De repente, una noticia personal viene a trastocar toda la estructura de una familia. Empiezan a cuestionarse los deseos. El interrogante más asiduo es ¿por qué a mí? La tristeza, no exenta de una culpa que nadie tiene, se apodera de todos, y el dolor hace mella en las relaciones.
Nadie está libre de verse, un día, con una lágrima seca oscureciendo el futuro. Y más cuando esa persona, hombre, mujer, vive sola, y solo tiene para apoyarse a un hermano, cuando se siente la fatiga sin haber comenzado, cuando todo se dice con palabras mudas.
Alfredo Sanzol, en La última noche con mi hermano, parte, dice, de un hecho real y personal para ponernos sobre el escenario: la lucha contra el temido cáncer, la sensación de soledad para afrontarlo, el cuestionamiento de si estamos preparados para la peor noticia.
Y en su texto y en sus personajes hay dolor y hay amor, hay desencuentros e intentos de reconciliación, hay apoyo y desaliento, negación, y optimismo, espumas rotas, mientras la enfermedad va mordiendo los límites del cuerpo, pero por dentro.
Advertidos desde el título
Cuenta para ello con el trabajo excelente de un elenco de intérpretes a medida: Elisabet Gelabert, Ariadna Llobet, Nuria Mencía, Biel Montoro, Jesús Noguero y Cristóbal Suárez, que, en un mismo espacio escenográfico que se utiliza en función de las situaciones, eleva la escena a la emoción, a la comprensión, a los recuerdos que nos vienen a todos, porque todos conocemos casos similares, a la necesidad de una robusta prueba de cariño, de entendimiento, de amor fraterno y de amistad, a la noche que brilla aunque no seamos capaces de verla, al bosque frondoso y verde detrás de los muros de la casa.
Y todo ello salpicado con gotas de humor, nunca faltan las ocurrencias, las medias risas en hechos dramáticos, y eso alivia algunas veces el peso trágico de la historia, de la que estamos advertidos desde el inicio, bueno, en realidad, desde el título, y eso también es de agradecer. Y, como no podía ser de otra manera, se incluye el tema veladamente político, las diferencias ideológicas, que es lo que separa, una gran mayoría de las veces, a los miembros de una misma familia.
Esa historia que no tiene que ser grandilocuente, ni protagonizada por personajes excepcionales, únicos, diferentes, sino que se alimenta de la cotidianidad, de los sucesos que se encierran, y no suelen orearse, en cualquier casa, pero toca los límites entre la vida, la muerte y cómo se asume.
Observo en el programa de mano los agradecimientos, y encuentro ahí, parejas y tríos de hermanos que, posiblemente hayan perdido a uno de ellos. Es, por tanto, un cara a cara, una exposición de sentimientos reales y verídicos, la estela que han dejado aquellos que se fueron y cómo se afrontó su pérdida.
Como comenta Alfredo Sanzol, quizás esa pérdida fraternal sea la menos acompañada, normalmente porque está suplida por parejas, hijos, padres. Y, sin embargo, es tan fuerte como las anteriormente mencionadas, porque los hermanos no dejan de ser parte de uno mismo.
La representación se desarrolla con la emotividad y ternura suficiente para que dos horas y cuarto de función pasen en un suspiro.
'La última noche con mi hermano', escrita y dirigida por Alfredo Sanzol, en el Teatro María Guerrero hasta el 5 de abril
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