Mayte Uceda está abonada a la novela histórica, si bien se dio a conocer en otros géneros. De recuperar la historia olvidada del hundimiento del Valbanera en 1919 con la novela El Guardián de la marea pasó a la Cuba colonial con El maestro del azúcar y con su nuevo libro, Los amores paralelos (Planeta), se ha quedado en Asturias -donde reside- pero lleva la trama al fatídico 1934. “Esta novela es una reflexión sobre los lazos que atan -y separan- a las personas en circunstancias extremas”, describe Uceda. La autora vuelve a un tiempo decisivo de nuestra historia para recrear, una trama que entreteje lucha de clases, amor y memoria bajo la luz cambiante de una Asturias al borde de la revolución.
La novela se sitúa en dos escenarios que simbolizan los dos polos del conflicto: “la cuenca minera, donde la vida es muy complicada, donde el trabajo en la mina desgasta mucho” y Oviedo, ”una ciudad provinciana y tranquila que se ve asaltada de repente por esa masa de trabajadores”. Entre ambos mundos se alza un muro social que va más allá de la diferencia económica; sino que es toda una forma de ver el mundo.
"Los amores paralelos trata sobre la vida de dos hermanas que se enamoran de hombres muy distintos, incluso enfrentados ideológicamente”, explica Uceda. Ambientada en los años de preguerra, la historia de Estefanía y Selina —una enamorada de un guardia civil, la otra de un minero anarquista— se convierte en un espejo de la polarización social de los años treinta.
Pregunta: ¿Por qué eliges este contexto asturiano y minero para esta novela?
R: Soy asturiana, tengo familia minera como muchísimos asturianos. Mi padre y mi abuelo trabajaron en la mina un tiempo, aunque luego lo dejaron y se fueron a Oviedo, que es lo que pretende mi personaje Antón. Él quiere salir de la mina y buscarse un trabajo más digno en Oviedo. También tuve un tío minero toda la vida, sé cómo es la vida de los mineros, tengo amigos en las cuencas mineras, amigos de mi edad que han trabajado toda la vida en la mina. Todos los asturianos conocemos la revolución de octubre del 34; quizá fuera de Asturias es algo más desconocido, pero para nosotros es parte de nuestra historia y sabemos de qué pasta están hechos los mineros: gente muy fuerte, muy luchadora.
P: ¿Cómo se llega a la Revolución de Octubre del 34?
R: A medida que el clima social y político se va caldeando con las elecciones de 1933 y la entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno, se produce el detonante del estallido revolucionario. Esos mineros, después de asaltar los cuarteles de la Guardia Civil en las cuencas, se van en tromba hacia Oviedo al asalto de la capital, armados con cartuchos de dinamita.
P: ¿Qué simboliza Oviedo para aquellos mineros de 1934?
R: Oviedo representaba a esa burguesía capitalista contra la que ellos luchaban. Y ahí entran en juego los sindicatos: los mineros estaban afiliados principalmente a la CNT y a la UGT, tenían sus centros obreros, sus casas del pueblo, y allí se reunían, aunque hubiera mucho analfabetismo estaban siempre al tanto de lo que decían los líderes sindicales.
P: ¿Qué te ha enseñado a ti estudiar ese pasado sobre el presente que vivimos?
R: Estudiar esos años de preguerra me ha ayudado a entender un poco -no a justificar, porque es completamente distinto- pero sí a entender lo que pasó después. Me enseña que la polarización extrema es muy peligrosa. Yo diría a nuestros políticos que tienen que desescalar porque la violencia política se traslada siempre a las calles. Se puede debatir, pero nunca ejercer violencia política, porque se va a trasladar a las calles y eso creo que nadie lo quiere. Así que la moderación, sobre todo, es la clave para el progreso.
P: ¿Cómo era la vida de los mineros en los años 30 que tú retratas?
R: Hablamos de gente que trabajaba en minas con una esperanza de vida por debajo de la normal, que, en comparación con las minas alemanas o francesas, no disponía de material moderno y seguía entrando con el pico, en madreñas o alpargatas. Estamos en una España donde obreros y campesinos estaban fuertemente sindicados: había dos sindicatos mayoritarios, la CNT, anarcosindicalista, con alrededor de un millón y medio de afiliados, y la UGT, con en torno a un millón cuatrocientos mil, en un país de algo menos de veinte millones de personas.
Esa era la vida del minero: largas caminatas, ropa y calzado precarios que llevaban a arreglar al zoquero para que les pusiera una chapa de zinc, y, si podían tenían una vaca para la leche, porque la carne solo se comía si se sacrificaba el animal. En la novela también se ve, aunque no se subraya en exceso, cómo las dos hermanas de la capital tienen vidas muy cómodas, mientras que las mujeres de la cuenca trabajan en los lavaderos de carbón y luego se ocupan de la familia y de los animales.
P: ¿Qué papel juegan los sindicatos y la República en esas expectativas obreras?
R: Toda esa masa obrera estaba dirigida por sus líderes sindicales y, al proclamarse una República de trabajadores, querían conseguir mejoras, y es justo que las quisieran. Es verdad que el primer Gobierno de la República intenta por todos los medios -con Largo Caballero como ministro de Trabajo- darles lo que se merecen, pero se encuentran muchas trabas. No se trata de decir “unos buenos, otros malos”: el contexto era muy complejo y se enmarca además dentro del contexto europeo. Esos años de preguerra fueron muy difíciles, tanto para los sucesivos gobiernos -que cambiaron mucho- como para la sociedad. Se hicieron reformas bajo la amenaza de que, si cambiaba el Gobierno, podían echarse atrás, y eso generó una lucha de poder política y una violencia que a mí me sorprendió muchísimo cuando investigaba este contexto.
P: Hablas de violencia política. ¿Cómo se manifestaba?
R: Llegó a producirse entre la clase política una violencia que se trasladaba a la calle, evidentemente. Cuando tienes una masa de obreros y campesinos afiliados a la CNT, cuyo objetivo básico es reventar todo el sistema, tienes un problema: las huelgas eran constantes y los enfrentamientos entre sindicatos en las comarcas mineras eran constantes, y a tiro limpio. Solo se unían todos para ir contra el sindicato católico, que era minoritario pero era con el que negociaba la patronal y con el que llegaban a acuerdos, y por eso le tenían mucha manía.
P: ¿Cómo trasladas todo ese contexto a la novela?
R: Cuento todo ese proceso que desembocó en el octubre del 34, en el estallido revolucionario o huelga general insurreccional -como se quiera llamar- a través de dos familias. No hay mejor forma de entender la política y los acontecimientos que a través de las emociones.
Cojo una familia de Oviedo, acomodada, monárquica, con un tío cura y con una de las hijas enamorada de un sargento de la Guardia Civil: lo tienen todo para no encajar bien la llegada de la República, y el padre se enfada mucho porque es monárquico hasta la médula. En contraposición está la familia minera, cuya vida está condicionada por las terribles condiciones en las que trabajan y viven, con salarios bajos y una cuenca muy industrializada y contaminada.
En el momento de la revolución tenemos a la hermana mayor enamorada de un guardia civil, con el que acaba casándose, y a él lo destinan a la cuenca minera porque allí los conflictos son muchos y necesitan enviar más efectivos. Hay mucha represión, y además en 1932 se crea la Guardia de Asalto, especializada en combatir huelgas y desórdenes públicos, que junto con la Guardia Civil son quienes sofocan las huelgas mineras.
P: ¿Y Selina, la hermana pequeña, qué papel juega?
R: La hermana pequeña conoce a Antón, uno de los mineros: son tres hermanos y los dos mayores son mineros, y Selina se enamora de Antón. Antón también se enamora de Selina porque ve en ella una posibilidad; luego el lector deberá juzgar si su interés es amor verdadero o interés, a partir de su comportamiento. Ahí tenemos una bomba de relojería en las dos familias. Los prejuicios de clase no iban solo de la familia acomodada hacia la obrera por ser obrera, sino por ser mineros, que causaban muchos problemas y en La Felguera, donde vive Antón, estaban mayoritariamente afiliados a la CNT, lo que asusta a la familia de Oviedo, que teme que entre en la familia alguien que quiere acabar con sus privilegios.
A mí lo que me interesaba desde el principio era llegar al fondo. Todos en Asturias sabemos que los mineros se alzaron, que la revolución de octubre está ahí y la tenemos muy presente, pero tendemos a responsabilizar a los mineros de todo, como si solo ellos hubieran cogido la dinamita, hubieran ido a Oviedo y la hubiesen reventado. Cuando investigas y vas a las fuentes de la época ves que todo es mucho más complejo. Esos mineros estaban sindicados, había mucho analfabetismo y eran manejados por los líderes sindicales, con CNT y UGT enfrentadas por ver quién se llevaba la bandera de la lucha obrera.
P: ¿Qué te parece el el uso actual de etiquetas como “rojos” y “fascistas”?
R: Esta novela me ha enseñado que hablar hoy de “rojos y fascistas” me parece de otro siglo, propio de aquella época. Han pasado noventa años y, aunque hay amenazas de extremismos y el mundo está revuelto, no estamos en la misma situación. No se puede comparar aquella época con esta: las desigualdades sociales no son las mismas, el analfabetismo prácticamente ha desaparecido y hoy la gente está mucho más preparada y lee más, aunque sea poco. Sí existe polarización, pero no aquellos extremos en los que hubo unos 2.000 asesinatos políticos durante la República.

P: ¿Qué advertencia harías mirando al presente desde ese pasado?
R: Debemos tener cuidado de que la situación no vaya a más: hay que vigilar y proteger a los políticos moderados. En la República se apartó a los de centroizquierda y centroderecha, en parte por el miedo al fascismo -con toda la razón- y por el miedo al socialismo soviético, y ambos bandos se temían mutuamente.
Otra lección importante es que no podemos abstraernos del tiempo en el que vivimos, igual que un minero no podía abstraerse de ser minero en aquel contexto. Toda esta investigación y conocer cómo eran esos años te cambia la forma de ver el presente: entiendes mejor tu propio contexto y de dónde vienes. Mi abuelo luchó en la guerra, fue requeté, y después se casó con una mujer de izquierdas a la que llamaba cariñosamente “mi rojilla”. Siempre nadé entre esas dos aguas: en una familia muy religiosa, que rezaba el rosario todos los días, pero con sensibilidades políticas distintas, y creo que eso también marca mi mirada.
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