Medio planeta está en barbecho, una parada táctica para que la naturaleza vuelva a generar la vida que los humanos han diezmado. Ante el colapso ecológico del ecosistema los humanos están obligados a dejar medio mundo a su renaturalización acatando un Tratado de desocupación. La Unión de los Pueblos ha decidido que las zonas más extremas, las islas y las antiguas fronteras bélicas deben ser despobladas. No es un abandono caótico, sino una transición dirigida por una entidad que impone su voluntad con mano de hierro bajo el pretexto de la supervivencia global.

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Este es el escenario de Las fronteras (Siruela), la nueva novela de la periodista y escritora asturiana Carolina Sarmiento (Oviedo, 1981). Una obra que funciona como un espejo deformado de nuestro presente, donde la ficción se encuentra con evidencias científicas  que no queremos creer o ignoramos.

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Las Fronteras se desarrolla en un momento en el que la Tierra ha dicho basta y se ha firmado un tratado de desocupación. Una entidad que se llama la Unión de los Pueblos decide que se va a deshabitar la mitad del planeta: las zonas más extremas, las islas, las fronteras bélicas, todo eso se va a despoblar y, además de despoblar, se va a devolver a la naturaleza. Es una transición hacia una Tierra que recupera la naturaleza”, nos explica Sarmiento.

En un lugar de esos llamados a ser devueltos a la naturaleza, en un pueblo pequeño ártico un guarda forestal es el responsable de que ese tratado se lleve a cabo de la manera convenida. El problema es que “los pocos habitantes que quedan en ese pueblo son cazadores y quieren sobrepasar la frontera que les separa de la fauna salvaje, que se está reproduciendo sin control porque ya están inmersos en esa transición hacia la naturaleza.  Estamos en un momento en el que las armas están prohibidas, el dinero está prohibido, construir en esa zona está prohibido, con lo cual la novela reflexiona sobre la frontera entre lo político y lo geográfico, entre el bien y el mal, entre lo humano y lo animal, entre el amor y la amistad”, añade. Una historia fronteriza además de física, intelectual.

Pregunta: ¿Qué tipo de cuestiones te interesa que se plantee el lector con esta historia fronteriza?  

Respuesta: Por ejemplo, ¿hasta qué punto una decisión utópica como puede ser “por fin tomamos consciencia de que la Tierra nos la hemos cargado y tenemos que tomar una serie de medidas para que esto no vaya a más porque desaparecemos” es realmente utópica? Eso parece algo utópico, pero si la manera de llevarlo a cabo es por la vía de un totalitarismo, ahí ya vamos hacia la distopía también. Esa Unión de los Pueblos no tiene una cabeza visible, con lo cual es un ente, digamos, el que obliga a las poblaciones a que abandonen los lugares en los que tienen enterrados a sus muertos. 

Pregunta: ¿Cómo es ese mundo y cómo llega hasta ahí?  

Respuesta:  El mundo ha llegado hasta ahí por un exceso de guerras y también por un deterioro medioambiental por las fábricas contaminantes, que aparece en la novela. El protagonista, desde que cumple la mayoría de edad, enlaza una guerra con otra: la guerra del agua, la guerra del maíz, una tras otra. Cuando regresa a su pueblo natal con esa misión de que se recupere el territorio, vuelve convertido en otra persona distinta al niño que se fue, que miraba los pájaros, que tenía un cuaderno en el que los dibujaba, que los estudiaba. Vuelve convertido en un soldado profesional, en un superviviente con una coraza muy fuerte y con la misión de que sus vecinos no traspasen esa frontera. Claro, tiene que tomar ciertas decisiones que están en la frontera entre el bien y el mal y en la frontera entre la ficción y la no ficción, porque aquí obviamente es ficción, pero hay ciertos atisbos de que el mundo se encamina hacia cosas como esa guerra del agua, por ejemplo. 

Carolina Sarmiento.
Carolina Sarmiento. | Luis Sevilla.

Pregunta: Guerras del agua ya existen; hay problemas de ese mundo distópico que ya están en marcha o algunos ya son reales  

Respuesta: El germen es la realidad y la actualidad. Muchas veces nos dicen que nuestra generación es afortunada porque no ha vivido ningún conflicto bélico, pero yo recuerdo de niña hacer redacciones para el cole sobre la guerra del Golfo, recuerdo la guerra de Yugoslavia, recuerdo los atentados en Nueva York, en Madrid, que continuamos en un estado de emergencia.
Nuestra generación ha crecido con guerras alrededor, por no hablar de las africanas. Ahora tenemos la guerra de Ucrania, el ataque a Irán, tantas cosas, el genocidio más reciente de Gaza, pero también todos los que llevamos. Desde niña recuerdas el tema de la ocupación israelí a Palestina. Es inevitable que, aunque sea ficción, forme parte del mundo en el que estamos inmersos. No sé si es porque voy cumpliendo años y ya lo ves con otra perspectiva o porque alrededor hay esta sensación de “se nos está yendo de las manos”. 

Pregunta: En la novela también aparece la renaturalización. ¿De dónde viene esa idea y qué relación tiene con la guerra?  

Respuesta:  El tema de la renaturalización también está inspirado en cosas que se están dando: la renaturalización como una vía necesaria para recomponer ecosistemas. Eso es una realidad. Si nos ponemos del lado de la utopía, hay un consenso para renaturalizar la mitad del planeta y que la biodiversidad se recupere o por lo menos deje de desaparecer. Fantástico, ¿verdad? Pero la cuestión es cómo se lleva a cabo. Igual se lleva a cabo desde un totalitarismo que ya no está tan claro, por lo menos en la novela, si es utópico.

Pregunta: De hecho, hay quien apunta ese posible escenario de ecofascismo.

Respuesta:  Yo en la novela no defiendo ninguna posición y no es un alegato a nada. Es una novela de aventuras, incluso policíaca, porque hay una desaparición de una maleta con dinero. Hay una intriga, hay también un elemento fantástico, incluso una historia de amor.
No quiero que se vea como una novela que aboga por algo, pero el marco de la novela está muy próximo a nuestra realidad, en la que hay un deterioro medioambiental brutal documentado, al que podemos hacer caso o no.  

Pregunta: Pones ejemplos concretos de ese deterioro medioambiental, como el lobo. ¿Qué te interesaba señalar ahí?  

Respuesta: Ahora en Asturias, desde hace tiempo, hay debate con el tema del lobo. Las investigaciones dicen que debería mantenerse como especie protegida; hay publicaciones científicas que así lo aconsejan, pero incluso desde la administración no lo van a tener en cuenta porque hay otros intereses.
Ahora estamos con el tema de la angula; pasa lo mismo. Hay evidencias científicas que dicen que hay que protegerla y que se deje de pescar, pero, a pesar de los conocimientos, se intenta que se siga pescando. Eso nos lleva a la desaparición de las especies; tenemos conocimiento, pero lo obviamos. El marco de la novela, independientemente de lo que yo pueda pensar, es el de un abuso exponencial desde la industrialización, un abuso de todos los recursos naturales y una desaparición de muchas especies. Tras terminar la novela descubrí la existencia de un libro que plantea algo parecido a lo que sucede en mi novela: Medio planeta de Edward O. Wilson.

Pregunta: Vivimos una realidad que a veces parece ya distópica. ¿Eso cambia la forma de escribir distopías como la tuya?  

Respuesta: Precisamente el hecho de que la realidad sea tan distópica hace que vivamos una realidad cotidianamente distópica. Eso hace que parezca que las distopías han perdido cierto empuje, porque ya la distopía la estamos viviendo.
Más que pensarlo al empezar, yo estaba inmersa en la historia del protagonista: en cómo solventaba el problema que tiene con el pie, que no puede caminar, o los problemas que tiene con sus vecinos. Termino la novela y, durante la revisión con la editorial, la sensación que teníamos era que la actualidad nos adelantaba, que se estaban dando una serie de noticias que convertían la novela no en novela histórica, pero casi en novela actual. Cuando sale Trump diciendo que quieren montar un resort en Palestina, arrasan y hay un genocidio de por medio, e incluso publican una imagen de cómo serían esos hoteles en esa costa, dices: esto es la distopía y está sucediendo  

Pregunta: ¿Qué te atrae del género distópico y de la ciencia ficción?  

Respuesta: Creo que la distopía es un género fantástico para pulsar la ambición humana, los temores humanos y nuestras carencias. Últimamente he leído varias distopías mezcladas con ciencia ficción y me parece un género muy rico, porque además tiene un elemento de aventura, de fantasía y de imaginación, que es uno de los motores por los que yo escribo: la imaginación y la fantasía.  Pienso, por ejemplo, en Pórtico o en Pícnic extraterrestre. Son novelas que te hablan de hacia dónde vamos, que igual no se cumple, pero es una proyección de nuestros temores. Y ahora los temores que tenemos son tantísimos..  

Es la primera distopía que escribo y lo he disfrutado mucho porque te basas en la actualidad y proyectas esas preguntas. Se habla mucho de cómo salvar el planeta, con lo cual, ¿por qué no situar la acción en un momento en el que ya se está llevando a cabo esa decisión de salvar el planeta? Me parecía sugerente. 

Pregunta: La caza es un eje clave en la novela. ¿Qué papel juega como punto de conflicto entre la tradición y el nuevo mundo que se impone?  

Respuesta:  Sí, sin duda era uno de los motores de la escritura y también, lo reconozco, uno de los temores: que pueda caer mal, porque conozco cazadores y no quiero pintarlos como malas personas por el simple hecho de ser cazadores. En la novela lo llevo a un extremo: se ha decidido prohibir cazar. No es la caza actual, que puede ser una caza selectiva. En Asturias tenemos un exceso de jabalíes, por ejemplo, que provocan accidentes, y quizá el equilibrio venga por la vía de la caza. Pero, sobre todo, me interesaba el momento en que te ponen una línea roja y te dicen: “No la pases”. La ambición humana. En este pueblo no pueden cazar, no pueden tener armas, no pueden sobrepasar esa franja verde hacia el otro lado donde se reproducen los animales. No pueden. Entonces, ¿qué pasa con la ambición humana? ¿Qué quiere?   Los cazadores dicen: “Nos vamos a morir porque los últimos vecinos que quedan son viejos, nos vamos a morir. ¿Qué más os da? ¿Qué hacemos por última vez con la satisfacción que nos va a dar abatir un oso, por última vez?”.

Cubierta de 'Las fronteras'.
Cubierta de 'Las fronteras'.

Pregunta: La novela también pone sobre la mesa una sociedad sin dinero.

En ese pueblo, como en todos los que están llamados a ser deshabitados, está prohibido el dinero. No hay dinero. Tienen una renta universal para estar contentos, no hay dinero, y sin embargo se produce un robo. ¿Para qué se produce un robo, si el dinero no te sirve de nada? Simplemente tienes que ir a la cantina y ahí tienes todo lo que necesites, porque son los últimos pobladores, y esta Unión de los Pueblos les deja vivir cómodamente sin mayores necesidades. Sin embargo, hay un robo de una maleta llena de dinero. Creo que va sobre cómo tenemos montada la sociedad.