Marcos Ana, que fue un poeta afín al partido comunista, encarcelado sin un motivo concreto a los 19 años y que pasó en las cárceles de la dictadura franquista 22 años y siete meses, escribió un poema, “Decidme cómo es un árbol”, que después también fue título de sus memorias, para remarcar la desconexión con la naturaleza, con la sociedad, con la realidad que estaba sucediendo entonces y él se perdía. 

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Juan Mayorga, en El jardín quemado, viene a contarnos un pasado, después de una guerra fratricida, ciertos recuerdos, decisiones, enigmas de hechos que sucedieron y no quedó claro qué es, realmente, lo que vino a ocurrir. 

Un jardín que se quemó y del que se conservaron las cenizas, quizá, para que, al cabo de los años de los años de los años, los hechos pasen inadvertidos, y el silencio se convierta en un aliado sin respuestas. El detonante es otro poeta, Blas Ferrater, que junto con otros 11 compañeros llevan a investigar a una psiquiatra qué es lo que pasó realmente.

Y aquí es donde se desata todo el dilema. Los enfermos mentales, libres de ataduras, tienen un calibre intelectual que da que pensar. ¿Qué pasó realmente?

Una estatua que se mueve

La escena se asienta desde el momento en que nos plantean las situaciones de encarcelamiento, de represión de libertad, de ocultamiento de la verdad, en un largo periodo de tragedia y calladas historias, de lo que no nos contaban y lo que había que ocultar, de aislamiento y la idealización de los métodos represivos. 

Ya se parte de una concepción diferente del término entre la investigadora psiquiatra y la doctora que está al cargo de la Institución. Patio o Jardín. Y todo en un tono gris, casi de infortunio, de luna sin brillo, de equilibrio sostenido por una figura humana que representa esa estatua inmóvil que, de repente, se mueve. 

Y el espacio escénico refleja ese enclaustramiento disimulado, esos haces de luz a través de las rendijas semejando los barrotes de unas rejas inexistentes, pero evidentes en la práctica. El espacio que no tiene destino porque se ancló en un idílico sueño de libertad que es abstracto.

Asomados al abismo

El elenco, al completo, domina la actitud de los personajes, aupándolos como relámpagos en la concreción de sus cometidos. Adriana Ozores dota a su personaje de humanidad, a pesar de la frialdad que debe mostrar para no traicionarse a sí misma. Y Loreto Mauleón mantiene esa rigidez necesaria para que su personaje sea contundente sin dejar de expresar al mismo tiempo sus dudas. Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias y Mariano Llorente realizan un trabajo actoral extraordinario. Nos dejan entrever con claridad que ni son tan locos, ni están tan manipulados: son unos supervivientes. 

El jardín quemado expresa una sensibilidad descarnada, pero profundamente compasiva. Juan Mayorga se adentra en un abismo al que no cae ni nos empuja, pero nos los enseña. Porque ese tiempo no está tan lejano y todas las lecturas son imprescindibles. Y el que no quiera saber, que esconda la cabeza bajo el ala. La obra huye del panfleto político o del teatro-documento; es un espejo reflexivo de la condición humana. Nos recuerda que la locura, el miedo y el olvido son mecanismos de defensa válidos ante un pasado doloroso. Y no es ningún escándalo, sino lo que se constata.


'El jardín quemado', escrita y dirigida por Juan Mayorga, en el Teatro de la Abadía hasta el 12 de julio