Hace poco más de un año, Ángel Escribano acudió a Moncloa a requerimiento de Manuel de la Rocha, jefe de la Oficina Económica de Presidencia del Gobierno. De la Rocha le informó de que el Gobierno (sí, el Gobierno) había decidido defenestrar a Álvarez-Pallete de la presidencia de Telefónica; le pidió confidencialidad porque el golpe de mano aún no se había producido, y le anunció que el elegido para ocupar ese puesto era Marc Murtra, presidente de Indra, empresa de la que él y su hermano Javier son los mayores accionistas privados. El gurú económico de Pedro Sánchez le habló de posibles alternativas para ocupar el sillón de Murtra, pero Escribano intuyó que estaba ante la oportunidad soñada para convertirse en la cabeza visible del "campeón nacional de defensa" que el Gobierno quería construir en torno a Indra. No busques más, vino a decirle Escribano con determinación, porque el mejor candidato soy yo.
Ángel y Javier Escribano son propietarios de EM&M, una empresa de modesto origen montada por su padre como taller en el Corredor del Henares que ha ido creciendo como proveedor de las grandes compañías de defensa. Ángel percibió ya hace unos años –la invasión rusa de Ucrania fue el aldabonazo– que la industria de defensa en Europa, mortecina durante lustros, se acabaría reactivando ante un escenario geopolítico marcado por la rotura del statu quo, confirmada, después, por el triunfo de Donald Trump y su exigencia de que los países de la OTAN subieran sensiblemente sus presupuestos en defensa. Olfato no le falta a Escribano, que decidió invertir –endeudándose– en Indra antes de que la empresa despegara en bolsa al calor de los futuros contratos públicos.
Escribano (Ángel) no sólo tenía a su favor el instinto y el conocimiento del sector, sino el aprecio de la ministra de Defensa, Margarita Robles, que veía en él al caballero blanco dispuesto a liderar ese "campeón nacional", al margen de las multinacionales, especialmente General Dynamics. Aunque no fue Robles la primera en echar un cable a los hermanos Escribano. En 2016, gobernando todavía Mariano Rajoy, el ex presidente Rodríguez Zapatero y el ex ministro de Defensa, José Bono, pusieron en marcha sus influencias para facilitarle a EM&M un contrato de cámaras de visión nocturna con la Venezuela de Hugo Chávez. Después, durante la pandemia, Moncloa recurrió a Escribano como proveedor de respiradores (que EM&M fabricó con la tecnología de Hersill). Más tarde, Javier hizo buenas migas con De la Rocha. Había, por tanto, un largo camino recorrido de buena sintonía hasta llegar a ese momento crucial en el que Moncloa iba a convertir en realidad el sueño de Ángel con su poderosa barita mágica. El 19 de enero de 2025, Ángel Escribano fue nombrado presidente ejecutivo de Indra.
Ángel y su hermano son propietarios al 50% de Advanced Engineering and Manufacturing, que controla el 100% de EM&M, sociedad que, a su vez, posee el 14,3% de Indra. Sólo la SEPI (que depende de Hacienda) supera a los hermanos Escribano con el 28% del capital. Así que, para el nombramiento se cerrara con éxito, fue necesario el nihil obstat de María Jesús Montero, que, ya se lo imaginan, no puso pegas.
Murtra, antes de su ascensión a los cielos de Telefónica (operación también gestada en el Palacio de la Moncloa, con el mismo interlocutor, De la Rocha), había dejado en ciernes la posible fusión de Indra con EM&M, operación que a Escribano le venía de perlas.
Según valoraciones recientes, EM&M podría valer en torno a 1.500 millones de euros, lo que significaría para los hermanos multiplicar por quince veces el valor que la empresa tenía hace tan sólo cinco años. En teoría, la fusión podría tener sentido, dado que Indra decidió hace tiempo apostar prioritariamente por el negocio de la defensa. Pero otras compañías del sector la cuestionan porque, de hecho, Indra y EM&M ya son socios en Tess Defense, que fabrica el blindado 8x8 Dragón. "¿Por qué, en lugar de llenarles los bolsillos a los Escribano, no se potencia Tess Defense donde también participan Santa Bárbara y Sapa?", se preguntan empresarios del ramo.
En Moncloa creen que Escribano quiere controlar Indra al mismo tiempo que busca tener buena sintonía con el PP
Pero ese no era el único inconveniente para la fusión. Que el absorbente y el absorbido sean de la misma familia atufaba a conflicto de intereses. Pero en aquellos meses de flechazo entre los Escribano y el Gobierno, ese parecía ser un tema menor. Para eso están los grandes despachos de abogados, capaces de hacerle un traje a King Kong y que le quede bien. Así que Indra contrató a Garrigues. Incluso se tomaron las precauciones oportunas, como, por ejemplo, que cuando se hablara en el consejo de la fusión de la compañía con EM&M, los hermanos Escribano salieran de la sala.
Todo parecía ir viento en popa. El Gobierno, remolón en un principio, aceptó en junio de 2025 elevar el gasto en defensa al 2% del PIB, lo que supuso una inyección de dinero sin precedentes a la industria a través de los Programas Especiales de Modernización: casi 15.000 millones de euros.
Llovieron los grandes contratos... y, con ellos, comenzaron también los problemas. Crecido ante las expectativas de beneficio que tenía por delante, Escribano le echó un órdago a Santa Bárbara (filial del gigante norteamericano General Dynamics). Dijo que quería comprarla porque no había invertido en España durante mucho tiempo, y eso provocó el enfado del competidor y la visita a Moncloa del vicepresidente de la multinacional, Danny Deep, quien se quejó ante Pedro Sánchez de la arrogancia del protegido del Gobierno, que terminó por pararle los pies a los Escribano en su deseo de merendarse a Santa Bárbara. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que Defensa adjudicara a Indra programas (obuses autopropulsados) por un volumen de 7.200 millones. Santa Bárbara volvió a quejarse de no haber sido invitada a la fiesta. Y dio un paso muy relevante que tendrá consecuencias: el pasado 17 de diciembre recurrió por la vía contenciosa al Supremo solicitando la paralización de la concesión de un crédito del Gobierno por valor de 3.000 millones para que Indra y EM&M desarrollen nuevos programas de artillería autopropulsada, por no haber sido ni siquiera convocada al proceso de licitación.
El Supremo, en un auto del 28 de enero, ha advertido que el resultado del recurso no afectará sólo a la recurrente, sino a todas las empresas del sector que se hayan podido ver discriminadas. Es decir, que estarían en cuestión un total de 14.000 millones en créditos, lo que paralizaría los programas de Defensa, con el riesgo no sólo para las empresas concernidas, sino para los compromisos de España en relación a la OTAN.
Se da la circunstancia de que General Dynamics (Santa Bárbara) está asesorada por Iván Redondo, que fuera jefe de Gabinete de Pedro Sánchez hasta julio de 2021. Aunque durante muchos tiempo sus mensajes cayeron en saco roto, dada la mala relación que mantiene con Felix Bolaños, ahora han comenzado a escucharle. Sobre todo por la capacidad que aún tiene de influir en los medios para desacreditar a su competidor. La relación entre los hermanos Escribano y Antonio Bueno (director para Europa de General Dynamics) es peor que mala.
A todo ello se suma que en Moncloa han comenzado a darse cuenta de que los Escribano no forman parte de esa cohorte de ejecutivos que vive al calor del poder. Son gente acostumbrada a pelear por cada euro que ganan, y no les importa utilizar sus influencias políticas, pero eso no les convierte en gente del partido. Ángel Escribano sabe que algún día cambiaran las cosas y que en Moncloa se sentará otro presidente –aunque esta posibilidad se vea lejana por parte de algunos–. Lógicamente, Escribano se ha acercado al PP para dejarle claro a Nuñez Feijóo que él es "apolítico", que nada le liga a Sánchez ni al PSOE. Incluso presume de haber votado al PP.
El distanciamiento se hizo evidente el pasado 28 de enero cuando Escribano tomó la decisión de cesar a la jefa de comunicación de Indra, Carmen Pérez, que anteriormente había trabajado en Moncloa, para sustituirla por Rafael Moreno, un profesional del sector, procedente de Santa Bárbara.
En ese ambiente enrarecido, el pasado martes, 3 de febrero, Ángel Escribano acudió a Moncloa, de nuevo a requerimiento de Manuel de la Rocha. Se filtró que Moncloa quería su cabeza, pero no es exactamente así. Lo que quiere el Gobierno es bloquear la fusión de Indra y EM&M que, de llevarse a cabo, convertiría a los hermanos Escribano en los principales accionistas de Indra, incluso por encima de la SEPI. Porcentaje al que habría que añadir el que tiene Amber Capital (7,3%), propiedad de Joseph Oughourlian, presidente del Grupo Prisa, y aliado de los Escribano. Lo que pretende Moncloa es cambiar la fusión por la compra del 51% de EM&M, con lo que la SEPI mantendría el control de Indra, aunque esos supusiera pagarles a los hermanos una suma cercana a los 800 millones de euros.
La filtración de la reunión en Moncloa y la posibilidad de que Escribano renunciase a la presidencia ejecutiva de Indra sacudió los mercados. En 48 horas se desplomó un 15% en Bolsa, hasta que el propio Escribano transmitió que nadie le había pedido que dimitiera y que su voluntad es la de seguir al frente de la compañía. Aún con la recuperación del jueves y el viernes, Indra ha perdido un 10% de capitalización esta semana.
Las espadas están en alto. Escribano no es hombre que se dé por vencido fácilmente, aguantará lo que haga falta y sigue con su idea de llevar adelante la fusión. Una persona de su entorno afirma: "Si la fusión no sale, se marchará, y entonces será Indra la que tenga el problema".
Por otro lado, la vía judicial sigue abierta y a corto plazo no se atisba una pacificación de las relaciones entre Indra y General Dynamics. El sector está en vilo y Defensa muy preocupada por el futuro de sus programas de armamento.
Lo que queda después de estos doce meses de vértigo es la falta de profesionalidad del responsable económico de Moncloa, que no ha sabido prever lo que se le venía encima; el favoritismo del Gobierno, que siempre prioriza colocar a sus peones por encima de buscar las mejores opciones, incluso en temas tan serios como la defensa, y la capacidad de un empresario para bandearse en los entresijos del poder. Escribano ha jugado con fuego y puede salir achicharrado.
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