La vida de Máximo Huerta ya no es sólo suya. Es un cuidador, no cuenta con la libertad que disponía antes, igual que todas las personas que cuidan a sus seres queridos. Huerta lleva años junto a su madre enferma con demencia. No es raro que esa experiencia haya terminado calando en sus libros. Su nueva novela Mamá está dormida (Planeta) está armada con parte de la vida que lleva ahora el autor y la trama nace de su madre.
“Esta novela nace de una pregunta, una pregunta real: ¿Dónde está tu hermano? Una pregunta que me hizo mi madre un día, que a mí me descolocó porque yo soy hijo único. Insistió varias veces: ¿Dónde está tu hermano? Quería ver a mi hermano y, obviamente, no existe”, explica el autor. “Después del shock inicial entendí que era algo que tenía que asumir por la enfermedad de mi madre. Entendí que no tenía que corregirla y empecé a escribir la novela. Ese inicio me lo regaló mi madre, sin ser consciente me dio la epifanía de esta novela”, añade.
La pregunta de su madre se convirtió en una hipótesis narrativa: ¿Y si existiera ese hermano? La respuesta a esa pregunta es la búsqueda que estructura la novela, donde la narración lleva a un hombre y su madre enferma a intentar localizar a un hermano del que no conocía su existencia.
Detrás del misterio del hermano imposible se impone una realidad mucho menos novelesca: la del hijo único solo ante el cuidado de sus padres. “Ahora me encantaría tener hermanos. De pequeño deseaba tener hermanos para jugar cuando llovía…”, admite. La envidia llega de adulto, cuando mira alrededor y ve a los amigos turnarse en hospitales y residencias: “Veo que se reparten, que uno va al hospital hoy, que otro va mañana… me dan una envidia tremenda”, afirma el autor.
Esa soledad, confiesa, solo podía construirla, narrativamente, con un hijo sin pareja y sin hermanos, frente a una madre que se le va: “Ese tête à tête que es un duelo casi de obra de teatro de madre e hijo, no lo podría construir de otra manera”.
De ahí procede una reflexión incómoda sobre la paciencia: “No se tiene nunca suficiente paciencia… No naces con la paciencia, sino que la paciencia es algo que se va adquiriendo porque no hay solución. No hay solución, no vas a cambiar el escenario”. Y añade: “No se puede presumir de paciencia porque no conozco a ningún cuidador que no haya contestado mal a la madre o al padre, aunque luego se haya arrepentido”. Entre esa paciencia conquistada a golpes y el miedo al arrepentimiento se mueve el Federico de la novela y el Máximo que vive, en la realidad, como cuidador.
“Cuidar es empezar a despedirse”, afirma Huerta. La trama de Mamá está dormida solo se entiende si se mira el mapa personal del autor. “Entendí que había que dejar Madrid, cogí todo y me fui al pueblo, a casa, a Buñol y cambió todo”, recuerda. El primer día habla de extrañeza, pero el segundo fue casi revelador: “Entendí que era mi lugar en el mundo, que debía estar ahí, tenía que estar ahí”. Desde allí conviven su vida doméstica, la enfermedad de su madre, la escritura y un pequeño proyecto que ya forma parte del paisaje del pueblo: la librería Doña Leo.
Cuando habla de su librería, al escritor se le nota un orgullo distinto, más de comerciante de barrio que de autor de un gran grupo editorial. “La librería es una vía de escape estupenda y además ésta que nació por amor, me entrega a mí una barbaridad, porque vienen lectores de toda España”, asegura. “Doña Leo ha revitalizado el pueblo, la comarca, vienen lectores de fuera… ha aumentado la lectura y descubren a más autores”.
El local, instalado ya en la rutina de Buñol, funciona como un centro cívico de facto: “Es un punto, ahora casi un punto neurálgico en el pueblo en el que pasa la gente”. Y también como consultorio emocional: “Sumarme a ese ecosistema de una librería me parece fantástico porque recomiendas, es una farmacia, escuchas de todo. La gente viene buscando un libro a veces por mero entretenimiento y otros como solución a algunos problemas”.
El propio Huerta no esconde la dimensión de refugio personal del negocio: “Monté una librería para no estar todo el rato cuidando”. Entre los turnos de Yolanda y Dani por la mañana y sus horas de librero por la tarde, Doña Leo le permite salir de casa sin dejar de estar cerca, escapar un rato sin presentarlo como huida.
Cuando se le pregunta qué “receta” propone Mamá está dormida a quien la abra, Huerta responde abarcando más allá de su caso particular: “Todos vamos a ser cuidados o nos van a cuidar o todos venimos de una madre, de un padre o de un familiar, como sea, pero hemos tenido a alguien. Mamá está dormida apela a todos, nos toca a todos, vamos a pasar por esa etapa o la hemos pasado o la observamos cerca”.

Un homenaje a las mujeres como su madre
Él la define como “una novela que habla de amor y habla de misterio, del misterio de la mente, del misterio que encierra la novela y del amor absoluto a una madre, en este caso, la entrega total de un hijo con una madre para que ella pase unos últimos días más amables”. En el camino aparecen bares de carretera, conversaciones delirantes. El viaje en autocaravana de Federico y Aurora hacia Vera de Bidasoa donde ella, de joven, participó en la Sección Femenina. Allí se emprende un viaje hacia la juventud de una generación de mujeres “estructuradas, criadas para ser reflejo de una época y ser como debía ser”, explica el autor. Huerta se ha documentado con fotografías, archivos y conversaciones con responsables de cultura de la localidad, pero sobre todo con el testimonio de mujeres que pasaron por la rama femenina de Falange que era al mismo tiempo oportunidad y molde ideológico.
La geografía sentimental de la novela está basada en los viajes de niño de Huerta en el camión de su padre. “Los bares de carretera me recuerdan a mi padre tanto”, confiesa. “Yo vomitaba mucho, pero en el siguiente bar volvía a comer boquerones y batido de chocolate… Entonces, los bares de carretera son mi paisaje por España”. Por eso Federico y Aurora solo paran en bares; por eso el libro huele a fritura, gasóleo y café de máquina.
La novela ha servido al autor para vivir su situación personal en la piel de los protagonistas. “Me hubiera gustado hacer el viaje que hace el protagonista, me habría encantado esa última conversación, ese último viaje con una madre en una autocaravana. Pero como la vida no me lo permite, me lo permite la ficción”.
El título resume la paradoja que atraviesa el libro y con la que vive el cuidador. “Que alguien diga ‘Mamá está dormida’ es tranquilizador, pero al mismo tiempo es inquietante”, explica. “Y todos los que han cuidado saben lo que es ‘mamá está dormida’… Es una frase que incluye todo lo que tiene la novela”. El miedo que encierra el título, el miedo a que ya no despierte es algo para lo que Huerta no está preparado para afrontar. “Nunca se está preparado porque es un territorio que no tiene vuelta atrás, que es inamovible. Preparado no está nadie. Luego hay diferentes formas de ser, gente más llorona, menos llorona, gente que hace duelos largos, pero preparado, no estoy”.
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