Hasta hace una semana, pocos fuera de Granada sabían de la existencia del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur-Alh –los festivales literarios y sus nombres–. Pero la semana pasada su organización anunció la cancelación de la charla de la escritora Ariana Harwicz programada para el 26 de septiembre. El motivo, las presiones del colectivo de estudiantes propalestinos de la Universidad de Granada y el posible riesgo de altercados en el caso de que la autora argentina y judía residente en Francia participase finalmente en el encuentro. El posterior apoyo a la "desinvitación" de Harwicz por parte de un grupo de autores participantes en el festival, capitaneado entre otras por la escritora Sabina Urraca, indignó a la damnificada y terminó de encender la polémica. Este miércoles, la carta de apoyo a Harwicz firmada por más de 350 escritores e intelectuales y, sobre todo, la decisión de John Banville, invitado estrella del certamen, de cancelar su participación ha convertido este episodio en la penúltima batalla cultural a cuenta de Israel y Gaza. Y con Sabina Urraca, de nuevo, en la vanguardia de una cancelación de este tipo, después de su reciente éxito con la salida de Allianz del patrocinio del Festival de las Ideas de Madrid.
Harwicz (Buenos Aires, 1977), finalista del Booker con su primera novela, Mátame, amor –adaptada al cine hace un par de años con Jennifer Lawrence como protagonista–, es conocida por los planteamientos extremos de sus libros, publicados en España por la editorial Anagrama: en Degenerado (2019) se ponía en la piel de un pedófilo rodeado por la policía, y en Perder el juicio (2024) contaba la peripecia de una madre que secuestra a sus hijos tras perder la custodia. Pero también es conocida, amada y odiada por sus opiniones contracorriente. La escritora se ha especializado en señalar la hipocresía intelectual de Occidente y el nuevo antisemitismo que, a su juicio, se esconde tras los ataques contra Israel por el genocidio en Gaza.
Todo ello era conocido por la organización del Festival Cultur-Alh cuando la invitaron a formar parte de su programación. Harwicz tenía previsto protagonizar el 26 de septiembre la mesa redonda Oponerse al mundo junto al escritor Jesús Ortega. Sin embargo, la dirección del certamen retiró su nombre de la lista tras recibir presiones de diversos colectivos de apoyo a la causa palestina.
Según denunció la propia escritora argentina en la red social X, los organizadores le comunicaron que no podían garantizar su seguridad física ante las posibles protestas de activistas. "Las organizadoras dijeron cuánto admiran mis libros, que son todo menos propaganda. Me desprogramaron a último momento. Cedieron a la presión de militantes. Cedieron al terror. Yo quería ir igual aunque hicieran una manifestación, dijeron que sería peligroso. Será un Festival sin disidencia. Qué pena por los estudiantes", manifestó Harwicz, conocida por su oposición pública al boicot cultural contra Israel y por sus críticas hacia quienes acusan al Estado judío de genocidio pero no extienden su activismo a otras formas de violencia sistemática alrededor del mundo.
Un manifiesto de 350 intelectuales contra el veto
La exclusión de Harwicz ha provocado una catarata de reacciones en el panorama intelectual iberoamericano. La última y más numerosa llegaba este mismo miércoles. Más de 350 figuras de la cultura, la literatura y el pensamiento han suscrito un manifiesto unitario respaldado y difundido por la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE). Entre los firmantes figuran nombres de la talla de Fernando Savater, Piedad Bonnett, Óscar Tusquets, Andrés Trapiello, Cayetana Álvarez de Toledo, María Negroni, Margo Glantz, Santiago Roncagliolo, Enrique Moradiellos, José Luis Pardo, Anna Caballé, Victoria Cirlot, Karina Sainz Borgo, Pola Oloixarac, Carolina Sanín, Zoé Valdés, Fernando Iwasaki, Santiago Kovadloff y Manuel Valls, entre muchos otros.
El documento sostiene que "ningún escritor debería ser excluido de un encuentro cultural por sus posiciones públicas" y advierte sobre el peligro de la deriva canceladora: "Defender la libertad de expresión solo para quienes piensan como nosotros no es defenderla: es sustituir la confrontación libre de ideas por la selección ideológica". Los firmantes exigen a la dirección de Cultur-Alh transparencia en sus criterios, un reconocimiento explícito del daño causado al debate público y una "reparación pública adecuada" a la autora argentina.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, tampoco ha desaprovechado la oportunidad de intervenir en la polémica: "En Madrid tiene las puertas abiertas. No en la Comunidad de Madrid, región abierta, libre y plural, como ha de ser la cultura", enfatizó desde su cuenta en X.
Del genocidio al antisemitismo
El conflicto ha abierto una seria brecha entre las instituciones promotoras del festival. La Universidad de Granada (UGR) hizo público un comunicado en el que aclaró que la decisión de cancelar a la escritora argentina perteneció de manera exclusiva a la dirección del evento y que la institución académica "no la comparte ni la respalda". Desde la UGR subrayaron que una universidad pública debe mantenerse como "un espacio abierto al pensamiento crítico y al contraste de ideas, también cuando estas resultan discrepantes o controvertidas".
Por su parte, la Federación de Comunidades Judías de España, además de alabar la postura de la UGR, expresó su estupefacción ante el mutismo de otras entidades de peso que colaboran o patrocinan Cultur-Alh, como el Ayuntamiento de Granada, el Instituto Cervantes, Acción Cultural Española (AC/E) y la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, cuyo silencio calificaron de "preocupante ante un hecho que afecta directamente al pluralismo".
Desde el extremo opuesto, la Red Universitaria por Palestina de Granada, colectitvo del que partió la petición inicial de reconsiderar la invitación a Harwicz el pasado 17 de septiembre, ha rechazado tajantemente las acusaciones de antisemitismo o de haber generado un clima de amenaza contra la integridad de la autora. En un comunicado, la plataforma aseguró que su escrito formal a la organización no contenía "ni amenazas ni convocatorias" de manifestación.
"No somos un riesgo para nadie. No obstante, protestar es un derecho y ante el genocidio, una obligación", afirmaron desde la Red Universitaria, acusando a la escritora de haber banalizado la situación en Gaza mediante sus publicaciones en redes sociales. Como prueba, citaron un mensaje de Harwicz del 5 de septiembre en el que aseguraba: "Les angustia terriblemente que no haya genocidio. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel".
"Las escritoras abajo firmantes"
Paralelamente, un grupo de autoras entre las que figuran Sabina Urraca, Gabriela Wiener, Lina Meruane, Brenda Navarro y María Fernanda Ampuero asumían su parte de protagonismo haciendo público un texto en apoyo a la Red Universitaria, defendiendo la idoneidad de la cancelación de Harwicz y afirmando que no es "éticamente correcto" compartir espacio con alguien con la "problemática posición" de Harwicz. Dicen estas autoras que la escritora argentina "niega el genocidio", "injuria" a quienes se oponen a él y "avala el exterminio", todo lo cual constituye un "límite tipificado" a la libertad de expresión. Aseguran que Harwicz califica a la teórica norteamericana Judith Butler de "colaboradora nazi" y que sostiene que "descubrir que sus pares nos oponemos al genocidio ha sido como descubrir que su padre era un violador y un asesino".
Pero Harwicz niega las acusaciones vertidas por este grupo de escritoras, tal y como señalaba este miércoles la carta de los 350. "Nos preocupa que se le atribuyan a Harwicz posiciones que ella rechaza de plano haber sostenido, o que sus palabras circulen descontextualizadas, y no dejarla participar para explicarse".
En cuanto a metáfora del padre violador y asesino, Harwicz no se refería a la oposición al genocidio, sino al cuestionamiento del alcance del ataque del 7 de octubre contra Israel y las mujeres violadas y asesinadas por los terroristas de Hamás. "Eso me pasó a mí el 7 de octubre: el feminismo, la defensa de los derechos LGTBI, la diversidad y la tolerancia sexual, la lucha contra la transfobia, la idea de inclusión, la emancipación de la mujer, todos esos axiomas, son mentira", declaraba a la revista Letras Libres en octubre de 2024, con motivo del primer aniversario del ataque y cuando decenas de rehenes israelíes permanecían todavía en manos de Hamás.
Harwicz tampoco ha llamado colaboradora nazi a Judith Butler. Se ha limitado a constatar que la teórica norteamericana ha sembrado dudas de lo sucedido el 7 de octubre y se ha referido a Hamás o el ISIS como grupos de "resistencia armada" de la "izquierda global". "Otra vez esta atracción fatal de los intelectuales por los asesinos. La izquierda vuelve a fascinarse con Hamás, Hezbolá, ISIS (...). Y después, como máxima exponente, está Butler, lesbiana, judía, odiándose a sí misma: es la elite estadounidense diciendo que hay que comprobar si las israelíes fueron violadas el 7 de octubre. Me parece que es 'la' gran traición al feminismo", declaraba Harwicz en la misma entrevista con Letras Libres, citada por Urraca y compañía como fuente con la que sostener sus afirmaciones.
Una exclusividad sospechosa
"Lo más preocupante, creo, es la articulación de un nuevo humanismo que pide el boicot de instituciones culturales israelíes y judías", declaraba Harwicz por las mismas fechas, hace casi dos años, a Infobae. Un nuevo humanismo "que pide listas negras, que pide censura, que pide anulación de contratos, que pide que no publiquen a ciertos autores, pero atención, en nombre del Bien. Disfrazado de humanismo. Ese chantaje avanza en conciertos de música, museos, festivales, librerías, pero en nombre del Bien. Antes era la raza aria, la raza pura, y exterminar a los judíos que encarnan el mal del mundo y lo quieren dominar. Ahora es más difícil: ‘Vos querés que mueran palestinos’. Es en nombre del bien. Pero evidentemente es una actitud cínica, ¿por qué no lo extienden a las mujeres iraníes torturadas, sin un ojo, en los calabozos, a los homosexuales colgados de las grúas? ¿Por qué no lo extienden a los condenados a muerte en Irán, al apartheid de género de los talibanes en Afganistán, a los kurdos, a las yazidíes, a las chicas violadas israelíes el 7 de octubre, a los secuestrados? Me esmero, pero no veo que se estén preguntando legítimamente qué puede hacer un escritor frente al sufrimiento humano, frente a los campos de exterminio, frente a los campos de concentración de los musulmanes en China. En cambio, cuando es exclusivo con Israel, lo mínimo que uno puede hacer es ser crítico y sospechar".
Harwicz sostiene que tras las campañas de boicot contra Israel se esconde el mismo antisemitismo de siempre. "Supongamos que no te gusta Netanyahu, ¿eso qué tiene que ver con un editor israelí o con una autora judía que vive en Ámsterdam o en Argentina? En el caso de los judíos, si se esencializa, es una forma de racismo porque se discrimina", aseguraba en 2024. Los firmantes de la carta de apoyo a la escritora insisten en que no se trata de estar parcial o totalmente de acuerdo con ella, sino de garantizar el pluralismo. "Este comunicado no exige compartir las opiniones de Ariana Harwicz. Exige algo anterior: que nadie sea apartado de la vida cultural por sostener ideas propias, y que ningún desacuerdo se convierta en una condena personal. Sin libertad para disentir no hay pensamiento. Sin pluralismo no hay cultura".
La controversia desencadenada por esta enésima cancelación ha vuelto a abrir el debate sobre los límites de lo que se puede decir y de lo que se puede hacer para defender las ideas propias y acallar las ajenas. Figuras como Harwicz, que se mueven deliberadamente en los márgenes de lo aceptable, asumen sin miedo el reto de empujar a la sociedad a hablar de lo más incómodo. Reflexionaba al respecto, de nuevo, en la entrevista de Letras Libres citada por sus adversarias: "Un escritor que se precie de serlo es también un poco un paria, porque tiene que mirar lo que no ve nadie, decir lo que no se puede decir, escribir lo que no se puede escribir; debe ser capaz de transgredir, de superar el pudor, de mirar al ser humano como no lo mira nadie, y eso lo lleva a ser un paria, siempre al borde de la cancelación. Ser judío hoy es ser señalado, perseguido, y eso va perfecto con la identidad del escritor".
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