Dormir se ha convertido en uno de los pilares más importantes para la salud a largo plazo. El dormir de manera continuada no solo contribuye a la recuperación en el ámbito físico, sino que también influye directamente en el equilibrio del organismo, en el sistema inmunológico y en la forma de envejecer. Establecer patrones de sueño estables se relaciona con tener una mejor calidad de vida y con tener menos riesgo de tener enfermedades crónicas. La evidencia científica indica que el organismo funciona mejor cuando el descansar de forma continuada se convierte en un hábito alimentario.
El sueño frente al envejecimiento
Dormir y despertar a la misma hora todos los días hace que el organismo establezca su propio ritmo, lo que ayuda a regular las hormonas, mejora el metabolismo, refuerza las defensas. La estabilidad horaria hace disminuir el estrés interno al que está sometido el cuerpo cuando hace cambios de forma constante en los ciclos del sueño.
El respeto hacia el reloj biológico pone de manifiesto que la intensidad y profundidad del sueño se ven favorecidas. A largo plazo, dicho equilibrio se traduce en un menor esfuerzo del sistema cardiovascular y en una mejor respuesta a procesos inflamatorios vinculados al aire.
Dormir siete horas
Un descanso de un mínimo de siete horas y un máximo de nueve, está asociado con una mayor longevidad. Aquellos que duermen de forma habitual menos de seis horas incrementan el riesgo de sufrir problemas cardíacos, cambios metabólicos o discapacidades cognitivas. Dormir en exceso no proporciona beneficios y puede alterar el equilibrio del organismo.
No sólo se tiene en cuenta la cantidad, también se tiene en cuenta la continuidad. Dormir del tirón permite que el organismo restituya los procesos de reparación y dé lugar a un proceso que permite un funcionamiento eficaz del organismo a lo largo del tiempo.
Hábitos que frenan el envejecimiento
Con una rutina relajante antes de dormir podemos enviar mensajes bien claros a nuestro cerebro. Actividades relajadas, una luz baja y un ambiente ordenado nos ayudan a pasar de estar despierto a dormido. Este hábito disminuye la activación cognitiva, contribuyendo a un inicio del sueño más fácil y profundo.
Pantallas y estímulos
Reducir el uso de teléfonos móviles, tablets, ordenadores o cualquier tipo de aparato electrónico unas horas antes de irse a dormir es muy importante para poder proteger el sueño, dado que la luz artificial que emiten estos dispositivos va a frenar la producción de melatonina, la hormona que es necesaria para poder dormir. Con esos estímulos reducimos la latencia y conseguir un ciclo nocturno más natural.
Las fases del sueño y el envejecimiento
Durante el sueño profundo, el cuerpo activa procesos necesarios para la regeneración del organismo. En esta fase se cicatrizan tejidos, se obtiene una mejora del sistema inmunológico y se optimiza la capacidad de las células para producir energía. Este descanso es esencial para despertar con energía, dado que un sueño profundo escaso puede originar un desgaste que limita la capacidad del organismo para hacer frente a las infecciones o al estrés del día a día.
Sueño REM y equilibrio mental
La fase REM es crucial en los procesos de memoria y de aprendizaje. Este tipo de fase del sueño favorece la consolidación de información y la buena ejecución cognitiva. Un sueño total, que contemple todas las fases del sueño, va en defensa no sólo de la salud mental sino que también ayuda a preservar la agilidad intelectual a través del tiempo.
La incorporación de una serie de hábitos no supone una modificación drástica. La continuidad, el acatamiento con los horarios y la elaboración de rutinas sencillas facilitarán la transformación del sueño en un medio efectivo para regularlo y para detener el proceso del envejecimiento natural.
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