La propuesta escénica de El trovador, obra de Antonio García Gutiérrez de 1836, adaptada por Daniel Llull y dirigida por Hugo Nieto, se presenta como un refugio para huir del calor que revitaliza el Romanticismo decimonónico sin perder un ápice de su esencia. 

PUBLICIDAD

La producción logra un equilibrio perfecto entre la solemnidad de la tragedia original y la frescura del teatro contemporáneo. A través de una dramaturgia inteligente y una puesta en escena ágil, la función atrapa al espectador desde el primer momento, despertando una constante curiosidad por el destino de sus trágicos protagonistas.

El texto de García Gutiérrez, marcado por la dualidad entre la prosa y el verso, es defendido con maestría por un elenco entregado. Daniel Rovalher, Ania Hernández, Andrea Soto, Didier Otaola y el propio Daniel Llull demuestran una enorme compenetración en sus interpretaciones. Prosa y verso tienen la culpa, si la hubiera, de esa musicalidad dramática que el reparto maneja con absoluta fluidez, transitando de la palabra recitada y contada a la acción viva con naturalidad. El conflicto central de la obra destaca en escena: la insalvable diferencia de clase entre la alta nobleza y un trovador criado por una gitana. Sin embargo, más allá del origen aparente, el protagonista demuestra unos sentimientos limpios y una nobleza de espíritu que delatan su verdadero linaje, porque a él y a ella les une una alcurnia que va más allá de los títulos, algo que nunca está de más el decirlo.

El gran acierto de este montaje radica, entre otras cosas, en la estupenda dramaturgia de Daniel Llull. El adaptador ha sabido aligerar el denso peso del drama tradicional introduciendo guiños meta-teatrales, coplillas populares y continuas referencias a Il trovatore de Giuseppe Verdi. El código de la representación se rompe constantemente mediante la interacción directa con el público, al que se le hace partícipe de la trama narrando ciertos pasajes como si de una anécdota compartida se tratase. Este enfoque otorga un tono ligero y dinámico al espectáculo, aliviando la asfixia del destino fatal de los amantes sin restar dignidad al dolor de los personajes. Al trovador le gusta ella, y a ella le gusta él, y se amaban, y el viento ululaba y les pesa, se debaten en la incertidumbre de no saber qué senderos seguir y descubren, de la peor manera, que no es un paraíso la aurora cuando el mundo se desmorona a su alrededor. En este universo, el amor no triunfa en términos terrenales, pero la obra deja claro que existe algo todavía más importante: la conquista de la libertad individual.

La dirección de Hugo Nieto se apoya en una escenografía sobria pero cargada de simbolismo, donde unos pocos elementos visuales bastan para evocar castillos, mazmorras y campamentos, dejando que el peso recaiga en la acción y en la música. La banda sonora interpretada en directo es otro de los pilares del éxito de la función; el violonchelo de Marina Barba y el piano de Ramón Gil envuelven la escena en una atmósfera lírica que amplifica el romanticismo exacerbado de la historia. 

En definitiva, esta versión de El trovador es una propuesta valiente, magnética y profundamente recomendable que demuestra que los clásicos, cuando se tocan con respeto e inteligencia, siguen estando muy vivos.


'El trovador', en el Teatro Fernán Gómez de Madrid hasta el 19 de julio