Se sienta justamente a mi lado, en el teatro Bellas Artes, para ver, escuchar y admirar a José Sacristán, en El hijo de la cómica, José Luis Garci. Nos saludamos cortésmente, aunque él no me conoce a mí, pero yo a él sí, lógicamente. Ha dirigido en numerosas ocasiones a Sacristán, Pepe para él, y para muchos otros, incluso para todos, porque es un actor grande que se ha ganado no solo el prestigio, sino el cariño y la admiración del público. Y si además nos va a contar cosas de otro grande, como Fernando Fernán Gómez, entonces, es el estado escénico perfecto, es el teatro en consonancia con los grandes intérpretes, es el oleaje de un mar teatral que cruza en el escenario y lo virtualiza, y el mundo queda detenido, lo que está fuera puede esperar, tenemos que escuchar, ver, oír y sentir a Fernando Fernán Gómez a través de las palabras y la interpretación de un inmenso José Sacristán y, por ende, lo estoy disfrutando sentado al lado de otro grande como José Luis Garci.
Aquí no hay Tiempo amarillo, aunque el actor se base en esa magnífica autobiografía de los primeros años para explorar el mundo iniciático del que fue, y sigue siendo, uno de nuestros mayores representantes de la escena, el cine y la literatura españolas.
Un Fernán Gómez de carne y hueso
A menudo, tengo que defenderlo de la mala opinión de la voz popular. No llegué a conocerlo personalmente, pero sí a algunos actores que trabajaron con él, a su nieta, a su hijo Fernando, pero me consta, sin que nadie me lo diga, que no era ese ogro que tan mala fama tiene ahora por aquello de “váyase a la mierda”. Le debía de tener hasta el gorro aquel admirador al que llegó a decir, “pues no me admire usted tanto”, pero déjeme en paz. Sé que era un hombre afable, riguroso, trabajador como el que más, aunque no quisiera trabajar, que abría su casa, incluso a oportunistas que él no sabía que lo eran, claro, pero confiaba, y tenía una mente privilegiada y una constancia envidiable y un corazón que no le cabía en el pecho.
Fernando Fernán Gómez debiera ocupar el lugar de honor de los excelentes de España, los que dan la vuelta al mundo, y estar al nivel de los actores tan recordados norteamericanos sin bajarse ni un milímetro de ellos.
Y llega José Sacristán y nos muestra su infancia y adolescencia, quizá lo menos conocido de él, y las penurias y la relación con su abuela y su madre, la cómica, y el deseo de ser alguien, pero eso era solo cuestión de esperar. José Sacristán convierte las palabras en la poética del actor, en los caminos de sus inicios, en los sentimientos que alzarán el vuelo en un equilibrio de coherencia y trabajo y pasión y sueños.
Noto, aprecio, siento cómo José Luis Garci se emociona, igual que yo, igual que toda la platea, con la solvencia interpretativa de José Sacristán. En escena se produce un prodigio, el de la veneración, el respeto, el de la fascinación por ambos intérpretes. Uno en presencia física y real, el otro en el recuerdo y en el corazón.
Llego a la conclusión de que he tenido el privilegio de asistir a algo que solo se puede sentir en el teatro. Y es inexplicable.
'El hijo de la cómica', de José Sacristán, en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el 28 de junio (entradas agotadas), y en el Teatre Romea de Barcelona entre el 2 de septiembre y el 3 de octubre. Después habrá gira (7 y 8 de noviembre en el Teatro Principal de Alicante, entre otras fechas).
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