“Si no quieres volver a verme nunca más, nunca más tendrás que volver a verme”. Y aunque después me veas, lo harás de distinta manera, y yo te miraré también de forma diferente, y no seremos los mismos siendo los mismos y tú serás otra y yo seré otro, aunque no hayamos cambiado nada realmente. 

No sé si esto tiene que ver con la física cuántica o con la apicultura, con el polvillo de azúcar suspendido en el aire o con la blancura de una dentadura perfecta cuando alguien sonríe. La percepción va a cambiar en función de un sinfín de elementos que gravitan alrededor de una órbita que no es espacial, sino cercana, cotidiana, donde mucho tienen que ver los sentimientos, los estados de ánimo, con quién nos hemos encontrado y de lo que hemos hablado, qué lectura estamos haciendo, qué programa de televisión vemos o qué sucesos nos llegan de repente. 

Esa agrupación convencional, o no, de las estrellas, representando áreas definidas, es lo que nos ofrece Sergio Peris-Mencheta en Constelaciones. Hasta 60 variaciones donde lo imaginado compaginará con lo real, lo vivido con lo que pudo haber pasado, la variación con lo que se da como bien estructurado. 

Un mismo planteamiento inicial, dos personas que se conocen y establecen una relación sentimental, que tendrán sus puntos de vista y eso hará que la historia derive hacia un sentido u otro. Pero qué pasa cuando esas personas son nubes cambiantes, que se cubren con vestidos que pueden ser disfraces o representar su manera de ser, si los corazones se mueven en oleadas de emociones, si se crea el misterio del silencio, si colapsa con estrépito ante una situación inesperada, si creemos que actuamos de memoria, pero lo hacemos por impulsos. 

Las casualidades que no existen

Así vendrán después los arrepentimientos, las casualidades que no existen, las provocaciones para ver cómo reacciona la pareja, lo que no se debiera haber dicho, lo que no se dice, pero se piensa, lo que se dice, pero no se siente.

Constelaciones parte de un texto dramatúrgico de Nick Payne, y las posibles relaciones amorosas a través de las teorías del multiverso. Qué hay de azar y qué hay de predisposición o provocación de los hechos. Además, tampoco hay línea temporal. Se avanza y se retrocede, se nutre de instantes y de recuerdos y de posibilidades. 

Peris-Mencheta utiliza un elenco de seis intérpretes, que también serán músicos cuando no les toque intervenir en su rol de personajes, porque eso lo decide, por azar, como en la tómbola, el público. Y hay que decir que el experimento, o la investigación, o la propuesta, funciona. Tanto en la elección de los actores como en la fragmentación de las escenas, el escenario giratorio que los lleva, otra vez, al punto de partida, que estallan las palabras, que la música habla, que nadie grita socorro, que ahí acechan otros temas además del amor, como la fidelidad, como la confianza, como la enfermedad y la muerte, el cambio de rumbo, de destino, a lo que creíamos encauzado. 

En definitiva, que la física cuántica y las abejas no están alejadas en su concepto. Quizá solo es cuestión de comprenderse y aceptarse.