La llegada del mes de mayo es un alivio para aquellos que disfrutan de la calle. Los días se alargan, las temperaturas suben de forma agradable y el sol invita a salir a la calle con más frecuencia. En España, y especialmente en el sur, donde el invierno es corto y el buen tiempo se instala pronto, es habitual ver terrazas llenas, paseos al aire libre y un aumento evidente de la exposición solar sin apenas darnos cuenta.
Sin embargo, esta sensación de bienestar puede convertirse en una trampa silenciosa. A diferencia del verano, donde el calor intenso actúa como una señal de advertencia casi constante, en mayo el clima resulta engañosamente suave. No hay esa urgencia por protegerse del sol, ni la percepción de riesgo que sí aparece en julio o agosto, cuando el termómetro supera los 35 grados y la radiación parece más agresiva.
Y aquí es donde está la clave. En mayo, la radiación ultravioleta ya es lo suficientemente alta como para dañar la piel, pero nuestro comportamiento todavía no se adapta a ese nivel de exposición. Es decir, la piel está más en peligro porque bajamos la guardia en un momento en el que el sol ya impacta con fuerza.
Un sol más peligroso de lo que parece
Durante el mes de mayo, el índice UV puede alcanzar niveles similares a los del verano en muchas zonas de España. La diferencia es que el cuerpo no percibe ese riesgo con la misma intensidad. No sudamos tanto, no sentimos la piel "quemarse" de inmediato y, por tanto, prolongamos la exposición sin protección.
Este fenómeno tiene una explicación sencilla. El ángulo de incidencia del sol es ya elevado, lo que significa que los rayos llegan más directos a la superficie terrestre. Además, los días son más largos, lo que aumenta el tiempo potencial de exposición acumulada.
El problema es que, sin una sensación térmica extrema, muchas personas no utilizan protector solar o lo hacen de forma insuficiente. Tampoco recurren a sombreros, gafas de sol o ropa protectora con la misma disciplina que en pleno verano.
La falsa seguridad de la primavera
Otro factor clave es la percepción cultural de la primavera como una estación "segura". Existe la idea de que el sol primaveral es más suave o incluso beneficioso sin límites, lo que lleva a hábitos poco responsables.
Por ejemplo:
- Salir a caminar durante horas sin protección solar.
- Tomar el sol en terrazas o parques sin reaplicar crema.
- Confiar en que "todavía no quema".
Esta falsa seguridad aumenta el riesgo de quemaduras solares leves pero repetidas, que son especialmente peligrosas porque se acumulan con el tiempo y contribuyen al envejecimiento prematuro de la piel y al riesgo de cáncer cutáneo.
La piel llega desprotegida tras el invierno
A diferencia del verano, cuando la piel suele estar más adaptada tras semanas de exposición progresiva, en mayo partimos de una situación de vulnerabilidad. Tras el invierno, la melanina (el pigmento que ayuda a proteger la piel) está en niveles más bajos.
Esto significa que:
- La piel se quema más rápido.
- El daño celular ocurre con menos exposición.
- La capacidad de defensa natural es menor.
Además, muchas personas buscan "coger color" rápidamente en primavera, lo que incrementa aún más el riesgo. Las primeras exposiciones intensas sin protección son especialmente dañinas.
El error del "solo un rato"
Uno de los mayores problemas en mayo es la suma de exposiciones cortas. No se trata necesariamente de pasar horas en la playa, sino de pequeños momentos acumulados a lo largo del día:
- El paseo matutino.
- El café en la terraza.
- El trayecto caminando al trabajo.
- Actividades al aire libre el fin de semana.
Cada uno de estos momentos añade radiación UV a la piel, y sin protección, el daño es acumulativo. Es lo que los dermatólogos llaman "exposición incidental", y en primavera puede ser más relevante que en verano.
Cómo protegerse en mayo (y por qué es clave)
La prevención en esta época del año es fundamental, precisamente porque no se percibe el riesgo. Algunas recomendaciones básicas incluyen:
- Usar protector solar de amplio espectro (SPF 30 o superior) a diario, incluso en días nublados.
- Reaplicar cada dos horas si hay exposición continuada.
- Utilizar gafas de sol y gorra en actividades prolongadas.
- Evitar las horas centrales del día, especialmente entre las 12:00 y las 16:00.
Incorporar estos hábitos en mayo no solo previene daños inmediatos, sino que reduce significativamente el impacto acumulativo del sol a lo largo del año.
Un problema de salud silencioso
El cáncer de piel es uno de los más comunes, y su principal factor de riesgo es la exposición solar sin protección. Lo preocupante es que gran parte del daño se produce en momentos en los que no somos conscientes del peligro, como ocurre en primavera.
Además, el fotoenvejecimiento (arrugas, manchas y pérdida de elasticidad) está directamente relacionado con la exposición acumulada al sol, no solo con las quemaduras visibles.
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