnerabilidades, desde la falta de recursos económicos hasta la carencia de letrinas higiénicas.

En Vietnam, Lam Thi Diem Nhu y su abuela, la Sra. Son Thi Suong, carecen de letrinas higiénicas en casa. | UNICEF

Más que infraestructura: soluciones con enfoque de género

Entre 2015 y 2022, el acceso a agua potable segura aumentó del 69 % al 73 %, y el saneamiento mejoró del 49 % al 57 %. Sin embargo, para alcanzar el acceso universal en 2030, sería necesario multiplicar por seis el progreso en agua potable, por cinco en saneamiento y por tres en higiene.

Frente a esto, la solución reside en infraestructuras resilientes. En el estado de Sokoto, Nigeria, proyectos liderados por Unicef y USAID (Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) trabajan para garantizar servicios sostenibles en zonas rurales. La construcción de fuentes de agua protegidas y la eliminación de la defecación al aire libre fortalecen la salud de toda la comunidad.

No se trata solo de construir tuberías. Se trata de diseñarlas con perspectiva de género, reconociendo quién carga con el peso de la desigualdad. Invertir en datos desglosados por sexo, fortalecer el liderazgo femenino y garantizar infraestructuras seguras son pasos clave para soluciones efectivas y equitativas.

Una mujer recoge agua en el Centro de Salud Pública Fajaldu Balela, en Sokoto, Nigeria. | UNICEF

Agua, un derecho humano esencial

La ONU reconoció en 2010 el acceso al agua potable y al saneamiento "como un derecho humano esencial para el pleno disfrute de la vida y de todos los derechos humanos". Hoy, más de 15 años después, hablar de agua en el mundo es hablar también de desigualdad. Garantizar este recurso significa garantizar mucho más. Que una niña pueda ir al colegio en lugar de recorrer kilómetros con un cubo o que una mujer pueda vivir sin miedo al realizar algo tan básico como ir al baño.

En todo este contexto, España no enfrenta las mismas carencias estructurales que otras regiones del mundo, pero tampoco es inmune al estrés hídrico. Irregularidad en las precipitaciones, fenómenos extremos y desigualdades territoriales pueden afectar a hogares vulnerables, zonas rurales y áreas con infraestructuras más frágiles. En 2023, varias cuencas del sureste español sufrieron restricciones de riego y abastecimiento por sequías prolongadas, afectando a miles de hogares. Asegurar este recurso, tanto aquí como en cualquier otra parte del mundo, es asegurar futuro.