Hace ya diez años, el 10 de enero de 2016, murió David Bowie, y palabras como genio, visionario y pionero siguen apareciendo en cada balance. Un comodín póstumo tan cómodo como justo. A lo largo de cinco décadas, David Bowie había construido una de las trayectorias más influyentes de la música popular del siglo XX, basada en la reinvención constante, la absorción de estilos ajenos –del rock y el soul a la electrónica y el jazz– y una comprensión del pop como espacio donde la identidad, la escena y la tecnología podían ponerse en cuestión sin abandonar el centro del mercado. El genio murió dos días después de la aparición de su último trabajo, Blackstar. Un álbum que fue leído de inmediato como testamento. La recepción crítica insistió en su carácter crepuscular, en la forma en que convirtió la enfermedad y la conciencia del final en material artístico sin asomo de sentimentalismo. Blackstar fue celebrado como un cierre de oro: arriesgado, hermético, deliberadamente ajeno a la nostalgia. Un álbum que no buscaba reconciliar al oyente con el pasado, sino obligarlo a escuchar el presente con otros oídos.

PUBLICIDAD

Ese Bowie final, lúcido hasta el extremo, es coherente con su trayectoria y con la dimensión intelectual del artista. Y encaja perfectamente con otro gesto menos recordado y quizá más incómodo para la industria: el Bowie que, a finales de los 90, en los albores de internet, decidió tratar aquella tecnología que lo cambiaba todo, que hacía realidad muchas de las fantasías que habían servido de combustible para su imaginario, no como una anécdota, un escaparate promocional o, peor aún, un enemigo, sino como un medio en sí mismo. El Bowie que profundizó en las posibilidades de la era digital y entendió antes que nadie que, gracias a ella, la música se emanciparía de los soportes físicos que la habían contenido durante un siglo.

PUBLICIDAD

Un disco para la historia

En 1999 publicó Hours…, un disco considerado menor en lo musical, ni siquiera el mejor de su década. El disco estuvo acompañado por varios sencillos con presencia en listas: Thursday’s Child, quizá el que más suena todavía hoy, llegó al número 16 en Reino Unido, Survive y Seven también entraron en el top 40 británico, y el álbum alcanzó el número cinco en la lista de ventas, aunque no superó el top 40 en Estados Unidos. Pero si Hours… ha pasado a la historia de la música es porque fue el primer álbum de un gran artista, en un gran sello –el último que grabó con Virgin–, que se vendió antes en formato digital que en tiendas físicas. Desde el 21 de septiembre de aquel año, y durante dos semanas, solo podía comprarse descargándolo de internet.

El contexto es clave. A finales de los noventa, conectarse a la red era todavía una experiencia irregular, lenta y, para muchos, desconcertante. Descargar un álbum completo podía llevar horas –el título acabó siendo involuntariamente descriptivo– y pagar por contenido digital generaba desconfianza, pero la piratería comenzaba a ser un problema y la gran obsesión de una industria aterrorizada –tres meses antes había nacido Napster, una de las muchas plataformas donde los usuarios compartían a compartir y descargaban gratis archivos multimedia–. Aunque el propio Bowie rebajó las expectativas –habló de “cientos, no miles” de descargas de su disco, y tenía razón, las cifras fueron modestas–, el ruido fue enorme.

Una decisión visionaria

En vísperas del cambio de siglo, las reacciones del sector oscilaron entre la inquietud y la abierta hostilidad. Las grandes cadenas de tiendas de discos temieron un efecto contagio, y algunos pequeños comerciantes amagaron con retirar el catálogo del artista de sus estanterías. En Estados Unidos, le acusaron de enseñar a los clientes que las tiendas de discos estaban “pasadas de moda”. Incluso Glen Ward, consejero delegado de su compañía, Virgin, lo recordaba años después para el diario The Guardian como algo incómodo: "Entendía por qué lo hacía, pero desde el punto de vista empresarial fue problemático".

Ante estas reacciones Bowie no se hizo el tonto. En sus entrevistas de la época insistía en que no se trataba de provocar, sino de adelantar lo inevitable. Internet –decía– no era una herramienta más, sino “una forma de vida alienígena”. Y lo decía, ni más ni menos, que Starman, el hombre de las estrellas; cómo no creerle. La frase, repetida hasta el cansancio tras su muerte, conserva hoy intacto su potencial desasosegante: Bowie no prometía un futuro amable, sino una mutación profunda de la vida humana en general y de la relación entre creador, intermediario y público en particular. La música dejaría de pasar obligatoriamente por las mismas manos, por las manos de siempre.

Un Bowie para el siglo XXI

Hours…, en cuya portada, significativamente, un rejuvenecido Bowie compone una suerte de Piedad con el Bowie de ayer, fue también un laboratorio narrativo. El músico organizó concursos de letras online, retransmitió sesiones de grabación con cámaras de 360 grados y acreditó como coautor de una de las canciones, "What's Really Happening?", a un fan, Alex Grant, que la completó desde Ohio y luego viajó a Nueva York para participar en la grabación. Bowie la llamó “la primera ciber-canción”. Hoy puede sonar anecdótico, pero entonces era una verdadera innovación con un importante calado simbólico. No se trataba de interactuar con un fan privilegiado, sino de disolver, aunque fuera provisionalmente, la frontera entre autor y audiencia. Algo muy relevante justo en un momento en que la cadena de valor de la propiedad intelectual, con el acceso universal a internet, comenzaba a romperse, y se iniciaba una travesía del desierto para la industria de la música, antes de que nuevos formatos garantizaran un mínimo rendimiento para los autores.

El experimento de Bowie no fue un éxito comercial. Tampoco pretendía serlo. Pero lo que quedó fue el gesto pionero y el precedente. Años antes de que la palabra streaming se convirtiera en rutina, Bowie estaba más interesado en educar a los miembros del ecosistema de la música –artistas, sellos, empresarios– que en conseguir un hit. Sabía que el cambio no iba a llegar de golpe, pero también que alguien tenía que dar el primer paso.

Visto desde hoy, el pánico que desató la descarga digital en 1999 resulta casi arqueológico –aunque se parece mucho a los vetos que determinados distribuidores cinematográficos han querido imponer, hace no tanto, a las películas que no pasan antes por sus salas–. La industria que se sintió traicionada por Hours… acabó reorganizándose en torno a plataformas que han terminado haciendo irrelevante la discusión. No fue Bowie quien inventó iTunes –lanzado por Apple año y medio después de Hours..., el 9 de enero de 2001, hace ahora 25 años– o Spotify –creada justo hace 20–, pero sí quien entendió antes que muchos que ni el soporte físico ni la tienda de discos estaban en el centro del relato.

Diez años después de su muerte, la imagen que mejor representa a Bowie no es la del artista que se despide con un disco enigmático, sino la del músico consagrado que asumió el cambio en ciernes y decidió ponerse al frente y no esconderse.