Alejandro Sawa (Sevilla, 1862 - Madrid, 1909), escritor y periodista, residió gran parte de su vida en Madrid, una vida marginal que le llevó a terminar sus días enfermo, ciego y con graves carencias económicas. 

En Alejandro Sawa, dicen, se inspiró Valle Inclán para crear su personaje de Max Estrella en Luces de Bohemia

Mariano Llorente, como director y haciendo también la adaptación de la novela de Sawa, Noche, nos trae ese Madrid de final de siglo XIX, de cafés y prostíbulos, de misas y beatería, en una narrativa naturalista donde se describe una familia austera, pobre, un lugar donde el padre somete sus actuaciones a un exceso de religiosidad, de temor, más que de Dios, de la Iglesia, y donde las mujeres tendrán un papel de sometimiento, obediencia, incluso vejación y desprecio. 

En un espacio oscuro, solamente ambientado con video escenas simbolistas del exterior, la opresión de la habitación donde se desarrolla la mayor parte de la historia crea esa sensación de podredumbre, de indigencia casi, de cerrojo y enclaustramiento. 

Sombras de bohemia

Los intérpretes se manejan con la angustia necesaria, con el dramatismo de esos personajes que transmiten angustia, oscuridad, temor, Alberto Jiménez, Àstrid Janer y Roser Pujol, doblando con el matiz necesario, no hace falta más, porque las diferencias, por ejemplo, entre el padre de familia don Francisco y el cura don Gregorio, son tan sutiles como marcan sus caracteres. 

Autoritarismo y represión, el estigma del pecado planeando sobre sus conciencias, el temor a abrirse a vidas licenciosas, añadido a una inestabilidad social, a la pobreza, a la falta de libertad, a las apariencias… La historia es dura y la compañía no duda en mostrarla, aunque sobrecoja, en cierta medida, a los espectadores. 

Hoy Alejandro Sawa es más conocido por esa referencia de Max Estrella en Luces de bohemia, por eso es de agradecer que nos traigan esta novela Noche, convertida en teatro, porque dentro de ese naturalismo cruel y despiadado, Sawa amaba la belleza y el arte, se relacionaba con otros autores de su época, participó de tertulias y recitales, escribió para la prensa, y no dejó de proclamar su anticlericalismo, su denuncia social, su agazapado e iniciático feminismo, porque aquellos tiempos no daban para airear todavía ciertas ideas. Por eso, quizás, sus obras terminan en consecuencias dramáticas. 

El montaje de la obra desecha suavidades, y nos hace pensar si no estaremos volviendo a aquellos tiempos de amargura e inmoralidad, de redención de los pecados, de economías precarias, de lobos obscenos disfrazados de corderos que acechan también hoy día. 

Noche, noche larga, el escenario nos devuelve lo que somos sin falsedades gratuitas. Ciertamente, hay días de lluvia y nubes grises, noches ensombrecidas sin luna, de humo que nos irrita las retinas, de miedos e incertidumbres y nos hallamos desorientados, desubicados en un tiempo que no parece nuestro, pero siempre es nuestro, tanto el pasado, lo que estamos viviendo, lo que ha de venir e, incluso, lo que parece ficticio.


Noche, de Alejandro Sawa bajo adaptación de Mariano Llorente, en el Teatro Español (Sala Margarita Xirgu) hasta el 1 de febrero