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Rubén Darío, el ‘antiyanqui’ del XIX

Nació dentro de un matrimonio que se rompía a base de tragos mal dados, de noches de dos días, de gritos y arrepentimientos. Su madre no tardó en largarse de casa y él quedó a cargo de sus abuelos, que le regalaron un apellido: Darío.

Rubén Darío fue el máximo representante del Modernismo en español. El príncipe de las letras hispánicas. El gran poeta nicaragüense. Su obra condicionó a toda una generación, modificó el sistema y lo encumbró. Han pasado 150 años desde su nacimiento, el 18 de enero de 1867, en la localidad de Metapa (hoy Ciudad Darío como homenaje), y los análisis sobre sus cientos de versos nos inundan. Pero, ¿quién fue realmente Rubén Darío?

Aunque sus poemas contienen el amor más dramático, la idealización como forma, sus ideas políticas fueron casi tan fuertes como sus pasiones carnales, condicionaron su vida y, también, su escritura. Vivió en la pequeña ciudad de León gran parte de su infancia. Lo hizo con su abuela abriéndole la mente a base de libros y con un sentimiento de pertenencia a su tierra que crecía por momentos. Le enseño el término patria y él lo memorizó con letras mayúsculas.

Era un nicaragüense convencido de que la influencia americana suponía una amenaza para su América del Sur y de que España era el compañero necesario. La Patria, No tardó en encabezar las voces que luchaban contra el imperialismo de los americanos y se convirtió en el rostro reconocible tras escribir su famosa Oda a Roosevelt. 

“Para Darío la primera virtud ciudadana era el patriotismo”, escribe el experto en el poeta Carlos Tünnermann Bernheim en su ensayo El pensamiento político de Rubén Darío. Y así lo muestra en multitud de poemas y, sobre todo, de artículos. Es el París Journay, en 1910, donde mejor habla de este sentimiento: “Una revolución nos paraliza y debilita. Esta revolución está fomentada por la República de los Estados Unidos y Nicaragua nada ha hecho a Estados Unidos que pueda justificar su política. Más bien se encontraba segura, si no de protección, al menos de su neutralidad, en virtud del tratado de las convenciones firmadas en Washington en diciembre de 1907”.

Pero no sólo sentía esa pasión por su país, para él Centroamérica era su Patria Grande y escribía sobre la necesidad de una unión de los pueblos que formaban parte de ella. Es su poema Unión centroamericana, que escribe en 1885 con tan sólo 18 años, uno de los mejores ejemplos de este pensamiento:

Centroamérica espera
que le den su guirnalda y su bandera.
Centroamérica grita
que le duelen sus miembros arrancados,
y aguarda con ardor la hora bendita
de verlos recobrados.

La cultura y las raíces de sus pueblos, de su pueblo, le entusiasmaban. Tünnermann asegura en el mismo ensayo que “Darío fue uno de los primeros intelectuales del continente en reconocer la riqueza del aporte indígena a nuestra cultura”. Algo similar a lo que el poeta y crítico nicaragüense Pablo Antonio Cuadro sostiene en su artículo publicado en Revista del Pensamiento Centroamericano, bajo el nombre de Rubén Darío y la aventura literaria del mestizaje: “Rubén señala al indio como fuente de originalidad y de autenticidad literarias y proclama el orgullo de ser mestizo”.

Un mestizaje que alabó de forma constante, quizá por la dificultad que le trajo incorporarse al mundo literario europeo por su aspecto en una sociedad tremendamente clasista con el color de piel. Durante su primera etapa pasó desapercibido para el gran público, esto y su origen humilde le llevaron a afirmar que lo único que quería era “tener una buena posición social”. Fue la crítica del español Juan Valera, en 1889, sobre su poemario Azul la que le abrió la puerta a publicar en distintos periódicos. Gran parte de los artículos que escribió tienen esta ideología unionista y a favor de los criollos.

Darío hizo periodismo de combate en su primeros años de juventud”

Erick Blandón, escritor nicaragüense, asegura en una entrevista al diario La Nación en 2014 que “Darío hizo periodismo de combate en su primeros años de juventud. Y, sobre todas las cosas, utiliza el periodismo para adelantar sus ideas del progreso, las ideas que estaban en boga en ese momento desde una perspectiva liberal. Pero, principalmente, para confrontar a sus adversarios políticos-ideológicos como eran los académicos conservadores de la época y las posiciones culturales retrogradas”.

Así, muchos expertos le definen como un progresista, un moderno en relación a sus ideas políticas, aunque otros aseguran que tenía un corte conservador al pensar que los cambios que venían de Estados Unidos sólo empequeñecerían a las naciones de Centroamérica y, sobre todo, a su querida Nicaragua.

El propio Tünnermann afirma que en determinados momentos el poeta llegó “a denostar como era utilizada la democracia, aunque era consciente de que sólo ella puede salvarnos de las tiranías de cualquier signo”. Para él, el gran problema respecto a este sistema era la falta de educación del pueblo. “Tenía un gran aprecio a la enseñanza hacia el pueblo y en particular a la mujer. Avanzó un siglo en la política oficial de la UNESCO acerca de la importancia de instruir a la mujer y, en especial, a la mujer campesina”, alega en su ensayo.

Algo de lo que se dedicó a hablar desde diversos países, en los que estuvo trabajando en su función como diplomático de Nicaragua. Introdujo en España, un país al que admiraba y del que llegó a decir ser nieto, una visión distinta acerca de los escritores mestizos mientras se hacía cargo de la embajada de su país en Madrid. Fue su obra la que abrió la puerta a las generaciones venideras por la admiración que generó en nombres tan importantes como Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle-Inclán o Jacinto Benavente.

Su lucha sólo cambia al estallar la guerra. Abandonó Europa y acudió a sus américas defendiendo la paz como camino y meta. Llegó a leer en Nueva York su poema Pax, el 4 de febrero de 1915, acompañado del poeta Salomón de la Selva y Alejandro Bermúdez. Ésta fue su última visita a Estados Unidos, moriría el 6 de febrero de 1916, sólo un mes después de volver a afincarse en la ciudad de su infancia. Se fue en su pequeña patria, en su gran Nicaragua, en su querido León:

Si pequeña es la Patria, uno grande sueña.
Mis ilusiones, y mis sueños, y mis
esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña,
y León es para mí como Roma o París. 

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