Las vueltas ciclistas se inventaron para demostrar que el progreso había llegado al país. En los inicios del siglo XX, las carreteras que hacían posible llegar a cualquier rincón eran consideradas síntoma de progreso. Carreteras y no caminos, terrenos tan estables que hasta una bicicleta podía circular sobre ellos.

Al mismo tiempo, cada rincón alcanzado era reivindicado como parte de un todo. El Tour se construyó desde París, la Vuelta desde Madrid y el Giro desde Milán, las capitales de facto que definían lo que era el país. Y lo que era el progreso.

Las grandes vueltas copiaban así un esquema que ya antes habían utilizado las innumerables carreras locales (los desafíos en velódromos, en ocasiones uno contra uno) y regionales (la Lieja-Bastoña-Lieja, la París-Roubaix). No importaba que en Lieja ganase León Houa o Trousselier, campeones olvidables. Lo que importaba es que la competición demostraba la existencia de Lieja (y de Bastoña).

De la diversidad al totalitarismo

Hubo un tiempo en que todo país europeo que se tuviese por avanzado lucía con orgullo un amplio repertorio de carreras de renombre. Después el verdadero progreso fue llegando -a algunos sitios antes, a España siempre más tarde- y simplificó el calendario. En Francia se desvanecía la Burdeos-París, 15 horas de pedaleo que ahora te las hace un tren en una quinta parte del tiempo. También la Midi Libre y el Gran Premio de las Naciones. Antes de ayer desaparecían la Setmana Catalana y la Escalada a Montjuic (¡que bien valían un estatuto!); la Clásica de los Puertos, que todo aficionado madrileño sigue emulando; eran fagocitadas la Subida al Naranco y la Bicicleta Vasca. En Italia fueron echando el cierre la Roma-Nápoles-Roma, el Giro de Sicilia, la Sassari-Cagliari, el Giro de la Puglia, el de los Abruzzos…

El progreso era esto, hijo mío: la concentración capitalista en la que se ahoga el deporte-espectáculo. Cada vez más gente mirando lo mismo, ésa es la consigna. El valor simbólico de un evento se mide únicamente por los millones de telespectadores (los espectadores in situ empiezan a ser un anacronismo). Así las cosas, ¿qué cabida podían tener en el mercado global la Clásica de Alcobendas o la Milán-Mantova, que en paz descansen?

La inercia empuja hacia un único torneo totalitario, con un solo campeón de campeones que domine sobre el resto y se regodee en un show promocional en Las Vegas o Dubai. En el fútbol están la Champions y los Mundiales. En el baloncesto poco ha quedado aparte de la NBA. Los deportes minoritarios nacen, se reproducen y mueren en lo que duran unas tristes Olimpiadas.Y en el ciclismo, nada existe salvo el Tour de Francia.

¿Nada? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles nacionalistas resiste todavía y siempre al invasor. La aldea es Italia, por supuesto, donde es moneda corriente insistir hasta convencer al interlocutor del siguiente dogma: sólo un italiano puede comprender lo que pasa allí. Según la misma lógica, sólo a un italiano puede interesarle el Giro. Una carrera ganada por italianos en 15 de sus últimas 20 ediciones, frente a los cero franceses vencedores del Tour en los últimos 20 años. El Giro es, en suma, una cuestión local, un asunto interno en el que nadie más debería inmiscuirse.

El mayor interés del Giro está, precisamente, en la tozudez con la que pretende ignorar la realidad. Hacer como si el Tour de Francia no existiera. Porque, al fin y al cabo, Italia es el país más bello del mundo, nada es comparable a la dureza de Mortirolo y Stelvio, y los extranjeros palidecen ante la grandeza de los herederos de Coppi y Bartali. Todo esto dicho con la misma naturalidad con la que se asume que la camiseta del macho alfa es de color rosa.

“Un deporte de pobres, de una Italia andrajosa”

En 1933, en pleno auge del fascismo, el mejor ciclista italiano tiene un apellido que encandila a Mussolini: se llama Guerra, Learco Guerra, y los hijos del Duce (Bruno y Vittorio) le animan desde la meta. Guerra ya había ganado algunas de esas carreras que el progreso aniquilará: la Vignola-Módena, el Giro de Reggio-Calabria o la Predappio-Roma, que partía de la localidad natal de Mussolini.

La popularidad del Giro en aquellos años era tan evidente que exasperaba a los jerarcas fascistas. La construcción del espíritu nacional debía ser una tarea metódica, planificada, pero los larguiruchos en bici eran desharrapados sin plan ni método. Las vueltas de entonces se parecían más a un reto de orientación y supervivencia, con ciclistas que se perdían por los senderos y entraban a robar comida a las casas.

Al Duce le disgustaba que la maglia fuese rosa, pero más que nada le disgustaba el ciclismo. Años antes de invadir Etiopía, decía así (L’Italia del Giro d’Italia; Daniele Marchesini; Il Mulino): “El fútbol gusta al fascismo porque es un deporte de equipo en el que la jerarquía es importante, es la subordinación a una mente organizadora. El ciclismo, por contra, es un deporte individual, en el que lo que más importa es uno mismo. Todo lo que hace el ciclista lo hace solo: encontrar algo que comer, buscar un sitio para dormir, reparar la bici. Cada uno está solo contra todos los demás. Es un deporte de pobres, de una Italia andrajosa y hambrienta. La victoria queda desfigurada por la fatiga. En cuanto baja de la bici, el campeón resulta ridículo”.

Learco Guerra ganará el Giro de 1934, pero fracasará en el de 1933. Sufrirá una “crisis de hambre” (así reflejada por los cronistas) en el Passo della Scoffera. Terminará esa etapa (Turín-Génova) tras rehacerse gracias a un paquete de galletas que le arrojó un espectador. La leyenda cuenta que también se comió el envoltorio de papel.

“El Tour de Francia es un bluff”

Ese mismo año, el Giro va dejando a su paso un folletín que cuesta 60 céntimos de lira. Se titula El Tour de Francia es un bluff y se dedica a comparar los puros valores italianos con la consabida perversión francesa. Los valientes contra los cobardes, el futuro contra el pasado, una gran vuelta frente a otra.

Hubo años totalitaristas (el cambio de milenio) en los que resultaba prácticamente imposible ver en la tele una etapa del Giro. En esa época la corsa rosa fue más cuestión local que nunca. No por casualidad los vencedores eran los Garzelli, Simoni, Savoldelli… Incluso en 2001, con Olano y Osa como segundo y tercero de la general, las noticias que llegaban a España eran cuasi-clandestinas. Continúan a día de hoy los míseros faldones en la prensa de papel para reflejar lo ocurrido en la etapa reina.

No hay sitio para el Giro en la programación globalizada. Todo el mundo sabe que quien se proclama campeón no es, ni de lejos, el mejor del mundo. ¿Qué sentido tiene, entonces? ¿Por qué no los juntan a todos en una sola etapa, con muchas montañas, y nos ahorran el agónico discurrir por esa aldea italiana que se cree superior? ¿Por qué no nos concentramos exclusivamente en el Tour de Francia?

“Cuando los romanos lo han destruido todo, llaman a eso paz”. Dicen que lo dijo Calgaco, el jefe de los pictos, pero eso da igual ahora. Lo que importa aquí es que de Cerdeña saldrán 198 ciclistas que serán desfigurados por la fatiga. El que gane no podrá ejecutar una compleja coreografía con guiños a los millennials. No tendrá un peinado estudiado ni un físico portentoso. Por no tener, no tendrá ni tan siquiera cuenta en Instagram. Hablamos de mortales que se paran a hacer caca en la cuneta y a los que atropellan mientras están entrenando.

En el país más bello del mundo el campeón será un tipo vestido de rosa, con la mirada perdida, que al bajarse de la bici caminará como un pingüino mareado. A algunos les disgustará. A otros nos parecerá un síntoma de que, tal vez, por fin, el progreso está llegando al país.

Principales etapas del Giro de Italia 2017

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