Se desnudó ante los espectadores franceses. Bailaba, sin ropa, sin haber alcanzado la mayoría de edad, a pantalla grande y en unos años 20 tirando a puritanos. Se trataba de uno de sus primeros trabajos fuera de España, La femme et le pantin, que se estrenó en París en 1929. No fue ni mucho menos su debut en el cine, pero fue la primera vez en la que la crítica se fijó en ella. Fue el filme que consiguió que su nombre sonara con algo más de fuerza. Tenía sólo 17 años y acaba de pegar el salto que la llevaría a Hollywood. Comenzaba la carrera meteórica de Conchita Montenegro, de la primera actriz española que conquistó el mundo.

Su historia comienza en San Sebastián, donde nació en 1912 en una familia que colocó la cultura en el lugar necesario. Con tan sólo 10 años se mudó a Madrid y, en una adolescencia precoz, ella y su hermana Juanita llegaron a París para prepararse en la Escuela de Teatro de la Ópera. Entre clases de baile y arte dramático, con 14 años y la mirada puesta en el cine, Conchita comenzó a meter el pie derecho en la gran pantalla francesa.

Cuando el cine mudo tocaba su fin, ella vio en las películas de habla hispana un lugar en el que colocarse. Partió a Estados Unidos. Parecía que la meca del cine se iba a abrir un poco a todos. No fue la única, decenas de actores se acercaron con la intención de encontrar un hueco, aunque la única que llegó a hacerse con él fue Conchita. Ahora, en el décimo aniversario de su muerte, la periodista Carmen Ro publica Mientras tú no estabas (La esfera de los libros), una novela histórica que narra la vida de esta vasca que se hizo una grande del cine americano.

En ella cuenta su historia a través de su trabajo y de sus amigos. De cómo al llegar a Estados Unidos, Charles Chaplin llamó a su puerta fingiendo ser un profesor de inglés. De cómo Edgar Neville se convirtió en el primer amor de la actriz en su nuevo país y, sobre todo, en cómo su talento conquistó a directores, guionistas, actores y grandes productoras que dejaron de lado su nacionalidad para convertirla en una más del gremio.

Greta Garbo: «Ser cálido es vulgar y reemplazable»

«Su triunfo en Hollywood no tiene comparación. Llegó a ser una más entre las divas americanas. Así como de Greta Garbo se olvidaron de que era sueca, porque pasaban a ser estrellas del país, estrellas totales», asegura Ro. Fue, quizás, Greta Garbo una de las personas que más marcó la carrera de Montenegro. Tal y como narra la autora, de ella adquirió la necesidad de vivir alejada de la sociedad, de encerrarse en un mundo tan privado que solo daba cabida a unas cuantas personas. Ella le habló de la importancia de la frialdad, de la inaccesibilidad. «Ser cálido es vulgar y reemplazable», le llegó a decir la sueca; y Conchita lo asumió como propio.

Su gran error fue asegurar en público que Garbo era su amiga. La grande del cine la eliminó rápidamente de su lista de afiliados y no se volvieron a ver. Pero apareció Leslie Howard, del que Ro asegura fue «el amor verdadero de Conchita». Con él mantuvo una relación de cuatro años mientras que Howard la mantenía con ella y con su mujer. Pasaban juntos los meses del calendario escolar y las vacaciones de verano él prefería pasarlas con su familia. Fue la española la que decidió poner punto y final a esta relación.

Mientras tanto, se dedicó a trabajar a destajo. Marido y mujer (1932), de Bert E. Sebell; Dos noches (1933), del chileno Carlos Borcosque; La melodía prohibida (1933), de Frank Strayer; Granaderos del amor (1934), de John Reinhardt. Todos querían a Conchita en sus películas y ella daba el do de pecho en cada una de ellas.

'Granaderos del amor'.

‘Granaderos del amor’.

Fue en uno de los rodajes donde conoció a Raoul Roulien. Se trataba de un actor brasileño tremendamente conservador. Se encontraron en 1934, cuando todavía Leslie rondaba por la cama de Montenegro, pero cuando su historia se terminó, y tras varias peticiones por parte de Roulien, Conchita decidió lanzarse y casarse rápidamente con él. «Roulien nunca buscó romances de tránsito o capricho, ni tampoco amoríos de espuma, tan frecuentes en el gremio, sino una compañera cabal y duradera para el resto de una existencia serena y poco bohemia», asegura Ro. La encontró, o eso pensó, en la actriz española. Le pidió que se alejarán de Hollywood «al día siguiente», y ella aceptó, aunque sólo durante veinte cortos meses. Que fue el tiempo que tardó en abandonar al brasileño y volver al ruedo.

Volvió a Hollywood aunque por tiempo limitado. España la esperaba con los brazos abiertos y ella acudió, quizá, buscando refugio. Grabó Lola Montes con la misma rapidez con la que decidió casarse con Ricardo Giménez-Arnau. Eran los años 40, en plena dictadura franquista y su nuevo marido ocupaba uno de los altos cargos del régimen. Y Conchita Montenegro desapareció, jamás se la volvió a ver.

Hizo de su nuevo marido su patria, allá donde el franquismo la llevara. De Washington a México, Rumania o Marruecos. De aquella fecha hasta 2007, cuando murió, poco se sabe de ella. Quizá quiso quedarse en mito, mantener en el imaginario colectivo su versión menos trillada. Y así fue, pasó a la historia como la primera española que se hizo con Hollywood, la chica vasca que escandalizó a Europa bailando flamenco desnuda y la que conquistó al mundo actuando como ninguna.