Cada Sábado Santo un paso sevillano despliega uno de los ejemplos barrocos más tétricos de la tradición cultural católica. Es la Canina, una escultura de un esqueleto que se mueve entre los vivos aupado por los costaleros. El paso llama la atención pero lo que hoy nos parece una escena de una serie de terror, incluso de una distopía, es la herencia de una tradición que no nació para asustar, sino para dar paz.

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Los humanos, desde las cavernas han huido de la muerte, ahora incluso perseguimos la inmortalidad con avances científicos y médicos, pero durante muchos siglos en España, la muerte ordenaba todo, porque era la garantía de la inmortalidad. En el conjunto escultórico de La Canina se lee la leyenda en latín: Mors mortem superavit (La muerte venció a la muerte). Se refiere a la muerte de Cristo que con su muerte se consiguieron pases para todos a la inmortalidad, pero sólo después de muertos y tras vivir en la fe católica.

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El falso mito del oscurantismo

Existe la idea generalizada de que rodearse de imágenes de mártires y calaveras era el síntoma de una sociedad deprimida y oscura. Sin embargo, investigadores de esta "huella" fúnebre como Miriam Beltrán y Gorka López defienden lo contrario en su libro España Macabra (Desperta Ferro).

“Esa estética macabra no es el reflejo de una época oscura de hambrunas, guerras y epidemias”, aclara la periodista Miriam Beltrán. “A lo que responden todas estas imágenes es a algo que, lejos de ser oscuro, es muy luminoso porque es un mensaje de esperanza. Era una herramienta de transmisión de que había algo más allá. Ahora es completamente distinto: a partir del siglo XVI hemos empezado a esconder la muerte y cada vez está más escondida. Nos espanta”.

Cabeza de San Juan Bautista, atribuida a Juna de Mesa.
Cabeza de San Juan Bautista, atribuida a Juna de Mesa.

Esta necesidad de "poner cuerpo" a la muerte servía para controlar el miedo. “A lo largo de la Edad Media, para enfrentar la muerte, para enfrentar la angustia que genera la muerte, las incertidumbres que la rodean, pues lo que hicieron fue crear imágenes donde se creaba la muerte, donde se le ponía cuerpo y de esa manera pues se podía enfrentar, se podía canalizar, se podía generar un discurso alrededor de ella, se podía ritualizar”, explica el historiador Gorka López. “Estas imágenes cumplen ese papel: canalizar o  gestionar esas angustias, esos miedos o esas reflexiones también que generaba la muerte. Conjurarlas y  canalizarlas a través de las imágenes”.

La imaginería de la Semana Santa

Mientras que un cuadro de ánimas en un museo puede percibirse hoy como una pieza muerta, la imaginería procesional se percibe de otra manera. “Las imágenes de Semana Santa son imágenes que están muy vivas, que se actualizan, que se resignifican y que todavía hoy tienen un papel importante”, apunta López.

La muerte está muy presente, sobre todo en las que procesionan en el Viernes Santo, que es uno de los momentos más importantes. “Hay varias representaciones de esqueletos. La más famosa es la Canina, por ejemplo, pero hay otras muchas repartidas por la península de esqueletos que aparecen vencidos, que aparecen en actitud melancólica”, detalla el investigador.

La Canina de Sevilla, oficialmente el paso del Triunfo de la Santa Cruz, es quizás el mayor exponente de esta "muerte viva". Es un esqueleto sentado sobre el orbe, meditabundo, rodeado de los símbolos de la vanidad terrenal que ya no significan nada. “Ese esqueleto no viene a atemorizarnos, sino que viene a constatar que después de la muerte, en ese caso es de la muerte y de la resurrección de Cristo, pues viene una esperanza. Viene una idea de esperanza, se vence la muerte terrenal porque hay una posibilidad de redención”.

Es la gran paradoja de la cultura española: “Mostrar la salvación a través de la muerte o mostrar una idea de esperanza a través de un esqueleto o de un cuerpo en descomposición, que es lo que a priori no parece lo más razonable, pero que luego si vas indagando ves que funcionaban de ese modo”, añade el historiador.

Espejo de clarisas
(s. XVII), de autor
anónimo español.
Monasterio de las
Descalzas Reales,
Madrid.
Espejo de clarisas (s. XVII), de autor anónimo español. Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid.

Pudrideros y reliquias: la carne real

Más allá de la Semana Santa, la España macabra esconde realidades físicas que desafían nuestra sensibilidad contemporánea. Miriam Beltrán destaca el descubrimiento de los pudrideros ligados a las órdenes mendicantes, lugares donde los cadáveres de los frailes eran sometidos a un proceso de secado natural.

“Eran unas salas en las que escurrían los cadáveres y los secaban y bueno, con unos conductos, con unos agujeros de drenaje por los que fluían los líquidos cadavéricos hasta que quedaban completamente desprovistos de todas las partes blandas”, relata Bletran. Su intención de recoger la existencia de estos secaderos humanos en su libro va más allá del morbo. “Esos recintos se convertían en lugares de meditación sobre la vida y la muerte. No es simplemente decir: 'ponemos una foto de un esqueleto o de un cuadro con un cadáver diferentes composiciones. Nuestra intención es mostrarle a la gente el porqué de toda esa estética”.

Esa crudeza también se manifiesta en las reliquias que pueblan los altares. López recuerda haber visto “cabezas degolladas de multitud de santos que hay por todos los lados y algunas muy crudas en una bandeja, sangrando con todos los nervios y con todos los huesecillos a la vista”.

Sin embargo, el lugar que más impacto le generó a este historiador en su viaje por la España macabra es el Museo de las Momias de Quinto, en Zaragoza. “Son personas que se enterraron en la iglesia y que quedaron expuestas prácticamente de casualidad. Hoy tenemos a un montón de personas momificadas, niños, ancianos, vestidos con hábitos franciscanos de distinta manera y es el testimonio de los enterramientos que se hacían en esa época y además las visitas guiadas las hacen las propias vecinas de la localidad que tienen una cierta relación porque no dejan de ser sus antepasados quienes están ahí”.

Frente al rechazo que hoy producen estas escenas, la historia nos recuerda que la familiaridad con el final de la vida era una forma de resiliencia. “El morbo está un poco en la mirada del espectador, de las obras de arte, por así decirlo”, insiste Beltrán. “Nosotros lo que hemos hecho ha sido ahondar en las motivaciones y en el porqué se representaban los martirios y todas estas imágenes macabras que hemos ido publicando. Hemos ido a estudiar el porqué, a intentar comprender, a intentar desentrañar estos interrogantes”.