Hace setenta años, el 29 de marzo de 1956, comenzó como un Jueves Santo más para la familia real española en sus años de exilio portugués. Nadie en Villa Giralda, la residencia real en Estoril, podía imaginar que la jornada acabaría dejando una herida en la historia de la monarquía española que ni el tiempo ni el silencio han conseguido cerrar aún.

Aquel día, un disparo accidental acabó con la vida de Alfonso de Borbón, hijo pequeño de don Juan (conde de Barcelona) y doña María de las Mercedes, nieto de Alfonso XIII y hermano del hoy rey emérito Juan Carlos I y de las infantas Pilar y Margarita.

Un Jueves Santo teñido de negro

"Toda la familia estaba reunida en Estoril para la Semana Santa de 1956. Volvíamos de jugar un partido de golf después de una misa vespertina. Él era un excelente golfista.
Mientras esperábamos la cena, subimos a la sala de juegos". Son palabras del rey emérito Juan Carlos de Borbón, que en su reciente libro de memorias, Reconciliación, ha hablado por primera vez del incidente, un drama que "Un drama "ensombreció este período inocente y alegre de mi vida. Un drama que me marcó para siempre".

Nacido en 1941, Alfonso era un niño muy simpático, inteligente y carismático, el hijo predilecto de su padre. Apasionado del golf, compitió y ganó la semifinal del torneo del Club de Golf de Estoril. Alfonsito tenía muy claro su futuro. El infante soñaba con seguir la tradición marinera de su padre y planeaba entrar en la Escuela Naval Militar de Marín (Pontevedra) al año siguiente.

El mal tiempo que hubo aquel día en la localidad costera portuguesa obligó a la familia a volver pronto a Villa Giralda. Alrededor de las ocho de la tarde, los dos hermanos –Juan Carlos de 18 años y Alfonso de 14– subieron al cuarto de juegos. Por aquel entonces, Juan Carlos ya era cadete de la Academia Militar de Zaragoza y, entre sus cosas, tenía un pequeño revólver Long Automatic Star.

"Nos divertíamos jugando con una pistola de calibre 22 que un amigo, teniente, me había dado en España. Habíamos sacado el cargador. Ni por un momento imaginamos que había quedado una bala en la recámara. Un disparo saltó por los aires, la bala rebotó y alcanzó a mi hermano en la frente. Murió en brazos de nuestro padre. Hubo un antes y un después de aquello". A pesar de que su padre les había prohibido expresamente jugar con armas tras haberles pillado disparando a farolas días antes, los hermanos no se resistieron a jugar con el revólver que el hermano mayor había traído de España.

La tragedia silenciada: "Júrame que no ha sido a propósito"

El ruido del disparo alertó a sus padres. Al ver a su hijo pequeño en el suelo rodeado de sangre, doña Mercedes quedó paralizada. Don Juan intentó detener la hemorragia y mandó llamar al médico de la Familia Real, el doctor José Loureiro. Sin embargo, el pequeño murió en los brazos de su padre y lo único que pudo hacer el doctor fue certificar su muerte.

Durante años, muchos expertos han contado detalles sobre ese triste momento. El historiador Paul Preston cuenta en su libro Juan Carlos: Un rey para su pueblo que Don Juan tapó con una bandera de España al pequeño y le dijo a su hijo mayor: "Júrame que no ha sido a propósito".

Esquela de Alfonso de Borbón. | Casa Real

Después del accidente, la casa emitió un breve comunicado en el que se exoneraba de toda responsabilidad a Juan Carlos quien, años después, se convertiría en rey de España: "Mientras Su Alteza el infante Alfonso limpiaba un revólver aquella noche con su hermano, se disparó un tiro que le alcanzó en la frente y le mató en pocos minutos. El accidente se produjo a las 20:30 horas, después de que el infante volviera del servicio religioso del Jueves Santo, en el transcurso del cual había recibido la santa comunión". Dos semanas después, el semanario italiano Settimo Giorno informaba que Juan Carlos empuñaba el arma que provocó la muerte del infante.

Al benjamín de la realeza española no se le hizo autopsia. Tampoco hubo investigaciones al respecto. Además, su padre en un arrebato de rabia lanzó la pistola al mar, por lo que tampoco quedó rastro del arma del crimen. El entierro tuvo lugar el 31 de marzo en el cementerio de Cascais. Desde entonces, la familia real ha guardado un silencio sepulcral sobre la muerte del pequeño Alfonso.

A la desgracia familiar se sumó la rivalidad dinástica. Así lo cuenta Rafael Borràs en su libro El rey de los cruzados: "El 10 de abril don Jaime de Borbón, tío del desdichado infante, que por entonces se consideraba fefe de la familia de Borbón, hizo unas declaraciones en las que deploró que su hermano, don Juan, no hubiese solicitado la apertura de una investigación oficial para desmentir la versión periodística del accidente" difundida por Settimo Giorno –a petición de su padre, Jaime de Borbón, segundo hijo de Alfonso XIII, había renunciado a sus derechos sucesorios en favor de su hermano Juan en 1933 por su sordera; pero en 1949 se arrepintió de su decisión e intentó invalidarla sin éxito–. En 1957, don Jaime "volvió a la carga, intentando que las jurisdicciones nacionales e internacionales procediesen a la investigación judicial mencionada a fin de esclarecer oficialmente las circunstancias de la muerte de su sobrino. El ex príncipe de Asturias afirmaba, para justificar su petición, que no podía aceptar que aspirase al trono de España quien, como su hermano don Juan, no había sabido asumir sus responsabilidades".

Una verdad, muchas versiones: el relato sobre el suceso

Setenta años después, las memorias del emérito han aportado la versión del único testigo de los acontecimientos. Una versión que coincide en lo sustancial con lo que su madre, doña María de las Mercedes, confesó a su modista Josefina Carolo y que Preston documentó en su libro: "Probablemente Juanito apuntó en broma sin saber que el arma estaba cargada".

Incluso el príncipe italiano Víctor Manuel de Saboya, vecino de la familia en aquellos años, habló sobre el tema en el documental El príncipe que nunca reinó que Netflix estrenó en 2023. Durante la grabación, el pretendiente al trono italiano aseguró que Juan Carlos disparó "a través de un armario" en un juego que acabó en tragedia "cien por cien accidental". Por su parte, la periodista Pilar Eyre tanto en su canal de YouTube como en su libro Secretos y mentiras de la familia real, aportó matices técnicos tras consultar a varios armeros: dado el calibre 22 del arma, solo un disparo a bocajarro podía causar semejantes daños.

La pérdida que marcó al rey: "Mi vida hubiera sido menos infeliz"

Para Juan Carlos el entierro de su hermano fue desolador. Su padre don Juan no era capaz de soportar su presencia, por lo que le mandó regresar a la Academia de Zaragoza dos días después de las exequias. Doña Mercedes cayó en una depresión que la obligó a ingresar en una clínica alemana.

En sus memorias, el emérito también admite las secuelas emocionales que le causó la tragedia: "Echo de menos a mi hermano, me gustaria poder tenerle a mi lado, poder hablar con él. Perdí a un amigo, a un confidente. Dejó un vacío enorme. Sin su muerte, mi vida hubiera sido menos sombría, menos desdichada. Llevo fotos suyas que me acompañan a todas partes. El 3 de octubre, día de su cumpleaños, sigue siendo para mí una fecha inolvidable". El niño que debió ser marino hoy descansa, tras su traslado en 1992, en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial.