Bomarzo es un espeso parque italiano donde habitan estatuas de piedra que evocan a seres míticos y fantásticos. Las esculturas que brotan de las rocas surgieron bajo el amparo del duque Pier Francesco Orsini, que superó el dolor de la muerte de su mujer construyendo un extraño Sacro bosco que desde su creación ha seducido a artistas como Salvado Dalí, Jean Cocteau, André Breton o Michelangelo Antonioni.

Bomarzo se convirtió en novela gracias a la pluma de Manuel Mújica Láinez (Buenos Aires 1910-1984). El autor, en las 600 páginas de la novela, recreó la mezquina y disoluta vida del contrahecho duque Orsini. Despreciado por su familia y engañado por su mujer, el duque vivió amargado, soñando con la posibilidad de alcanzar la inmortalidad. Tal fue su ansia que le llevó a la muerte. Lo que él pensaba que era el elixir de la vida eterna fue el veneno que le quitó la vida.

El estreno de Washington fue un éxito de crítica y público, que no evitó el escándalo posterior

Del libro saltó al libreto y de ahí a la censura. Compuesta por Alberto Ginasterra, la ópera se estrenó en Washington en 1967 y fue un “éxito impresionante de crítica y público”, éxito que no evitó el escándalo cuando meses más tarde, con los ensayos en marcha, fue prohibida en el Teatro Colón de Buenos Aires. “La casa de discos hizo una carpeta que decía ‘la ‘ópera de la intriga, la alucinación y el sexo’, esa propaganda que le venía bien a los que pretendían vender el disco, escandalizó a María Emilia Green Urien, esposa del general Juan Carlos Onganía, presidente de Argentina”, recuerda Isabel Penagos, la soprano española que formó parte del elenco que estrenó la obra en Washington.

Bomarzo aterriza en el Teatro Real el próximo 24 de abril bajo la batuta de David Afkham (segunda ópera del responsable de la OCNE) y con dirección escénica de Pierre Audi.

Pocas veces surge la oportunidad de entrevistar a un artista que ha tenido el privilegio de estrenar una ópera. Con una lucidez envidiable, Isabel Penagos (Santander, 1931) cuenta cómo llegó a sus manos el libreto de Bomarzo y cómo tuvo que demostrar que no era una mojigata sino toda una profesional capaz de representar el rol de Julia Farnese sin que se le cayeran los anillos o los principios. “No sé qué pensaban que éramos los españoles. Es cierto que Franco en aquella época estaba en su apogeo… Mira un día llegué a una reunión con unas medias de aquellas de rejilla que se llevaban entonces y me llegaron a preguntar si el Caudillo nos dejaba lucir ese tipo de medias”.

Penagos tuvo que demostrar que no era una mojigata sino toda una profesional capaz de representar el rol de Julia Farnese

La soprano nos recibe en su casa-museo en la que rezuman por los rincones la música y los recuerdos de una época en la que ser soprano era sinónimo de diva, en el buen sentido de la palabra. Un piano de cola sostiene “el metrónomo de la abuela”, un vinilo de la primera grabación de Bomarzo y un arsenal de imágenes de la función que tanto escandalizó a la primera dama argentina. Entre las paredes destaca el cartel de La Boheme en la Scala de Milán de 1963 (su primera aparición internacional), fotos con Rostropovich, Antón García Abril, Pau Casals y una imagen de Pablo Sorozábal preparando una paella. “Él solía decir que cocinar una paella era como una orquestación”.

Confiesa Penagos que mantuvo una estrecha amistad con el compositor y el escritor de Bomarzo. «Con Mujica Lainez mantuve una relación epistolar maravillosa. Cada vez que me quería presentar a un amante me decía: ‘Te voy a presentar a mi secretario, te va a encantar’.

Pregunta.- ¿Echa de menos la fama?

Respuesta.- “Para nada. Me gusta dar clases y ser la dueña de mi vida”.

El tema de la censura le parece que fue una catetada de una meapilas que consiguió que Onganía transigiera, de manera que la obra tuvo que esperar años para poder levantar el telón en Argentina. Coincide con la postura de Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, “la obra es lo más alejado que se pueda imaginar de esa celebración del placer que temían los censores. Por el contrario, es una reflexión sobre la culpa que inspira el placer y sobre su represión. De hecho resultó que aquella pandilla de ignorantes ni siquiera se dio cuenta de que su trabajo ya estaba completado por los propios artistas que perseguían”.

La obra es lo más alejado que se pueda imaginar de esa celebración de los placeres que temían los censores”

Isabel Penagos creció en una familia aficionada a la música. “Mi padre tenía una voz de tenor preciosa, pero nunca se dedicó profesionalmente. Estalló la guerra y lo mataron esos indeseables… En mi caso, desde que tengo uso de razón, me recuerdo subida a una silla cantando en las celebraciones”. Ella que iba para farmacéutica, se convirtió en cantante profesional por casualidad. “Hice una prueba de canto con Lola Rodríguez Aragón y me aconsejó que dejara la botica porque lo mío era cantar. Ella se convirtió en mi maestra y amiga, una figura muy importante en mi vida”.

Debutó en 1953 en el Ateneo de Madrid, bajo la dirección de Cristóbal  Halffter con la Orquesta de Radio Nacional de España interpretando arias de La Pasión Según San Mateo de J.S. Bach y en 1966 reinauguró el Teatro Real interpretando la Novena Sinfonía de Beethoven bajo la batuta de Rafael Frühbeck de Burgos.

Compañera de clase de Teresa Berganza, alternó el canto con la docencia donde ha cosechado innumerables premios gracias a su empeño por transmitir el amor por la música. “En España no había mucha tradición operística, si repasamos mi repertorio destaca la ópera de cámara y la zarzuela”. Como maestra, por sus manos han pasado destacadas figuras de la lírica actual como Ana María Sánchez, Pilar Jurado, Manuel Lanza, Juan Pedro García Marqués, Tatiana Davidova, Miguel Angel Zapater, Javier Agulló y Andrés Veramendi entre otros. “He sido profesora de Cecilia Lavilla, la hija de Teresa Berganza, y de  Montserrat Martí, hija de Caballé”, concluye.