Cuando el pasado 20 de septiembre Andrés Ibáñez y Antonio López destaparon la imponente figura en bronce de Goya frente a su casa natal en Fuendetodos, tenían ya varios bocetos y modelados previos de otra similar de Zuloaga que pretenden colocar a su lado, en permanente diálogo. Es de justicia, justifican ambos, que se recuerde al pintor vasco que en 1920 inauguró un busto de Goya en la plaza de la villa zaragozana y que cinco años antes había comprado un inmueble abandonado en el municipio donde nació el genial pintor, para abrir allí, con el tiempo, un museo del grabado que rindiese homenaje a quien el propio Zuloaga consideraba su maestro indiscutible y uno de los referentes internacionales del realismo español contemporáneo. Tal era la admiración que le profesaba, que, en 1928, con motivo de las celebraciones del primer centenario de su muerte, organizó en Zaragoza la primera corrida goyesca de la que se tiene referencia, encargándose de la escenografía de la plaza, en la que fueron colgados varios tapices y telones pintados, y en la que se invitaba a todos los espectadores a lucir las galas de los majas y majos madrileños.
Y es que Zuloaga reivindicó siempre la actitud vital y la obra de Goya, adquiriendo varias de sus pinturas, que tenía colocadas en su casa taller de París, inevitable lugar de encuentro para todos aquellos españoles (pintores, poetas, novelistas, periodistas, músicos…) que buscaban en la capital francesa un espíritu creativo, entre la bohemia y los salones oficiales, que la España de finales del XIX y principios del XX no les ofrecía. Muchos de aquellos artistas formaron parte de lo que con el tiempo se convino en llamar la Edad de Plata de la cultura española. Y a todos ellos ha querido rendir homenaje el montaje que el Teatro de la Zarzuela estrenó el pasado sábado 24 de enero (en cartel hasta el 1 de febrero), producido por la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga y al frente del cual están el director, escenógrafo y dramaturgo Paco López y, en la dirección musical, Álvaro Albiach.

Una ensoñación ucrónica
Para ello, se ha recurrido a lo que el propio López ha denominado una “ensoñación ucrónica”, en la que se recrea una imaginaria soirée española en la parisina casa de Zuloaga donde se representan para unos cuantos amigos dos óperas, Goyescas y El retablo de Maese Pedro, de Enrique Granados, la primera, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York en 1916, y de Manuel Falla, la segunda, representada por primera vez en el palacio de la princesa de Polignac en París en 1923. Dos compositores, Granados y Falla, de estilos diferentes pero que colocaron la música española entre las más admiradas de la Europa de principios del siglo XX. En el ensayo de referencia sobre este periodo de la cultura española, La Edad de Plata (Taurus, 2025), José Carlos Mainer enmarca a ambos creadores en unos años en los que se produjo “una juguetona vuelta al clasicismo y de depuración de la estética impresionista-nacionalista”. En los años 10 del siglo XX, Granados busca las raíces de lo español en los cuadros de Goya, o dicho con sus palabras: “La idea que yo tuve presente como generadora de esta música era España, en el sentido abstracto e ideación de determinados elementos del carácter y la vida de mi país”. Y hay que tener en cuenta, prosigue Mainer, “que nos hallamos ante fechas en que el proteico Igor Stravinsky firma su Pulcinella (1919) o El amor de las tres naranjas (1921), en que François Poulenc estrena su Concierto campestre, Arthur Honneger da a conocer El rey David (1921) y Horacio victorioso (1922), en que comienza la obra de Darius Milhaud y llegan a Europa las primeras noticias del jazz. El año 1914 Falla y Turina se han dado a conocer en España a través del inquieto Ateneo madrileño, donde Conrado del Campo y Enrique Fernández Arbós dirigieron a veces la orquesta del Conservatorio; en 1923, cuando Falla estrene El retablo de Maese Pedro y haya acabado buena parte de su innovadora obra para piano, ya trabajan gentes nuevas como Salvador Bacarisse, Oscar Esplá, Ernesto Halffter… que constituyen la poco conocida generación del 27 de nuestra historia musical”.
En los años 10 del siglo XX, Granados buscó las raíces de lo español en los cuadros de Goya
Aunque en La Edad de Plata. Díptico español se ha recreado un encuentro que nunca tuvo lugar, es probable, como apunta la musicóloga Carmen Noheda, que Paco López se haya inspirado en algunas de las crónicas de sociedad que recogían encuentros similares. Por ejemplo, en esta de Corpus Barga, aparecida en El Sol el 30 de junio de 1923, donde se describía el estreno de la obra de Falla en el palacio de la princesa Edmond de Polignac, fruto de un encargo personal que años antes le había hecho la aristócrata al compositor gaditano: Allí “se halla Paul Valéry”, escribe el corresponsal y novelista español, “el poeta de hoy, que hace gestos de náufrago entre las sombras de los hombros femeninos. En el quicio de una puerta, Henri de Regnier, el poeta de ayer, se halla todo rígido y despreciativo como sus bigotes cadentes y su monóculo altanero. El músico Stravinsky es un ratón entre las gatas. Y el pintor Picasso, de etiqueta, y rodeado por todas partes, parece que está apoyado en una esquina y que tiene la gorra caída sobre una ceja. El pintor José María Sert parece que nos hace los honores del palacio. Pero de los poetas, pintores y músicos -la corte de la princesa Edmond de Polignac-, el héroe de la noche es el maese Falla”.
La dimensión estética de Goya
También, en La Edad de Plata. Díptico español aparecen los personajes a los que hace referencia Corpus Barga, junto a figuras nacionales que triunfaban en el París de entonces como la bailaora flamenca La Argentina o los propios compositores e Ignacio Zuloaga. Frente a todos ellos, se desenvuelven los personajes creados por el libretista Fernando Periquet para la ópera de Granados, compuesta a partir de la suite para piano estrenada unos pocos años antes con el mismo nombre de Goyescas: la aristócrata Rosario (a la que da vida la soprano Raquel Lojendio), Fernando, el capitán enamorado (interpretado por el tenor Alejandro Roy), el torero Paquiro (al que pone voz el barítono César San Martín) y la maja Pepa (interpretada por la mezzosoprano Mónica Redondo). En la segunda parte del espectáculo, El retablo de Maese Pedro, inspirado en un pasaje de la segunda parte del Quijote, el barítono Gerardo Bullón interpreta al propio Alonso Quijano, el tenor Pablo García-López encarna la figura del titiritero Maese Pedro, que llega con su retablo de marionetas a la posada en la que coincide con Don Quijote y Sancho, y el narrador del episodio, Trujumán, interpretado por la mezzosoprano Lidia Vinyes-Curtis.

No es fácil articular ambas óperas, y sin embargo, explica Carmen Noheda, existe un elemento de cohesión entre ambas piezas que las hace funcionar como una sola: Goya, porque su figura no es aquí una mera referencia, sino que “opera como centro de gravedad alrededor del cual todo lo demás orbita. En ese espacio simbólico, tampoco Goya actúa como antecedente ilustrativo ni como iconografía de época. Su presencia latente conforma una dimensión estética poblada de majas, duelos, nocturnos y pasiones que avanzan hacia la tragedia en Goyescas; de espíritu crítico, conciencia del artificio, distancia irónica y desdoblamientos en El retablo, filtrados por Cervantes y por la depuración extrema del lenguaje musical de Falla. En ambos casos, lo goyesco permite repensar la relación entre apariencia y verdad y, aun así, López añade una capa más al dispositivo dramatúrgico: el cine mudo proyectado como guiño calculado al naciente arte cinematográfico -al Luis Buñuel que se atrevió a dirigir El retablo en Ámsterdam (1926)-, otra modernidad que comienza a ordenar la mirada como recordatorio de este montaje que es la memoria. La escena se vuelve así un mecanismo de cajas chinas: óperas dentro del estudio, teatro dentro del teatro, guiñol dentro del guiñol, como ya habitara el retablo cervantino que Falla radicaliza musicalmente con su gusto por la miniatura, su economía feroz y su precisión, y que La Edad de Plata retoma como un juego de capas donde la realidad permanece siempre al filo de la ruptura”.

Intentar meter todos estos elementos en un espectáculo de poco menos de dos horas, en los que hay que respetar la música y las interpretaciones vocales, se antoja una tarea titánica. Pero si además, como es el caso, se quieren introducir contextualizaciones innecesarias que parecen impuestas por la corrección política del momento, como las imágenes proyectadas de Hitler y de un Franco victorioso (incluida una versión de Cara al sol); sofisticados números de ballet contemporáneo en los que varios espectros danzan con diferentes figuras alegóricas; fragmentos de la correspondencia de los protagonistas y un relato del trágico destino de Falla (exiliado en Argentina tras la Guerra Civil española) y de Granados (muerto junto a su mujer al ser alcanzado su barco por los torpedos de un submarino alemán en el Canal de la Mancha, durante el viaje de regreso de Nueva York, donde había estrenado Goyescas en 1916), el resultado puede ser cuanto menos irregular. Es de agradecer la ambición del montaje y el riesgo asumido por los creadores, pero no son pocos los espectadores que habrían preferido menos complejidad y una recuperación de las obras en un formato más clásico.
La Edad de Plata. Díptico español se puede ver en el Teatro de la Zarzuela hasta el 1 de febrero.
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